Autor: Sergio Escareño.
La cultura, en su sentido más amplio, no solo embellece a las sociedades, sino que también las transforma. En Colima, sin embargo, la gestión cultural parece haber quedado a la deriva bajo el liderazgo del subsecretario Emiliano Zizumbo Quintanilla. Su administración no solo carece de resultados visibles, sino que, al contrario, evidencia un deterioro preocupante en la infraestructura, las políticas y el espíritu de la cultura en el estado.
Los problemas son múltiples. Los inmuebles culturales están en condiciones deplorables, las reparaciones necesarias no se llevan a cabo, y los programas fundamentales, como la promoción de la lectura, se han descuidado al punto de dejar un vacío notable en comparación con administraciones pasadas. Este abandono no es trivial; tiene repercusiones profundas en el tejido social.
La relación entre la cultura y la seguridad es evidente. Las actividades culturales no solo promueven el desarrollo individual, sino que también son una herramienta eficaz para alejar a los jóvenes de la violencia y los vicios. En Colima, donde la violencia ha alcanzado niveles alarmantes, esta conexión debería ser una prioridad. Sin embargo, bajo el liderazgo de Zizumbo, parece que las oportunidades para que los jóvenes se involucren en actividades artísticas y culturales han disminuido, dejando a muchos expuestos a los riesgos del reclutamiento por parte del crimen organizado.
La situación no se limita a la ineficiencia, sino que está marcada por el conflicto interno y las amenazas. Las denuncias sobre intimidaciones hacia trabajadores y periodistas reflejan un clima tóxico dentro de la subsecretaría, donde el miedo parece prevalecer sobre el compromiso cultural. Las condiciones del Poliforum Cultural Mexiac son una muestra clara de este desinterés. Un espacio que debería ser símbolo de orgullo para el estado se encuentra en un estado lamentable, reflejo de una administración que prioriza la apariencia mediática sobre el trabajo real.
El incremento presupuestal previsto para 2025 parece una promesa vacía. Sin un cambio de liderazgo y enfoque, esos recursos podrían terminar desperdiciándose, perpetuando el mismo ciclo de abandono y malas decisiones. La gobernadora, Indira Vizcaíno, debe tomar cartas en el asunto. La cultura no puede ser relegada a un segundo plano; su impacto en la vida de los colimenses, especialmente de los jóvenes, es demasiado importante.
El arte y la cultura no son lujos ni herramientas propagandísticas. Son derechos fundamentales y motores de cambio. Si la actual administración no puede garantizar su desarrollo, es hora de que sea reemplazada por líderes que comprendan su importancia y estén dispuestos a trabajar por ella.
Colima merece algo mejor.