Vislumbres. Un museo más

El Noticiero de Colima, publicó este martes 21 de marzo, una nota de nuestra buena amiga Anilú Salazar en la que se informa que se tiene la pretensión de transformar el Palacio de Gobierno del Estado en “un Museo a Juárez”. Información que me parece muy oportuna tratándose de la más juarista de todas las fechas del calendario cívico, pero que más allá de sí misma revela no sólo algunas curiosas contradicciones, sino, tal vez, la intención (no sé si involuntaria o malintencionada) de despojar de ese edificio al Ayuntamiento de Colima, quien es, realmente, su verdadero y más antiguo dueño.

Sobre este último dato abundaré más adelante, pero primero, sin pretender agredir el profesionalismo de nuestra amiga reportera, desglosaré el contenido de la nota como si tuviera incisos:

Inciso A: “El secretario de Desarrollo Urbano, José Romo, mencionó que la Secretaría de Cultura tiene un proyecto para… hacer del Palacio de Gobierno un museo de Benito Juárez… pero hay que sopesar esa inversión porque no podemos hacer todo el palacio museo, porque ¿cuántos museos tenemos y cuánta gente los visita?”

Inciso B: “El edificio de Palacio está deteriorado… Hasta el momento se han invertido tres millones de pesos para remodelarlo y falta determinar el monto que se requiere para recuperarlo todo”.

Inciso C.- “Para este año, dijo, se tienen presupuestados 40 millones en una primera etapa, especialmente para la estructura [¿física, arquitectónica?] y para lo eléctrico, que tiene un sistema ya en estado grave”.

Colateralmente, Anilú Salazar destacó algo que no he mencionado aún, y que al parecer comentó don José Romo: “que este edificio no debe dejar de tener oficinas”, porque de lo contrario el centro se quedaría más solo de lo que de por sí está. Aunque en la nota utilizó el verbo deshabitar, que no creo ser apropiado.

Y ahora sí van mis comentarios: En el primer inciso de esta glosa se puede advertir, sin más ni más, que hay dos visiones distintas en dos secretarios de estado: uno que al parecer quiere convertir a todo el ex Palacio de Gobierno en un museo; otro que sólo lo admite en parte y a regañadientes, porque está convencido que en nuestra ciudad hay como quien dice museos de sobra y muy poca gente que los visita y saca jugo de ellos. A no ser, añadiríamos nosotros, los muchos o pocos empleados que muy puntualmente cobran sus quincenas aunque a varios de esos museos casi ni siquiera entran las moscas.

En los otros dos incisos finalmente, y después de muchas denuncias que al respecto se habían publicado en diferentes medios, se reconoce que dicho edificio está en situación ruinosa y necesita una urgente reparación en varios sentidos. Pero, por otro lado, se advierte que al señor secretario de Desarrollo Urbano le pesa gastar no sólo los cuarenta millones que se tienen previstos en una primera etapa de remodelación y acondicionamiento, sino en los muchos más que seguramente se tendrían que erogar en una segunda y tercera etapas de reconstrucción; y le disgusta que una erogación tan grande acabe por convertir a dicho edificio en un museo más, así sea dedicado a Juárez.

En la contraparte de todo esto, no sé cuál será la opinión que tenga el ya mencionado Secretario de Cultura, ni cuáles sean realmente los alcances de su proyecto; pero aun sin haber escuchado o leído lo que Carlos Ramírez Vuelvas pudiese al respecto decir, sí creo que de algún modo su colega de Desarrollo Urbano puso el dedo en la llaga cuando mencionó que son muchos los museos que ya existen en nuestra capital, y muy poquita la gente que los visita. Dato, evidentemente, que no es de hoy, sino que viene desde el sexenio de Fernando Moreno Peña, cuando se presumía, incluso en carteles espectaculares, que Colima era “el estado con mayor número de museos per cápita”. Como si ése también fuera un indicador económico.

