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COLIMA

El nuevo puerto de la burguesía

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“Un fantasma recorre Colima: el fetichismo de la mercancía”.

Así podrían comenzar los nuevos manifiestos del poder, si Karl Marx hubiese nacido entre los manglares de la Laguna de Cuyutlán y no en Tréveris. Porque en nombre del progreso, del desarrollo y del bienestar, hoy se pretende construir el llamado Nuevo Puerto de Manzanillo, ese coloso de cemento que promete riqueza, pero solo para quienes ya la tienen.

No es casualidad que el proyecto nazca bajo la bendición de tres gobiernos que se autodenominan de izquierda: el federal, el estatal y el municipal. Pero basta rascar la pintura roja para descubrir el acero neoliberal que hay debajo. Lo que presumen como progreso para el pueblo es, en realidad, el monumento perfecto al capitalismo disfrazado de justicia social.

Indira Vizcaíno Silva, actual gobernadora de Colima, fue secretaria en el gobierno priista de José Ignacio Peralta. En aquel entonces, nadie habría sospechado que quien servía al neoliberalismo terminaría siendo la abanderada de la “Cuarta Transformación”. Pero la historia, como decía Marx, se repite: primero como tragedia, después como farsa. Y aquí estamos, viendo cómo el discurso de la izquierda se utiliza para edificar el sueño dorado de la burguesía.

El nuevo puerto, auspiciado con capital público y privado, es presentado como el motor del desarrollo regional. Sin embargo, los motores que realmente rugen son los de las empresas transnacionales y los intermediarios que verán multiplicarse sus ganancias. Mientras tanto, los pescadores, salineros y habitantes de la Laguna de Cuyutlán —el proletariado costero— serán desplazados, convertidos en espectadores del progreso ajeno.

Los defensores del proyecto hablan de empleos, pero ya conocemos el libreto: trabajo temporal, salarios precarios y la vieja promesa de que algún día “nos irá mejor”. Marx lo escribió con precisión profética: “La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces eran estimadas y veneradas”. Aquí, en Colima, la burguesía ha despojado al trabajo de su dignidad, reduciéndolo a mera estadística de desarrollo.

El puerto actual ya nos mostró su verdadero rostro: violencia, corrupción, contaminación, muerte. Cada contenedor que entra o sale lleva consigo el sello del capital y el olor a sangre. Y ahora quieren repetir la fórmula, ampliando el daño, pero esta vez con el discurso de la izquierda como coartada moral.

El Manifiesto Comunista nos advertía: “El gobierno del Estado moderno no es más que un comité que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”. Difícil no pensar en ello cuando observamos a los tres niveles de gobierno —federal, estatal y municipal— actuar en sintonía con los intereses del capital portuario. El proletariado de Colima no tiene nada que ganar en esta obra; nada que perder, salvo sus manglares, su mar y su esperanza.

La contradicción es obscena: una gobernadora que se dice de izquierda, pero impulsa un proyecto que devasta al pueblo y beneficia al empresariado; un gobierno que habla de justicia, pero actúa como gerente de los intereses privados; una clase política que promete igualdad mientras perpetúa los privilegios.

Marx escribió: “Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas”. En Colima, esas cadenas se llaman deuda pública, simulación política y falsas promesas de progreso. El nuevo puerto no liberará a nadie: solo reforzará los grilletes invisibles del capital.

Y así, bajo la bandera roja del falso socialismo, se construye una obra para la burguesía, no para el pueblo.

Porque aquí, en el pequeño laboratorio del poder llamado Colima, el bien común no es más que un eslogan de campaña, y el capitalismo se disfraza de transformación.

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