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COLIMA

Contrapesos en el arte

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Autor: Sergio Escareño.

La comunidad cultural de Colima inicia 2026 con una expectativa legítima: que sea un año próspero y productivo para las artes y la cultura. No se trata de un deseo superficial, sino de una exigencia nacida tras cuatro años de una administración cultural deficiente, marcada por el abandono institucional, la improvisación y la falta de rumbo.

Pedirle una explicación a la gobernadora Indira Vizcaíno Silva sobre las decisiones tomadas en materia cultural no solo es pertinente, sino necesario. La salida discreta del subsecretario anterior —símbolo de una gestión fallida— y la llegada del arquitecto Juan José Arias representan, en principio, un acierto. Su trayectoria, prestigio y conocimiento del ámbito cultural estatal son incuestionables. Sin embargo, el nombramiento por sí solo no garantiza resultados.

El verdadero desafío no está en el perfil del funcionario, sino en las condiciones que el gobierno estatal esté dispuesto a ofrecerle. De poco sirve el conocimiento, la experiencia y la voluntad si no existen los recursos suficientes para rescatar la infraestructura cultural que fue abandonada durante años: museos deteriorados, teatros en el olvido, centros culturales inoperantes y esculturas públicas sin mantenimiento. La cultura no se administra con discursos, se sostiene con presupuesto, planeación y respaldo político.

La gobernadora tiene una responsabilidad ineludible: dotar a la subsecretaría de Cultura de los recursos económicos y humanos necesarios, y establecer una política cultural que vaya más allá de la dependencia exclusiva de becas federales. Colima necesita un fondo estatal para proyectos culturales que impacten de manera directa en la sociedad, que fortalezcan el tejido social y que reconozcan el talento local como un activo estratégico.

Apoyar a las y los artistas colimenses no debe ser un gesto simbólico ni una concesión ocasional. Ignorar, minimizar o instrumentalizar el talento cultural en función de intereses políticos sería repetir errores del pasado, errores que ya tuvieron un costo alto para la vida cultural del estado. La cultura no puede volver a ser rehén de la improvisación ni del desdén institucional.

Porque la cultura no es un lujo ni un accesorio del poder. Es una herramienta de cohesión social, de identidad y de construcción de paz. Y conviene no olvidarlo: sin cultura, no hay paz.

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