Colima, México, Avanzada (19/11/2024).- En Colima, la muerte acecha en cada esquina. Este pequeño estado mexicano, que encabeza las estadísticas de violencia mundial, esta convertido en un campo de batalla donde cualquiera puede convertirse en víctima, sin importar edad, género o actividad. Y, entre todas las posibles víctimas, las mujeres policía parecen estar en el ojo de la tormenta, enfrentándose a una doble amenaza: la del crimen organizado y la del olvido institucional.
La violencia en Colima ya no discrimina. Antes se creía que las balas tenían destinatarios específicos, personas relacionadas con actividades ilícitas. Hoy, esas mismas balas alcanzan a trabajadoras, madres, estudiantes y cualquier persona que, con esfuerzo, intenta llevar el sustento a casa. Sin embargo, ser mujer policía en Colima parece implicar un boleto directo hacia la tragedia, donde cumplir con el deber significa exponerse a un riesgo inminente, que no solo deja a las familias sin madre, sino que marca de por vida a los hijos huérfanos.
El 11 de enero de 2023, la noticia del asesinato de Martha Esther Rodríguez Cerna sacudió al estado. Titular de la Unidad de Combate al Secuestro de la Fiscalía de Colima, fue atacada en plena mañana, mientras descendía de un vehículo oficial en la colonia La Joya, Villa de Álvarez. Ese asesinato, como otros, no se limitó al suceso: representó una advertencia, un recordatorio de que incluso quienes trabajan por la seguridad están a merced de la inseguridad.
Los casos se acumulan con alarmante frecuencia. En marzo de 2023, una agente de la Policía Estatal Preventiva fue asesinada en su día de descanso, acribillada en las calles de la colonia Nuevo Milenio 4. Días después, en un ataque atroz ocurrido en Santa Amalia, otra agente fue baleada mientras llevaba a su hijo a la escuela. El niño, gravemente herido, sobrevivió, pero su vida jamás será la misma.
El ciclo de violencia continuó en abril de ese mismo año, cuando una agente municipal de Manzanillo fue asesinada mientras viajaba en una mototaxi. Apenas en julio, otra policía fue asesinada y dos agentes más resultaron heridos en un ataque a balazos en Colima capital. Las víctimas no cesan, como lo demuestra el asesinato de Magali Janeth “N”, ejecutada el 22 de octubre de 2024 en plena vía pública, o el reciente intento de asesinato contra Mildred “N”, baleada este 17 de noviembre.
Cada una de estas historias es un golpe que resuena en las familias y comunidades de Colima. Hijos que nunca volverán a ver a sus madres, graduaciones donde las sillas vacías pesan más que cualquier ausencia, y un sistema que no parece dispuesto a proteger a quienes protegen.
Mientras tanto, los gobernantes cuentan con escoltas que les aseguran llegar a casa sanos y salvos. Ellos sí pueden asistir a las ceremonias escolares de sus hijos, olvidando que cientos de niños en Colima solo tienen el eco de un disparo como recuerdo de sus madres.
Colima no solo es un epicentro de violencia; es el reflejo de un estado fallido, donde ser mujer, madre y policía es casi una sentencia. En sus calles, donde el miedo camina de la mano con la impunidad, las vidas de estas mujeres valientes se apagan una tras otra. ¿Quién les cuidará las espaldas a ellas? ¿Quién protegerá a sus hijos? Esa es la pregunta que Colima, y todo México, debería responder con urgencia.