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Súplicas de su hijo salvan a mujer de ser secuestrada

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Sinaloa, México, Avanzada (27/11/2024).- En Sinaloa, la violencia no solo se siente, se respira. Balaceras, narcobloqueos y secuestros son una rutina que ni las palabras tranquilizadoras del gobierno pueden esconder. Mientras el gobernador y la secretaria de Educación aseguran que “no hay peligro”, las escuelas lucen vacías, las aulas migran al sistema virtual, y los padres prefieren proteger a sus hijos en casa.

“No veo por ningún lado el peligro”, reclamó Cathalina Esparza, secretaria de Educación, al cuestionar por qué las escuelas suspendieron clases. Pero mientras ella hablaba, las redes sociales mostraban una realidad imposible de negar: vehículos incendiados bloqueaban las calles, y las ráfagas de armas largas resonaban en videos tomados por ciudadanos aterrorizados.

El gobernador de Sinaloa, lejos de aceptar la gravedad, afirmó que “los papás tienen la obligación de mandar a los hijos a la escuela”. Un comentario que se siente desconectado de una sociedad que lidia día a día con un estado donde la delincuencia parece no tener límites ni frenos.

Prueba de ello fue el dramático episodio ocurrido en Mazatlán, donde un niño enfrentó a hombres armados que intentaban llevarse a sus padres. Entre gritos y súplicas, logró que los secuestradores liberaran a su madre, pero su padre no corrió con la misma suerte: se lo llevaron por la fuerza, sin remordimientos, sin temor a la justicia.

¿Cómo se puede pedir a los padres que manden a sus hijos a la escuela, cuando ni siquiera al lado de ellos están seguros? ¿qué seguridad puede ofrecer una institución educativa en un estado donde la violencia parece controlarlo todo?

Mientras los líderes insisten en minimizar la crisis, la población enfrenta una verdad ineludible: Sinaloa está en jaque, y la confianza en las autoridades parece desplomarse al mismo ritmo que los carteles imponen su ley. En cada rincón del estado, entre la violencia y la indiferencia oficial, los ciudadanos resisten, buscando la manera de proteger lo más valioso que tienen: sus familias.

Las aulas vacías no son un capricho ni un acto de rebeldía, son un grito silencioso que exige seguridad y justicia. Un grito que, por ahora, sigue sin ser escuchado.

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