Más allá, sin embargo, de las posibles disputas o de las encontradas visiones que pudiesen tener los secretarios de Cultura y Desarrollo Urbano, y más allá incluso de lo que pudiese indicar su jefe, el Gobernador, yo quiero reiterar aquí algo que ya he publicado varias veces, desde que precisamente FMP decidió iniciar la construcción del Complejo Administrativo del Gobierno del Estado en las cercanías del Hospital Regional Universitario, con la pretensión de crear un “SubCentro” de la ciudad capital, que aun cuando muchos lectores no me quisieran creer, así le llamaron. Y ¿qué es ese algo a lo que me refiero?: que el verdadero y más antiguo dueño del edificio todavía llamado Palacio de Gobierno (aun cuando allí ya no despache el Gobernador y no contenga tampoco la mayoría de las Secretarías de Estado) es el Ayuntamiento de Colima.

Alguna persona importante de un gobierno estatal inmediato al fernandista me dijo que si yo había visto alguna vez las escrituras que probaran la propiedad del edificio por parte del Ayuntamiento, o que si tenía al menos una fotocopia de ellas para demostrar mi afirmación, pero le dije que no, que no hay, ni pueden haber escrituras al respecto, ni se necesitan para probarlo o demostrarlo porque para eso existe algo que se conoce como “la verdad histórica”. Y la verdad histórica en ese sentido explica que las primeras edificaciones oficiales que hubo donde hoy está edificado el multi-referido Palacio de Gobierno del Estado de Colima, eran las Casas Reales o Consistoriales, donde tenían su sede los Alcaldes Mayores de la Provincia de Colima, cuya cabecera era el Ayuntamiento de la Villa de Colima. Todo esto a partir de 1554 y hasta 1824, cuando habiéndose separado dicho Ayuntamiento (más los de Almoloyan, Comala, Ixtlahuacán y Tecomán) del naciente Estado de Xalisco (así, con equis), sus integrantes y varios paisanos enterados, invocaron la protección del Gobierno Federal para que el conjunto de todos estos ayuntamientos formaran un estado más, aunque sólo pudieron constituirse como Territorio de la Federación.

De esta época data a su vez la existencia de los Jefes Políticos del Territorio de Colima, quienes tenían bajo su responsabilidad no sólo gobernar dicho territorio como autoridad mayor, sino lo que hoy es también el municipio de Colima. Y ¿saben los lectores donde despachaban ellos? En el edificio que desde muchísimos años atrás era precisamente conocido como Palacio del Ayuntamiento.

Hace 160 años, cuando se promulgó la Constitución del Estado de Colima, cuando el Gral. Manuel Álvarez era el último Jefe Político del Territorio y hacía las veces de alcalde de la municipalidad, seguía, igualmente, despachando en el antiguo Palacio del Ayuntamiento. Nombre, sin embargo, que de inmediato se le cambió por el de Palacio del Gobierno del Estado a partir de que dicho Territorio asumió la categoría estatal. Porque no hubo, en esa época, nadie que pensara que fuera necesario edificar un nuevo recinto para que ahí despachara el nuevo (y primer) gobernador.

Fue en ese entonces cuando aparecieron los primeros presidente municipales de Colima ya con esa designación y, por ende, tuvieron su despacho propio, pero en el mismo edificio en donde los demás antiguos alcaldes, desde 1554 habían dirigido sus respectivos ayuntamientos.

Para finalizar debo decir que en 1877 fue demolido el viejo edificio de piedra que allí había existido por siglos, y en su lugar comenzó a ser edificado el que conocemos hoy, que fue terminado de amueblar y acondicionar allá por 1906, precisamente por el último gobernador porfirista, don Enrique O. de la Madrid, antepasado directo de José Ignacio Peralta Sánchez, actual primer mandatario.

No obstante lo anterior cabe una última aclaración: tanto las oficinas del Ayuntamiento de Colima, como el único salón donde sesionaban los diputados locales, ¡estaban también en el mismo edificio del Palacio de Gobierno! Y así lo siguieron estando hasta que casi en punto de la 1 de la tarde del día 15 de abril de 1941, hubo un fortísimo terremoto de varios minutos de duración, que dejó a dicho edificio estragado, obligando a las autoridades a tomar una decisión salomónica en la que quedaron todos de acuerdo: desalojarlo para poderlo reparar casi completamente.

Al desalojarlo, el Gobierno del Estado decidió irse a ocupar el edificio de la por entonces recién creada Universidad Popular de Colima, al norte del Parque Hidalgo; obligando a sus estudiantes y profesores a regresar al edificio que había sido sede de la Normal Mixta, justo en la muy céntrica calle Gregorio Torres Quintero, ahí donde hoy es la Presidencia Municipal. El pequeño local del Congreso no tuvo ningún problema para ubicarse en cualquier otro lugar, pero las oficinas del Ayuntamiento de Colima requerían de un mayor espacio, y a ellas se les brindó un edificio frontero al de la antigua Normal Mixta, que hoy es el edificio de la Tesorería Municipal.

