Chiapas, México, Avanzada (21/04/2025).- La tierra de los Altos de Chiapas se estremeció el viernes. En un camino de terracería, entre el silencio de los pinos y el murmullo de las montañas, fueron halladas sin vida Deysi, de 14 años, y Rosa, de 18. Las buscaban desde el 14 de abril. Las encontraron asesinadas a balazos en la comunidad Cruz Obispo I, en San Juan Chamula.
Eran adolescentes. Una apenas comenzaba la secundaria; la otra soñaba con estudiar enfermería. Hoy sus nombres se suman a una lista que no deja de crecer: ocho feminicidios en Chiapas en lo que va de 2025, según el colectivo 50+1. Ocho historias truncadas. Ocho vidas que la violencia arrebató en un estado donde ser mujer —y más aún, mujer indígena— es cargar con una vulnerabilidad histórica que sigue siendo ignorada.
La noticia corrió como ráfaga en San Cristóbal de las Casas, donde ambas residían. Vecinos, amigas, familiares, todos sabían que habían desaparecido. Que salieron y no volvieron. Que las buscaron desesperadamente. Pero nadie estaba preparado para encontrarlas así: asesinadas, con huellas de violencia extrema, arrojadas en un sendero donde no había más testigos que el polvo y el monte.
La Fiscalía General del Estado informó que un grupo especial de la Fiscalía contra Feminicidios fue enviado al lugar de los hechos. Asegura haber trazado ya una línea del tiempo y prometió investigar conforme al protocolo de feminicidio. Pero no hay detenidos. Y la confianza en la justicia, dicen las colectivas, está tan erosionada como los caminos de tierra que conducen a Cruz Obispo.
Organizaciones feministas y de la sociedad civil no han tardado en alzar la voz. Reclaman justicia, transparencia y resultados. Denuncian que, a casi una década de haberse decretado la Alerta de Violencia de Género en Chiapas, los compromisos siguen sin cumplirse, sobre todo en los municipios indígenas como San Juan Chamula, donde el acceso a la justicia es una promesa lejana.
“La impunidad también mata”, dice un cartel colgado frente a una oficina estatal en Tuxtla. Y mientras tanto, la Comisión para una Vida Libre de Violencia exhorta a rediseñar estrategias, reforzar la atención a mujeres y niñas, y dejar de permitir que la justicia sea una exigencia reiterada y no una realidad garantizada.
En el sepelio, el llanto de una madre rompía el aire. “Las buscamos con esperanza, las hallamos con dolor”, decía entre sollozos. Ahí estaban Deysi y Rosa Valeria. En ataúdes blancos, rodeadas de flores, despedidas con rezos y rabia contenida.
El dolor es profundo, pero la exigencia es clara: que su muerte no sea una estadística más. Que no haya otra Deysi. Que no haya otra Rosa. Que las niñas de Chiapas puedan vivir, no sobrevivir.