Colima, México, Avanzada (13/11/2025).- Transitar por la carretera Colima–Manzanillo se ha vuelto un ejercicio de resistencia. No sólo por el calor que abraza el asfalto ni por las interminables filas de tráileres que dominan el camino, sino por la desesperante sensación de que nadie, ni la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT), ni el Gobierno del Estado, ni la empresa Pinfra, vigila lo que ocurre en una de las rutas más transitadas y peligrosas de la entidad.
Ayer miércoles, un accidente en el sentido Colima–Tecomán, a la altura de Turla, paralizó durante más de cinco horas el tránsito. Bajo un sol inclemente, cientos de automovilistas quedaron atrapados entre el humo de los escapes y el cansancio. Algunos, desesperados, buscaron vías alternas: salieron de sus casas a las 8:40 de la mañana y llegaron a Manzanillo cerca de las 12:30 del día. Cuatro horas para recorrer un tramo que, en condiciones normales, no supera los 60 minutos.
La historia se repite una y otra vez. En el sentido contrario, de Tecomán a Colima, entre las 8 y las 11 de la mañana, el tráfico avanzó a trompicones. Paros de hasta 20 minutos provocados por los trabajos de reparación, maquinaria pesada y carriles improvisados que se vuelven trampas para los conductores. La ampliación de los carriles, a cargo de Pinfra, ha sido más un suplicio que un avance: un proyecto sin ritmo, sin planeación visible y sin supervisión efectiva.
De noche, el peligro se multiplica. Automovilistas denuncian la falta de señalización, una iluminación deficiente y la presencia de baches y pozos que convierten el trayecto en una ruleta de accidentes. Las luces de los tráileres, más de cuatro mil unidades de carga pesada circulan cada día por la zona, apenas permiten distinguir el camino. En los tramos más oscuros, los rebases se vuelven apuestas de vida o muerte.
Docentes, personal médico y trabajadores del sector público que diariamente recorren esta ruta hablan de un desgaste físico y emocional que se acumula con cada kilómetro. Viajar al puerto o regresar a casa implica prever retrasos, soportar el caos y convivir con el riesgo. “Ya no es sólo cansancio, es miedo”, dice una maestra que viaja todos los días a Manzanillo por motivos laborales.
La obra, presentada por la gobernadora Indira Vizcaíno Silva como parte del “Corredor Logístico de Colima”, prometía modernizar la vialidad y mejorar la conexión entre el puerto y el resto del estado. Sin embargo, en los hechos ha representado más contratiempos que beneficios. Para los usuarios, el proyecto se ha convertido en sinónimo de polvo, embotellamientos y accidentes; para otros pocos, en negocio.
Mientras tanto, la autopista Colima–Manzanillo sigue siendo un reflejo del abandono y la falta de coordinación institucional. Una carretera importante para la economía del estado, pero cada vez más peligrosa para quienes la transitan todos los días. Una obra, que, bajo el argumento del progreso, ha terminado por poner en riesgo la seguridad y la paciencia de miles de colimenses.