Dos o tres años después, sin embargo, cuando las reparaciones del Palacio de Gobierno ya estuvieron concluidas, el gobernador en turno decidió que casi todas las oficinas del gobierno estatal se quedaran en el edificio junto a Catedral; que allí mismo (¿para tenerlos vigilados y bajo control?) tuvieran su salón de sesiones los diputados integrantes del Congreso Local; que los estudiantes de la Universidad Popular volvieran a su sede, y que las oficinas del Ayuntamiento de

Colima se expandieran a donde está hoy la Presidencia, quedándose, además, con el actual edificio de la Tesorería.

Históricamente, pues, se podría afirmar que por simples usos y costumbres, o por no haber necesidad de otro edificio, primero los Jefes Políticos del Territorio de Colima, y luego los gobernadores, comenzaron a gobernar en lo que durante siglos fue el Palacio del Ayuntamiento de Colima, cobrando éste o adquiriendo éste (el edificio) la preeminencia de su nueva categoría, aunque sin perder al menos algunos de sus espacios que hasta 1941 quedaron reservados al Ayuntamiento.

Los reacomodos político-administrativos provocados por el temblor del 15 de abril, terminaron por despojar a la Presidencia de Colima de su más antigua sede. Pero no de la verdad histórica que demuestra ser su más antiguo y verdadero dueño. Con lo que se concluye que en vez de que a dicho edificio se le dedique hoy a convertirlo en un museo más, debe ser devuelto al Ayuntamiento capitalino para que ahí vuelva a ser, como antaño lo fue, el también verdadero Palacio de Ayuntamiento.

