Autor: Sergio Escareño.
En Colima, la cultura no florece, se marchita. Y no por falta de talento, ni de compromiso de sus promotores, artistas y gestores, sino por la podredumbre administrativa que impera en la Subsecretaría de Cultura del gobierno estatal. Lejos de ser un espacio de promoción del arte y el pensamiento crítico, la dependencia se ha convertido en un laboratorio de castigos, humillaciones y despidos injustificados, cuyo principal operador responde al nombre de Emiliano Zizumbo.
Lo que está ocurriendo no es una serie de incidentes aislados ni un mero malentendido administrativo. Es una política de control, sumisión y represión disfrazada de “reorganización institucional”. A quienes no se alinean con los caprichos del subsecretario —porque trabajan bien, porque tienen ideas propias, porque se niegan a callar ante el autoritarismo— se les castiga. Se les reubica, se les despoja de sus funciones, se les corre.
Ahí está el caso de la exdirectora del Museo Mexiac, desterrada a la Fábrica de Innovación en el Tivoli, un espacio con otro perfil y con condiciones que no reflejan en lo más mínimo su trayectoria ni su compromiso con la difusión artística. Fue una manera elegante de silenciarla, de alejarla, de borrarla. Y como ella, hay una larga lista de trabajadoras y trabajadores con años de experiencia, con formación y prestigio profesional, que han sido cesados sin explicación, sin evaluación objetiva, sin más razón que el miedo a que su buen desempeño opaque la figura de Zizumbo.
Erika Asenedtt Ramírez, Armando Xavier Chacón, María Fernanda Alcalá, Irene Delgado, Virginia Crisóstomo, entre otros, han sido despedidos sin argumentos. ¿Su pecado? Tener voz, ideas, resultados. Incluso el subdirector sindicalizado de la Banda Infantil y Juvenil, Gerardo Álvarez, fue removido arbitrariamente, a pesar de que su caso llegó al Congreso a través del diputado Christian Guerra, sin que eso significara consecuencias ni rectificaciones. ¿Para qué tener contrapesos si pueden ser ignorados?
Recientemente, también fue despedido Tadeo Quintero, otro funcionario con resultados comprobables. Todo indica que, en esta administración, trabajar bien es un riesgo. Tener iniciativa, una amenaza. Tener trayectoria, una condena. El culto al ego del subsecretario parece ser más importante que la función pública, más valioso que los derechos laborales, más urgente que el desarrollo cultural de la entidad.
La gran ausente en todo esto es la gobernadora Indira Vizcaíno Silva. Su silencio frente a los atropellos, su indiferencia ante los despidos y su permisividad con los abusos revelan no sólo una falta de compromiso con la cultura, sino también una preocupante tolerancia a la injusticia. ¿Hasta cuándo seguirá permitiendo que una dependencia clave para el desarrollo social opere como un feudo personal?
En Colima, la cultura está siendo maltratada. No por el pueblo, no por los artistas, sino desde el poder. Y eso es mucho más que una anécdota burocrática: es un síntoma de la mediocridad que avanza cuando se castiga la excelencia y se premia la sumisión. ¿Queremos un estado donde el arte florezca o uno donde se extinga bajo el peso del autoritarismo?
La respuesta, por ahora, sigue en silencio. Como la voz de quienes ya no están.