Nayarit, México, Avanzada (26/03/2025).- La fotografía en la página de la Fiscalía de Jalisco parecía una más entre decenas de imágenes de ropa hallada en un rancho en Teuchitlán. Pero para Alejandrina Orozco Romano no era solo un par de tenis. Eran los de su hijo Pablo. Los mismos que llevaba el día en que desapareció.
Pablo Gómez Orozco tenía 17 años cuando salió de casa en Tepic, Nayarit, el 30 de marzo de 2023. Buscaba un trabajo temporal para Semana Santa. No volvió. Días después, su madre recibió dos mensajes en los que le pedía ayuda: había sido reclutado por un grupo criminal.
El último rastro que dejó Pablo fue el 7 de abril, cuando logró comunicarse con su madre a través de Facebook. Decía estar en El Obraje, Zacatecas. Sin embargo, el análisis de sus llamadas y GPS indica que fue movido entre Nayarit, Jalisco, Aguascalientes y Zacatecas. Ninguna fiscalía quiso asumir la responsabilidad de su búsqueda.
Durante tres años, Alejandrina insistió en que su hijo fue llevado a un centro de entrenamiento criminal. En los primeros días de su desaparición, pidió que las autoridades de Nayarit y Jalisco realizaran operativos en la zona de Tala, donde se denunció la existencia de estos lugares. Su esposo fue hasta allá y encontró hombres encapuchados. Vio una estación de policía. Nadie lo atendió.
“La colaboración con Jalisco fue negada, yo estaba presente cuando pasó. Su papá fue y vio a esa gente, vio la estación de policía, lo dijo… y nadie nos escuchó”, recuerda Alejandrina.
Ahora, el hallazgo de los tenis en Teuchitlán refuerza sus sospechas. El rancho Izaguirre, donde fueron encontrados, es investigado como uno de estos centros de adiestramiento.
Pese a la evidencia, ninguna fiscalía quiso investigar a fondo. Dicen que el caso no les compete porque Pablo fue movido de estado en estado. Para Alejandrina, la omisión de las autoridades no es casualidad, sino complicidad.
“Ahora entiendo por qué no me dejaron entrar a Tala. Porque todos están involucrados”, dice con rabia.
Como integrante del colectivo Rizpa Nayarit, es testigo de cómo los buscadores hacen lo que el Estado se niega a hacer. Pero también sufrió restricciones, criminalización y hostigamiento.
Mientras las autoridades siguen cruzadas de brazos, Alejandrina sigue buscando. Ahora tiene una pista más: los tenis de su hijo. Pero no basta con saber dónde estuvo. Quiere encontrarlo. Y no parará hasta hacerlo.