Esta fauna. La mujer que a fuerza de palabras encontró a sus hijos

“Aquella mañana —recuerda Clementina mientras mira hacia un punto impreciso— abrí la puerta de la casa y me encontré, colgando de una viga en la ramada del patio, una bolsa de plástico con un envoltorio de tela dentro; mi hija me ayudó a desatar el nudo de la bolsa y sacó un trapo hecho bolas, manchado, así como de sangre; yo le dije: a ver hija, se me hace que esa es la playera de uno de tus hermano... y cuando extendimos la tela cayó, a nuestros pies, la lengua de mi hijo”. Ni bien termina de decir esto, Clementina se lleva ambas manos al pecho y baja la mirada, como si experimentara el mismo sobresalto de aquel momento.
Dos días antes de este suceso, los tres hijos de Clementina salieron juntos de aquella humilde casa, ubicada en una comunidad semiurbana de Manzanillo. Le dijeron a su madre que irían a trabajar y a partir de ahí no hubo noticias de ellos. Se fueron a pescar, dice ella. Julio, Francisco, Miguel. Y no, ella no estaba preocupada porque, a veces, tardaban hasta tres días en volver de la pesca. Pero cuando encontró el envoltorio con la playera de uno de ellos comprendió que algo terrible les había pasado. A Francisco, a Miguel, a Julio. El mayor tenía 28, el de en medio 22 y el menor 17. “Eran buenos, a veces tomaban cerveza, pero nomás; y los desaparecieron, me los desaparecieron”, expresa casi a modo de reclamo. Durante un año y medio no supo nada de sus muchachos, salvo que la lengua que le dejaron envuelta en la camisa aquella mañana era de alguno de los tres. De Miguel, tal vez de Julio, a lo mejor de Francisco.
Cada día, a lo largo de dieciocho meses, Clementina buscó a sus hijos. Nunca dejó de hacerlo. “La policía me dijo que andaban metido en eso de la droga, que por eso no los encontraban, pero ¿cómo iba a ser eso?, si los pobres trabajaban mucho y ganaban tan poco; mire usted —y aquí Clementina se atreve a alzar un poco la voz—: nunca tuvieron un carro, ni manejar sabían, y cuando iban a trabajar me decían mamá vamos ir a hacer este trabajo o vamos hacer este otro… y los tres se iban, y siempre regresaban”. En las oficinas de gobierno era común ver aquella mujer, de pronto hecha ya una anciana, preguntando si acaso el cuerpo que habían encontrado tal o cual día podría ser el de uno de sus hijos.
Y un día, después de repetir una y otra vez su historia a quien quisiera escucharla. A la policía. A políticos. A funcionarios. A secretarias. A gente que ni conocía. Al fin, pues, de hablar sobre sus hijos, de describirlos físicamente, de contar cómo es que habían desaparecido y cómo es que nadie los buscaba, al fin, sus hijos aparecieron. Los encontró en la ciudad de Colima, en las instalaciones del servicio médico forense. Gracias a una prueba de ADN pudieron identificarlos entre los restos de cinco hombres que habían sido exhumados, meses atrás, en una fosa clandestina descubierta en el patio de una casa.
“Me los entregaron, a los tres, a Francisco, a Miguel a Julio; pero estaban tan mal que dos de ellos cupieron en un mismo ataúd”. Y otra vez, al decir tal cosa, Clementina se lleva las manos al pecho.
Esta mujer cuenta su historia para no olvidar, para seguir pronunciando en voz alta el nombre de sus tres hijos. Es el testimonio de lo que le tocó vivir, y perder, sobre todo perder, en la guerra que en Colima se libra contra (o entre) el narco.
Desde entonces y hasta ahora han pasado muchos números en las estadísticas sobre la inseguridad. Y ella ya no vive en aquella casa cuyo recuerdo la estremece. Ahora vive en otro domicilio, en una colonia populosa del puerto. Está dedicada las 24 horas del día a cuidar a su otra hija, quien está enferma de un mal tan agresivo que la incapacita para hacer cualquier cosa. Y Clementina habla de su hija como si temiera que un día la enfermedad también la desapareciera. Por eso esta mujer, prematuramente anciana, no deja de buscarse la vida: sale de vez en cuando a vender tamales. Empuja un triciclo con una olla humeante por las calles de su colonia. Y tiene buenos clientes. “Pedidos grandes, hasta de diez tamales me llegan a encargar”, dice, con un asomo de satisfacción en sus palabras. Y cuando no sale a vender en el triciclo, se dedica a vender collares y pulseras de piedras de fantasía que ella misma elabora. “Un día una señora me regaló dos cajas bien grades de piedras de colores para hacer collares, y desde entonces hago pulseritas, aretitos”. Los vende de casa en casa, en las oficinas, en los establecimientos públicos. Uno no creería que esas manos y esos ojos cansados puedan enhebrar cuentas de collares. Uno no creería, es más, que ella misma, después de mucho tiempo de ir de un lado a otro con su palabras, haya tenido fuerzas para encontrar a sus tres hijos: a Julio, a Francisco y a Miguel.

Esta fauna. El 80 por ciento.

El sábado pasado, en Manzanillo, el gobernador Ignacio Peralta fue 80% lengua y 20% saliva. ¿Que cómo fue posible tal cosa? Aguante un poco, ya se lo explico. Sucedió, como siempre le sucede a nuestro gobernador, por llegar tarde a todos lados. Desde las nueve y media de la mañana ya lo esperaban en el puerto en un acto convocado por empresarios. ¿Y qué tan tarde llegó? Hombre, no mucho. Una hora y cachito nomás. Tiempo suficiente para que cualquier persona, educada y paciente, se hartara de esperar y se largara de ahí echando pestes y revistiendo con maledicencia la investidura de nuestro gobernante.
El acto en mención fue la clausura de una campaña contra la corrupción (que deviniera en campaña de desprestigio a la puntualidad y el respeto se lo deben a Ignacio). Frente a empresarios jóvenes, y otros no tanto, nuestro gobernador dio un breve discurso sobre la corrupción (uno no esperaría menos de alguien como él). Mientras lazaba al micrófono exclamaciones sobre el tema, su lengua fue ocupando el 80% de su persona. Y es que vaya usted a creer lo que dijo. Yo apenas lo creo porque no sólo escuché lo que decía, también vi cómo lo decía. Ahí estaba él, hecho toda una lengua, expresando que la corrupción es un “acto cultural”, que es difícil y harto complejo combatirla, pero que su administración hacía esfuerzos, etc. Y cuando la lengua con lentes decía, con refinada resignación, eso de que la corrupción es parte de nuestra cultura, a los ciudadanos no nos quedaba más que imaginarnos atados in sécolua secolórum a la corrupción imperante (y a la impuntualidad, desde luego, que siempre corrompe la credibilidad de las personas). Habló también de que copiar en un examen es corrupción, pero no dijo que guardar silencio o solapar a quienes malversan (o malversaron) dineros públicos, es corruptela común. Y así fue, entonces, que Ignacio Peralta fue 80% lengua. Un poco mas tarde, luego de tomarse fotos como si hubiera librado, y ganado, una batalla contra “el cáncer de la corrupción”, el gobernador se volvería 20% saliva, completando así su metamorfosis. Esto sucedió media hora después, ya en una reunión con la militancia porteña priista. Ahí, Peralta les dijo a los presentes, con la misma facilidad con la que llega tarde a todos lados, que para evitar que el PRI perdiera espacios electorales en el 2018, sus prioridades como gobernante (y priista) serían 80% políticas y 20% administrativas. Es decir, 80% lengua y 20% saliva. Puedo imaginar a sus compañeros de partido, mirando con satisfacción, el poder de su líder estatal para transmutar, su persona y prioridades, en lo que se le pega la gana.

