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COLIMA

Manzanillo, el epicentro de la violencia

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A las cinco de la mañana, cuando los primeros buques comienzan a ingresar a la bahía de Manzanillo, también empieza otro movimiento que no aparece en las estadísticas del comercio exterior. Miles de contenedores cruzan diariamente el puerto más importante del Pacífico mexicano; algunos transportan mercancías que sostienen buena parte de la economía nacional y otros representan el objetivo de organizaciones criminales que, desde hace una década, disputan el control de uno de los corredores logísticos más valiosos del país. Ahí comienza buena parte de la historia de la violencia que transformó a Colima.

Lo que ocurre dentro y alrededor del puerto no se queda en los muelles: termina reflejándose en las calles de Manzanillo, en las carreteras estatales, en las colonias de Colima y Villa de Álvarez y, finalmente, en las estadísticas nacionales de homicidio.

Hasta hace apenas dos décadas, Colima era conocido por sus playas, su actividad agrícola y por albergar el puerto comercial más importante del Pacífico mexicano. Hoy también es identificado por otro indicador: durante diez años ha encabezado las tasas nacionales de homicidio doloso. El estado más pequeño del país en población, con apenas poco más de 730 mil habitantes distribuidos en diez municipios, terminó convertido en uno de los territorios más violentos de México: el tamaño nunca fue el problema, pero la ubicación estratégica sí.

El punto de ruptura llegó en 2016. Ese año, el número de homicidios dolosos pasó de 167 casos registrados en 2015 a 600 asesinatos, un incremento superior al 250 por ciento. La tasa alcanzó 81.5 homicidios por cada 100 mil habitantes y colocó, por primera vez, a Colima como la entidad más violenta del país. Desde entonces, la violencia dejó de ser un fenómeno episódico para convertirse en una condición permanente que modificó la vida económica, política y social del estado.

Los años siguientes no significaron una recuperación; por el contrario, la violencia se agudizó. Entre 2017 y 2023, Colima permaneció sistemáticamente entre los primeros lugares nacionales en homicidio doloso. El Índice de Paz México documenta que la entidad registró el mayor deterioro en materia de paz desde 2015 y atribuye buena parte del fenómeno a la expansión de la delincuencia organizada y a la disputa por corredores estratégicos vinculados al puerto de Manzanillo. En 2023, la tasa de homicidios alcanzó alrededor de 111 víctimas por cada 100 mil habitantes, la más alta del país y varias veces superior al promedio nacional.

La violencia tampoco quedó limitada a los asesinatos, pues conforme crecieron las disputas entre grupos criminales aumentaron las desapariciones, las fosas clandestinas, las extorsiones, los ataques armados contra policías, los bloqueos carreteros y los enfrentamientos que obligaron a suspender clases y actividades económicas. El 25 de enero de 2022, un motín dentro del Centro de Reinserción Social de Colima dejó nueve internos muertos y confirmó que incluso las instituciones penitenciarias habían perdido capacidad para contener a los grupos delictivos.

Mientras tanto, Manzanillo siguió consolidándose como la principal puerta marítima del comercio exterior mexicano. El propio Programa Institucional de la Administración del Sistema Portuario Nacional reconoce que se trata del puerto de contenedores más importante del Pacífico; pero esa posición estratégica también explica el interés permanente de organizaciones criminales por controlar rutas marítimas, operaciones aduanales y cadenas logísticas. Los aseguramientos federales de cargamentos de cocaína dentro del puerto y frente a las costas de Colima durante 2026 volvieron a demostrar que la presión criminal continúa vigente.

Las cifras oficiales muestran que algunos indicadores comenzaron a disminuir durante 2025, particularmente el homicidio doloso. El Gobierno federal informó una reducción anual cercana al 26 por ciento en el promedio diario de asesinatos y destacó el despliegue de más de cuatro mil elementos federales en la entidad. Sin embargo, esa mejoría estadística no modificó el diagnóstico nacional: Colima permaneció como el estado menos pacífico del país y continuó registrando una de las tasas de homicidio más elevadas de México.

Durante los primeros meses de 2026, la tendencia volvió a encender señales de alerta: los homicidios repuntaron respecto al mismo periodo del año anterior en un 13 por ciento y la entidad apareció nuevamente entre los primeros lugares nacionales en delitos como homicidio doloso, extorsión, feminicidio y robo a casa habitación. A ello se sumaron episodios de bloqueos carreteros, vehículos incendiados y enfrentamientos armados registrados el 25 de mayo, que paralizaron municipios enteros y obligaron nuevamente a desplegar fuerzas federales.

Pero quizá el daño más profundo no aparece en las bases de datos del Secretariado Ejecutivo: durante diez años, la violencia modificó considerablemente la forma en que viven los colimenses. Cambiaron horarios, rutas escolares, hábitos comerciales, inversiones privadas y actividades turísticas. Familias enteras normalizaron escuchar detonaciones, observar convoyes militares o enterarse de homicidios diarios como parte de la rutina informativa. En un estado donde prácticamente cualquier persona conoce a una víctima o a un familiar de una víctima, la violencia dejó de ser un asunto policial para convertirse en un problema social.

La historia reciente de Colima demuestra que reducir el problema a una cifra de homicidios resulta insuficiente, ya que la disputa por un puerto estratégico terminó contaminando prácticamente todos los indicadores de seguridad pública y convirtió al estado más pequeño de México en uno de los mayores desafíos para las instituciones encargadas de garantizar la paz. Diez años después del inicio de aquella escalada de 2016, el verdadero saldo se mide en familias golpeadas por la violencia, economías frenadas por la incertidumbre y una generación completa que creció aprendiendo que, en Colima, la violencia dejó de ser una excepción para convertirse en parte del paisaje cotidiano.

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