Columna
El puercoespín
Memoria no es recordar
Al igual que la palabra concordia existe esta palabra que me gusta mucho: recordar. Todos los seres humanos de alguna manera vivimos del pasado porque el futuro no existe, lo vamos inventando a diario. El futuro es incertidumbre siempre. El pasado es certeza. El pasado, bueno o malo, es nuestra historia, es nostalgia o melancolía, pero siempre vivimos seleccionado lo que nos conviene recordar, para vivir tristes o para vivir felices. Son nuestros recuerdos, no la memoria total, lo que decidimos ser.
La memoria es la facultad del cerebro para retener y recordar eventos del pasado, sean sensaciones, impresiones, sentimientos o ideas concretas. Etimológicamente, proviene del vocablo latín memorĭa.
Es en la memoria donde almacenamos nuestros aprendizajes a lo largo de la vida, así como aquellos conocimientos que consideramos más importantes y útiles. Cuando somos capaces de almacenar recuerdos durante prolongados periodos de tiempo, sean días, meses o años, usamos nuestra memoria a largo plazo.
La memoria también puede emplearse en sentido colectivo, cuando, por ejemplo, se apela a la memoria en materia política o histórica de una nación para comprender el sentido que han tomado sus sociedades: “Un pueblo sin memoria está condenado a repetir su historia”, es una frase clásica muy común por aprobación generalizada.
Recordar no es almacenar todo
En sentido estricto recordar es una palabra hermana de la palabra concordia que significa poner un corazón junto a otro corazón.
Los antiguos creían que los sentimientos residían en el corazón. Para Aristóteles, el corazón era el órgano fundamental del organismo humano, y el cerebro, apenas un mero coadyuvante. En esa época se creía que la memoria estaba alojada en el corazón; esta palabra (recordar) proveniente del latín y está compuesta por el prefijo re-: de nuevo y –cordis: corazón. En síntesis, recordar significa “volver a pasar por el corazón”. Lo recordado, para los romanos, era aquello que se encontraba al volver a pasar conscientemente por el corazón, entendido no como el músculo físico, sino como el centro del ser humano.
Cuando leí la estupenda novela de Carlos Fuentes Los años con Laura Diaz me encontré con un ejemplo del empleo exacto y perfecto de las palabras memoria y recuerdo que me dejaron fascinado leyendo una y otra vez la página donde Fuentes utiliza magistralmente estos conceptos. Párrafos tan breves y magistrales son los que hacen de la literatura algo cautivador y delicioso. Fuentes en el Capítulo V. Xalapa. 1920 dice: “Laura reanudó su vida, herida por la muerte del abuelo y la salud quebrantada del padre. La seducción de Orlando y la muerte de la señorita Aznar, Laura las expulsó, no de la memoria, sino del recuerdo; jamás se volvió a referir particularmente a ellas, nunca las mencionó a los demás, ni se las mencionó a sí misma. No las recordó, por más que la memoria las guardase, para siempre bajo llave de lo que no se saca del cofre del pasado.”
Lugo entonces uno entiende porque García Márquez dijo: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.”
Las autobiografías son recuerdos no memorias. Cosas que pasaron por el corazón, por eso las autobiografías me encantan, porque son recuerdos: cosas que volvieron a pasar por el corazón.
Espina uno. Por cierto, un juez decidió que Rosario Robles permaneciera en la cárcel porque, mal que bien, los mexicanos tenemos memoria colectiva y sabemos recordar que la corrupción –paradigmáticamente representada por La Estafa Maestra– nos ha empobrecido a todos.