Esta fauna. La viva opinión.

La mitad de los opinadores colimotes dicen que nuestro estado está gobernador por un ente vengativo, hambriento de poder y tan maligno como el señor oscuro de Mordor. Su poder es tal que revierte mayorías en el congreso local, defenestra a servidores públicos ajenos a su línea, solapa corruptelas y ataca sin piedad la integridad moral de los políticos de oposición. Es tan malo que, en el colmo de la malignidad, nos somete al denigrante acto de verlo vestido en shorts cuando corre maratones.
La otra mitad de opinadores dice que no es cierto todo lo anterior. Que nuestro gobernante es un ser noble, íntegro, amante de la verdad, apasionado de la justicia y desesperado por la paz. Una persona que no sabe de egoísmos y en cuyo corazón sólo puede caber el perdón para aquellos que, en la anterior administración, saquearon las arcas públicas. Y ese proceder, dicen sus admiradores, demuestra lealtad y buena cuna.
En esas, pues, estamos. Y no es nada nuevo. En Colima la historia de la política es cíclica y redonda. La relación entre algunos “analistas políticos” y los gobernantes, también. En el periodismo de opinión colimense (si tal cosa existe) sólo hay de dos sopas: unos hinchan de alabanzas absurdas al gobernante mientras otros lo desinflan con señalamientos harto exagerados. La objetividad es perla perdida en un mar de intereses, filias y fobias.
Así, por ejemplo, ya pasó más de un año de la elección a gobernador y hay quienes siguen lamentando que el PRI y su candidato ganaran con triquiñuelas legaloides (así dicen y así lo escriben, sólo estoy citando). Gustosos por la comezón que da la sarna de una derrota asumida pero no asimilada, siguen rascándose con las uñas de sus grandilocuentes artículos de opinión militante. (Aunque farragoso, el estilacho de la línea anterior causa furor, créanme, en la asociación de cronistas de pueblos y ciudades). Al leer los lamentos de estos prohombres, paladines de la prensa, uno pensaría que los colimenses son una raza quejumbrosa y derrotista (a mí ni me miren, yo nací en Jalisco, y Jalisco nunca pierde, y cuando… etc.).
Así, ateniéndose a los textos de ciertos columnistas, cualquiera se hace a la idea de que el presente en Colima es terrible, porque el gobierno estatal es priista (noticia: tenemos décadas así); ah, pero el futuro es prometedor, porque llegará el día en que a Colima lo gobernará un panista (noticia: gran parte de los colimenses ya son gobernados por alcaldes blanquiazules). Y del otro lado están los que escriben de un Colima que no vemos, uno bien alejado de la realidad. Opinadores que repiten el discurso oficialista para complacencia y continuidad de un sistema reciclado. Arribistas de sus (nuestras) propias miserias.
Todo está bien, dicen unos. Todos está mal, dicen los otros. Y cada cual expone su punto de vista con la misma vehemencia con la que se defiende el pago de la quincena. De esas versiones encontradas sacamos en limpio que, al menos, la opinión pública colimense está viva. Está. Y ojalá nunca la encontremos metida en una bolsa negra, tirada en alguna calle.

