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COLIMA

Con los ojos en la cara

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Escrito por Ramiro Cisneros García.

Ustedes se preguntarán, ¿Por qué esta obviedad? ¿Cómo que “Con los ojos en la cara? Es claro, no podrían estar en otro lugar. Es claro también que debe haber alguna razón más o menos válida para dar nombre a una columna que hace dos años dejé de escribir sin ninguna justificación ni previo aviso. Me hice como los nietos: no saludan cuando llegan ni se despiden cuando se van.

Les voy a platicar el por qué de este título tan inapropiado. Era allá por los años de 1982 o 1983 que llegaba de los recorridos por las comunidades, aporreado y masacrado por las pequeñas piedras y el polvo del balasto que levantaba con el Datsun 76 en tiempo de secas por las carreteras, pero, además, atormentado por la resolana que no me tenía ninguna consideración ni deferencia. Otras veces, llegaba de Colima y el estado de ánimo era mejor pues por lo menos no llegaba tan acalorado. Apenas llegaba al centro del pueblo de Tepames, estacionaba el carro frente al jardín y me encontraba con doña Paz García quien era casi mi vecina. La saludaba y, ya frente a ella, le preguntaba, ¿Cómo está Doña Paz? Le preguntaba nada más por el gusto de escuchar su respuesta: aquí “Con los ojos en la cara” y luego añadía, “Si quiere comer pásese, porque aquí hay quien ofrezca, pero no hay quien ruegue.” Casi siempre me pasaba a comer y a platicar con ella mientras calentaba las tortillas.

Desde la primera vez que escuché sus palabras, guardé en la memoria esa respuesta tan sencilla, casi simple, pero qué a fuerza de darle vueltas, pensarla y repensarla, no solo me fue gustando, sino que cuando me invitaron a escribir en Avanzada, descarté un posible título para la columna. Había pensado que se llamara “Los  días contados”. Descarté a esa  ocurrencia  para dar paso al título que dio nombre a más de cuarenta colaboraciones y que se llama, Con los ojos en la cara. Quizá con el tiempo, dé nombre a un libro, aunque también es muy posible que no vaya a suceder así por aquello de que el infierno está lleno de buenas intenciones. Ni tan buenas.

Preguntaba en la primera línea de este escrito, ¿Por qué esta obviedad? Además de la inspiradora frase de Doña Paz, tuve estas razones para que se llame como se llama. Juzguen Ustedes.

En la cara están los dos ojos, ni uno más ni uno menos y, son ellos los qué en buena parte, nos aproximan a “lo que es”. A los colores, a las distancias y las cercanías, a otros ojos y a otros rostros. A caras llenas de amargura y vinagre, pero también a rostros amables y además bellos y luminosos. Con los ojos, somos capaces de leer intenciones, cartas, libros y, de conocer los paisajes más diversos. Saramago dice que lo que más hay es paisaje, es decir, mucho que ver y admirar o no admirar. Por donde le busques, para donde voltees. Hacia arriba y hacia abajo, al horizonte y las montañas. Siempre hay algo que ver, que mirar. Por ejemplo, podemos encontrarnos con buenos libros como Cien años de Soledad, Pedro Páramo, con 20 poemas de Neruda o Benedetti o Rubén Darío quien escribió, “Margarita está linda la mar”. Para no desentonar pudiéramos encontrarnos con la encíclica, “Fratelli tutti”, una auténtica invitación a ver a los demás como nuestras hermanas o hermanos sin ningún distingo de proximidad o lejanía. El Papa ya no sabe que escribir porque a los ultras hasta lo que no se comen les indigesta y todo por la insignificancia de saber tocados sus evangélicos intereses.

Gracias a los ojos miramos el mar, los ríos, las nubes, la lluvia, las niñas, los niños y los frutos de los árboles. Lo enorme, lo grande, lo pequeño, lo transparente y lo turbio.

Con los ojos vemos también y sentimos la mirada morbosa, enferma, sucia, torva con una dosis de malos augurios y presagios. No nada más porque sí, Violeta Parra dice que distingue lo negro del blanco. 

Habrá quien diga, la esencia de la cara está en los ojos, pero yo digo, la esencia de la cara esta en la cara que es un todo y las hay de todas y para todos los gustos.

A los dos lados de la cara están los oídos y es, gracias a ellos que escucho aquí donde ahora estoy el bee, bee, bee, de las chivas y los chivos, escucho el sonido del cencerro, las campanas de la parroquia que durante meses callaron y ahora están doblando. Hay duelo en alguna casa del pueblo y en todo el pueblo, en todos los pueblos y ciudades. En la tierra toda.  Aquí en este lugar escucho también el cu cu alternado de las palomas y apenas el aleteo casi imperceptible de un colibrí naranja; oigo el grito o canto barranqueño de las Chachalacas y el movimiento de las hojas de los árboles que arrastra el viento de las dos de la tarde. También a la distancia, alcanzo a oír los gritos de mi nieta y mi nieto y se puede decir que hasta el silencio de los arboles que apenas se mecen. La maravillosa sinfonía de los pájaros y el zumbido intransigente de los zancudos es asunto de todos los días. Allá en la calle, el ruido de los motores y el mugido de una vaca bajo la sombra de los quelitones. Mas tarde llegará el silencio cadencioso y oscuro de la noche casi como un murmullo. Ahora, tarde de domingo estoy al fondo de nuestra casa y alcanzo a  oír como rebuzna un burro atado a un árbol de guamuchil y sigo sin saber si llora o canta. 

