Cada día, cientos de maestros y trabajadores administrativos se desplazan desde el norte del estado a sus escuelas en los municipios costeros; realizan ese cotidiano recorrido en las peores condiciones: sorteando obstáculos en la penumbra mañanera, tramos intransitables, tráileres a exceso de velocidad y otras condicionantes que han convertido el recorrido en una trampa mortal.
A ese viacrucis, los docentes deben añadirle la indiferencia de la Secretaría de Educación en Colima y el SNTE 6. Autoridades y representantes sindicales responden con indolencia a la situación que atraviesa una parte del magisterio colimense. El anunciado cierre nocturno de la autopista, programado para los próximos cuatro lunes, la creciente inseguridad y el cada vez más deteriorado estado de la carpeta asfáltica anticipan una situación todavía más complicada: los maestros y trabajadores administrativos deben cumplir con sus jornadas a riesgo de su propia vida.
No es una contingencia inesperada. Es una realidad conocida, medible y documentada. Los lunes y viernes, un promedio de cuatro mil vehículos pesados transitan por esa vía. La carretera se satura, el margen de error desaparece y el peligro se multiplica. Aun así, la instrucción institucional permanece intacta: asistir, cumplir, presentarse. No importa si el trayecto es inseguro. No importa si el riesgo es evidente. La obligación prevalece sobre la protección.
En esa situación, la Secretaría de Educación ha optado por la inercia. Pero el silencio más grave es el del sindicato. La Sección 6 del SNTE, cuya razón de ser es la defensa de sus agremiados, ha decidido mirar hacia otro lado. No ha exigido medidas extraordinarias, no ha encabezado una defensa firme, no ha colocado la seguridad de sus trabajadores como una prioridad pública. Ha renunciado, en los hechos, a su función esencial. Ha dejado solos a quienes debería proteger.
El sindicato no es un espectador. Es un actor con poder, con representación y con responsabilidad. Su pasividad no es neutral: favorece la omisión institucional. Cuando el sindicato calla, legitima el abandono. Cuando el sindicato no exige, permite que el riesgo se normalice. Cuando el sindicato no defiende, traiciona su propósito.
Las soluciones existen y están al alcance. La implementación de un esquema híbrido los días de mayor riesgo no debilita la educación, la protege. No suspende el aprendizaje, lo preserva. La Universidad de Colima ya lo entendió y lo aplica en circunstancias similares. La Secretaría de Educación y la Sección 6 del SNTE, en cambio, permanecen atrapadas en una lógica rígida que no responde a la realidad.
La contradicción es evidente. Cuando conviene a la operación administrativa, las clases presenciales se suspenden. La entrega de becas lo justifica. La logística lo justifica. Los trámites lo justifican. Pero cuando la integridad de los docentes y el personal administrativo está en juego, entonces la flexibilidad desaparece. La prioridad deja de ser la persona y vuelve a ser el procedimiento.
Lo mismo ocurre con los Consejos Técnicos Escolares. Sin estudiantes en las aulas, obligar a los docentes a desplazarse por rutas inseguras no aporta valor educativo alguno. Es un acto de simulación institucional que privilegia la forma sobre el fondo. Un requisito que expone sin necesidad.
Así, la responsabilidad se diluye entre dos estructuras que deberían actuar y no lo hacen. La autoridad educativa administra el riesgo sin enfrentarlo. El sindicato lo observa sin combatirlo. Ambos incumplen su deber. Ambos fallan a quienes sostienen el sistema educativo.
La omisión, en este caso, no es un descuido. Es una decisión. Es elegir no intervenir. Es apostar a que nada sucederá. Pero cuando las instituciones encargadas de proteger deciden no hacerlo, se convierten en parte del problema.
La educación no puede sostenerse sobre la vulnerabilidad de sus maestros y personal administrativo. La Secretaría de Educación y la Sección 6 del SNTE aún están a tiempo de corregir. Pero cada día que pasa sin actuar, su silencio pesa más. Porque cuando el riesgo es conocido y la omisión persiste, la indiferencia deja de ser negligencia y se convierte en responsabilidad.