Vislumbres. De la senectud partidista y sus achaques

Senecto.-

El sábado 4 de los corrientes el PRI cumplió 88 años de “vida”. Pero 88 son muchos años hasta para un partido político, al que por lo que se mira y se dice de él, muy bien podríamos, con toda certeza, calificar como un partido senecto, viejito, anquilosado que, aun cuando se mantenga medianamente lúcido y un tanto competitivo, requiere de andaderas y muletas para caminar y mantenerse en pie.

Las andaderas, por supuesto, se las han brindado (con sus errores) tanto los partidos de izquierda y derecha que no han sabido cómo ganarle la delantera, y las muletas son los desdibujados partidos que como el Panal, el Verde y el PT le son cada vez más necesarios para sobrevivir, como sucedió concretamente en Colima, donde en las más recientes elecciones, si no hubiera sido por los votos que éstos partidos les aportaron, el actual gobernador no estaría despachando en la residencia oficial de la Calzada Galván.

Premios para restañar heridas.-

Las noticias que nos ha tocado leer respecto al festejo número 88 del referido PRI nos dicen, por una parte, que está tratando de conseguir oxígeno y, por otra, que hay estados en los que “ya ni con viagra puede”.

El oxígeno que pretenden conseguir se basa en el otorgamiento de premios de consolación para quienes por decisiones presidenciales habían resultado con algún daño en su ego, siendo por eso que para restañar un poco el dolor (y la irritación) que le causó a Claudia Ruiz Massieu su despido de la Cancillería, apenas el jueves 2, Enrique Ochoa Reza, presidente del CEN de dicho partido, le entregó, evidentemente aprobado por el otro Enrique, la Secretaría General del Tricolor.

A ese premio ejemplar, en la ceremonia conmemorativa del día 4, a la que por cierto no acudió Luis Videgaray, el nuevo Canciller, se otorgaron algunos otros reconocimientos a militantes destacados. Entre los que robó cámaras el que se le brindó a Manlio Fabio Beltrones, ex presidente nacional del Tricolor, que dejó de serlo por la paliza que su partido recibió en las elecciones de 2016, pero que no obstante lo anterior, cuando recibió dicho reconocimiento “se fundió en un abrazo con Enrique Peña Nieto”, dando ejemplo de sabia militancia que otorga y recibe perdones.

Manlio Fabio, en efecto, recibió de mano de EPN la presea “Plutarco Elías Calles al Mérito Revolucionario”, pero eso puede tener varias interpretaciones: por un lado se podría entender que la presea es, para el sonorense, un equivalente a la carta de jubilación que recibe un empleado

que ya no tiene la edad requerida para trabajar, y que por ende está fuera de forma para competir, si de materia política se trata. Pero, por otro, si se toma en cuenta el currículum del galardonado (al que lo único que le falta ser es presidente también de la república), ese mismo premio podría interpretarse exactamente al revés: es decir, como una especie de “resurrección de Lázaro”, en la que el apestado (en este caso Manlio Fabio) sale de la cueva en que se le sepultó por una decisión presidencial, para ponerlo de nuevo a la vista, en virtud de que los precandidatos tricolores que actualmente se placean para las elecciones del 2018, como que no dan color, y van muy bajos en todas las encuestas que se han publicado desde noviembre de 2016.

Así que de acuerdo con esa interpretación Manlio Fabio estaría siendo resucitado para, en caso de probada necesidad o urgencia, pudiera ser él, supuesto político muy colmilludo, el tercero en discordia o el bateador suplente. Cosa de no creerse, pero podría ser.

Cifras y datos.-

Y ya que andamos metidos en estos chismes, echémosle un ojo a ciertos párrafos del discurso que durante el mencionado festejo pronunció el presidente Peña Nieto:

“El PRI es un partido que sabe acordar, que pacta para gobernar y para transformar, pero que quede bien claro: nunca, pero nunca pactará para dejarse derrotar. Nosotros los priístas, y está en nuestra genética, siempre salimos a ganar”.

Luego, hablando de las próximas elecciones estatales en el Estado de México, Nayarit, Veracruz y Coahuila, anunció: “Vamos por cuatro triunfos”. Señalándolos como el preámbulo de lo que sucederá en las elecciones presidenciales del 2018, sobre las que advirtió: “Nuevamente hay riesgos de retroceso, como hace seis años están resurgiendo amenazas que representan la parálisis de la derecha o el salto al vacío de la izquierda demagógica”. Etc.