En el techo, una iguana se arrastra, repta. La perra, mira somnolienta y aletargada todo lo que se mueve, permaneciendo impávida ante tantas y tantos visitantes incluyendo una ardilla. Unos vecinos que no temen a nada ni a nadie, inician la fiesta y el grupo musical prueba el sonido.  Luego vendrán sin que haya margen de error y en ese orden, el corrido de Cerro de Ortega, la Yaquesita, la Guarecita, Caminos de Michoacán, El corrido de los cañeros, Seis pies abajo, El muchacho alegre y Un puño de tierra. Mientras tanto, la pandemia se va a donde habita el olvido, pero acecha. No acabamos de entender que acecha, pero allí está, no se escucha porque no hace ruido, no le gusta que la ignoren y no le gusta la vida.

A escasos centímetros de los ojos, la nariz. En mi caso, una nariz un poco grande, roma, ancha, herencia de mi padre a sus hijas e hijos sin distingo. Todavía recuerdo el exquisito aroma de los guisos de mi madre y ahora puedo adivinar a qué corresponden los olores que despiden con alevosía y ventaja los tacos callejeros, provocadores de apetencias e imágenes de salsas, cebollas, cilantro, rábanos. También la nariz de Arcadio Buendía fue capaz de detectar el aroma inconfundible de Pilar Ternera, invadiendo  no solo ese, sino todos los sentidos del hombre aquel hijo de Úrsula y José Arcadio. 

La nariz nos lleva al aroma de la tierra mojada, las flores, los mangos maduros, la piña, la albahaca, el orégano, la yerbabuena, la canela y las demás especias. Pero más que todo eso, gracias a ese nobilísimo sentido, respiro el aire fresco de la mañana y de la tarde. Respiro la noche y las estrellas, el olor de los elotes recién cortados y de los tamales envueltos en hojas de maíz. Gracias a la nariz disfruto del inconfundible aroma del café y el pan, de la flor de naranjo. El olor absoluto de la piel. En síntesis, respiro la vida. También se respira la muerte de las y los desaparecidos, de las mujeres asesinadas, y, respiramos la indiferencia absurda de la autoridad. Respiramos sus desplantes y justificaciones vergonzosas. Respiramos su olvido nauseabundo, irrespirable, fecal y disoluto. Raras combinaciones por absurdas.

Allí mismo, en la cara esta la boca. En si misma es una maravilla porque por ella transitan tantas cosas y hay en ella tantos recuerdos maravillosos, desde sentir crecer los dientes, los balbuceos. Allí, habita la palabra con todas sus circunstancias. La palabra que nació hace muchos miles años como un gruñido que quería decir algo y no decía nada si no se señalaba con la mano. La vista, el oído, el olfato y el tacto ya estaban ¿Dónde se ocultaban la palabra, las voces, los cantos? Qué maravilla debió haber sido la primera palabra y las que poco a poco sobrevinieron. A partir de allí, somos otros seres humanos porque con la palabra hablada y muchos años después con la palabra escrita surgieron los poetas, los que narraban historias, los copleros. Tuvo que pasar mucho para esto.

A veces perdemos de vista estos que nuestros antepasados crearon, desde lo gruñidos a la palabra oral y desde la pintura rupestre a la escritura. De la invención de la  palabra, surgieron los grandes oradores y los predicadores anunciadores te las temibles postrimerías: Juicio, infierno, purgatorio y gloria.

La voz, la maravillosa voz que comunica, canta, proclama y da el grito para invitar a la Independencia y la Revolución de los pueblos. La boca, a la que después de un brindis acercamos la copa para luego paladear el sabor casi milagroso de un buen vino. La boca que aspira el humo de un cigarro, que besa, que canta, que suelta palabras que hacen temblar, que besa y sonríe. Y allí, justo en la sonrisa participan el brillo de los ojos y entonces, llega 6ambién el concierto de los sentidos cuando la piel se sonroja ante la otra mirada, la del o la amante. La cara entonces es un haz de luz y de emoción y se convierte en poema como El Cantar de los cantares o en oración como los Salmos.

Entonces, que nadie me pregunte: ¿Por qué con los ojos en la cara? Yo solo pensaré que hace falta mucho para que me de a entender. Nos veremos en la próxima entrega; algo se  me ocurrirá con todo lo que está pasando en esta realidad que duele y que muchas veces es amarga hasta la desesperanza. Ahora mismo, estoy evocando con un poco de compasión real y tristeza, el rostro duro y ahora dolorido por el desconcierto, del general Cienfuegos y allí, en todo el esplendor de la sorpresa y de un futuro tenebroso y totalmente incierto, los ojos en su cara.

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