Si nos detenemos unos instantes en desglosar estas pequeñas muestras de la retórica peñanietana, notaremos que, una de dos, o EPN carece por entero de una actitud autocrítica, o ni cuenta se dio del contenido del texto que sus discurseros le pusieron a leer, pues más vacío no podría quedar su mensaje, dado que aun cuando él mismo siga recordando que fue el candidato presidencial que más votos históricos ha obtenido, hoy es el presidente de la república que menor índice de aprobación histórica tiene también desde que el PRI es PRI. Habiéndole dado actualmente la espalda no sólo los casi treinta millones de ciudadanos que votaron en su contra, sino más de la mitad de los poco más de 19 millones de ciudadanos que sufragaron a su favor. Todo ello en franca reprobación, no sólo de su persona, sino de las cacareadas reformas fundamentales con que dio inicio su hoy devaluado sexenio.

El afirmar, además, que todos los candidatos de su partido traen en “su genética la idea de salir a ganar” no pasa de ser una fanfarronada, pues ¿acaso ya se olvidó de todas las derrotas que muchos de sus candidatos han padecido en todos los niveles y distritos electorales desde 1988 a la fecha?

Finalmente ¿cómo se atreve a advertir con que cualquier otro tipo de gobierno (ajeno obviamente al PRI) pudiese representar parálisis y retrocesos para nuestro país, si ahora mismo, bajo su mandato, los ciudadanos estamos pagando el pato de todos los desatinos que él mismo ha cometido, comenzando desde los altísimos costos de los energéticos, la luz, la telefonía y las autopistas donde se ve claramente que sus aliados económicos no tienen llenadero? No, a este señor lo que le falta es seso, o salir de Los Pinos disfrazados de cualquier ciudadano para salir a ver la realidad, y a escuchar lo que la gente sencilla de cualquier parte dice de él y de su “acertada” política administrativa.

Panorama local.

El 21 de octubre del año pasado, “ante más de 5 mil personas representativas de los diversos sectores de la sociedad colimense”, reunidas en el Casino de la Feria, JIPS hizo acto de presencia para avalar la designación y toma de protesta de Virgilio Mendoza Amezcua como delegado del Partido Verde en Colima. Pero no fue solo, sino que lo acompañaron algunos integrantes de su gabinete, más “Fernando Moreno Peña; los delegados de gobernación Víctor Gandarilla; del ISSSTE, Guillermo Villa; del trabajo y previsión social, Roberto Barbosa; de Profepa, Ciro Hurtado; Semarnat, Nabor Ochoa; el dirigente del sindicato del IMSS, Rafael Ruvalcaba; los diputados locales, Martha Meza, Nicolás Contreras, Luis Ayala y Héctor Magaña”.

Para dilucidar el motivo por el que un gobernador priísta estuviera participando en un acto político de un partido que si no es contrario, sí es distinto, JIPS se apresuró a decir: “José Ignacio Peralta Sánchez no olvida a quienes contribuyeron al triunfo, y Virgilio Mendoza y los seguidores del partido verde significaron un papel importante en los resultados, por eso les digo, Nacho apoyará a Virgilio”.

Pero eso no le quitó el coraje a los priístas colimotes “de hueso colorado”, porque sabiendo su gobernador que muy especialmente a ellos (los priístas) les debía el triunfo, no se había dado la oportunidad, o tomado la molestia de ir a uno siquiera de los comités municipales para darles asimismo las gracias. Y en ese sentido hubo al menos dos de su presidentes que muy en confianza con este redactor externaron su enojo: “¿Cómo es posible – exclamaron- que nuestro gobernador esté dando fuerza a un acto del Partido Verde cuando nunca se ha dignado visitar uno solo de nuestros comités? Aparte ¿cuándo se había visto en Colima que un gobernador priísta aplaudiera como aplaudió a un elemento de otro partido sólo por haberse convertido en delegado estatal?”

Interrogándolos un poco más a fondo, de sus respuestas entendí que desde aquel momento no pocos militantes locales del partido tricolor comenzaron a pensar que al menos en el Distrito Electoral donde se hallan Armería, Manzanillo y Minatitlán, no será, en 2018, el Partido Verde aliado que apoye al PRI, sino al revés. Y como que no le falta lógica a ese razonamiento.