Esta Fauna. La vida en una llamada


En este mundo abundan los perseguidores. En el nuevo sistema económico ya no existen los consumidores: existen los perseguidos. Nadie sabe, por ejemplo, de qué manera nuestros nombres y números telefónicos llegan hasta las listas de telemercadeo. El empecinamiento de las empresas por ofrecernos bienes o servicios, a través de llamadas telefónicas, merma nuestro derecho a la privacidad y la reclusión voluntaria.
A estas alturas nadie puede declararse ermitaño y encerrarse a odiar, tranquila y respetuosamente, a la humanidad. Hasta en los sitios más recónditos habrá un agente de ventas, insistiendo en ofrecernos una tarjeta de crédito o un seguro de vida. El infierno del misántropo es una habitación donde cada minuto recibe llamadas telefónicas para ofrecerle membresías de un centro comercial, cursos de idiomas o tiempo compartido en alguna cadena hotelera.
Nadie sabe a ciencia cierta en manos de quién están nuestros nombres, direcciones y números telefónicos. Son las consecuencias de vivir en un mundo donde el secreto personal agoniza. La benefactora cobija del anonimato es ya un mero mito. Además de los vecinos impertinentes, también las instituciones bancarias y las compañías telefónicas saben dónde trabajamos, a qué horas llegamos a casa después del trabajo y cuántos hijos tenemos y de qué edad.
Esto, que en apariencia es información irrelevante, se convierte en un recurso inquisitorio para los agentes de telemercadeo que suelen preguntar, del otro lado de la línea, si es que acaso queremos que nuestros hijos queden en el desamparo luego de nuestra muerte. “Por eso le estamos informando que tenemos buenas referencias de usted, y lo acreditan como un buen candidato para gozar de uno de nuestros seguros de vida”, suelen añadir en tono de quien nos está haciendo un gran favor.
Todavía no logró entender cómo es que una institución bancaria me consideró “buen candidato” para ofrecerme un seguro de muerte accidental por un monto de quinientos mil pesos. ¿Acaso sabrán que soy un pésimo conductor? ¿Llevarán un historial de todos mis percances automovilísticos? ¿Cómo se enteraron de mi imprudencia casi suicida al momento de cruzar a pie una avenida?
Estas preguntas me la he estado haciendo desde que recibí la llamada telefónica en la que una mujer, identificándose como empleada de un banco y hablando con la misma firmeza de un oráculo, me reveló las probabilidades que yo tenía de morir en un accidente. Sólo me consuela el hecho de saber que, de por sí, mi nacimiento también fue accidental. Por otro lado, quinientos mil pesos no es una suma muy halagadora para una muerte trágica. Morir de manera espectacular amerita mejores números.
Pero lo marcadamente preocupante es esa insistencia de los molestos vendedores para convencernos, vía telefónica, de que realmente es necesario y apremiante comprar un seguro de vida en ese mismo instante. Como si el futuro inmediato fuera funesto y nuestra muerte aguardara en el plato de enchiladas verdes que dejamos pendiente en la mesa.
No dan tregua. Si hoy fue una aseguradora, mañana es una institución bancaria y más tarde un corporativo de tiendas departamentales. Nadie nos asegura que nuestros nombres y direcciones no estén en manos de una partida de cretinos. El telemercadeo devino terrorismo telefónico. Saben bastante de nuestra vida privada, nos acosan e intimidan. Nos tienen en sus manos.

Vislumbres. Festival del Volcán

Es claro que, exceptuando un poco de lo ocurrido durante el Desfile del Día del Trabajo y los seis (o más) muertos por asesinato en el puente vacacional en Manzanillo, el tema que esta semana acaparó la atención de la mayor parte de los ciudadanos no tuvo, por esta vez, nada que ver con la política-política ni con el de la inseguridad que prevalece en el Estado, sino con la cultura y los espectáculos promovidos por al Ayuntamiento capitalino, durante la realización del Segundo Festival Internacional del Volcán, que ahora tuvo como ciudad invitada a San Cristóbal de La Laguna, otra ciudad volcánica ubicada en la isla española de Tenerife, perteneciente al famoso archipiélago de Las Canarias.
Este segundo festival, en efecto, mucho más ambicioso que el del año anterior, ha sacado de sus hogares a decenas de miles de colimenses, villalvarenses, comaltecos, coquimatlenses y cuauhtemenses, para ir a presenciar las muy nutridas y diversas actividades que diariamente ocurren en seis foros distribuidos tanto en las cuatro plazas o jardines principales del casco histórico de la ciudad, como en el patio de la Presidencia Municipal y en el Archivo Histórico Municipal.
Y aunque no es ni el primero ni el único de los festivales culturales que se hayan promovido en la ciudad, debo reconocer que en cuanto al número de eventos realizados y al público tan numeroso que asiste a ellos, este “segundo del volcán” no tiene precedente, aunque, como es obvio, tuvo algunas fallas que no se previeron desde su organización, como la carencia de suficientes sanitarios públicos y el cierre de algunas vialidades importantes.
Recuerdos festivos.-
Ignoro si sus organizadores sabrían que desde 1906 hasta 1957 la Feria de Todos los Santos se realizó en el Jardín Núñez y sus alrededores, pero me parece una feliz coincidencia el hecho de que una buena parte de los eventos artísticos, de las exposiciones de venta y de los espacios para comer y cenar se hayan instalado, junto con algunos juegos mecánicos, en dicho jardín, porque para muchos adultos mayores les ha resultado muy evocador el hecho, en la medida de que a ellos les tocó ir a la Feria cuando ésta se realizaba precisamente allí, y les parecía una feria muy pueblerina, y por lo tanto entrañable.
Por otra parte noto una coincidencia más, ésta con la realización de la Primera Feria que hubo en todo Colima, allá por el año de 1827. En este sentido vale la pena comentar que hace como 20 años, el ingeniero José Levy Vázquez rescató una investigación que hiciera y publicara en 1963, en un diario local, el profesor Felipe Sevilla del Río, en la que se indica que, en noviembre de 1824, por mandato explícito del Ayuntamiento local de Colima, don Leandro Bravo, “el segundo de nuestros diputados federales”, hizo un viaje especial a la ciudad de México, y que habiendo llegado allá, probablemente a mediados del mes, el día 21 presentó ante el Congreso y la Presidencia de la República entonces naciente, una solicitud formal para que les concedieran a sus representados “la gracia de efectuar una feria al año en la ciudad de colima, de 8 a 10 días”.
En respuesta a dicha solicitud, un año y medio después, el 21 de abril de 1826, el presidente de la república, don Guadalupe Victoria, emitió su dictamen en un decreto que dice:“... Se concede a Colima una feria anual que durará quince días contados del cinco al veinte de marzo, con libertad de todos los derechos por diez años”.
La organización de esa primerísima fiesta con carácter oficial parece haber sido de carácter municipal, y tuvo como escenarios “la plaza mayor de esta ciudad”, donde se realizó “el comercio principal”; “la plazuela que se halla a espaldas de la cárcel” (actual jardín Torres Quintero), donde se ubicarían “las figoneras o cocineras”, y la Plaza Nueva (hoy Jardín Núñez) “para sólo los arrieros que lleguen con carga o sin ella”.
Esa primera feria inició el 5 de marzo de 1827; es decir hace exactamente 190 años; pero lamentablemente “no arrojó ventajas económicas notables a Colima”, porque se interponía con las fiestas patronales de San Felipe de Jesús (realizadas la primera semana de febrero), y con el traslado en masa que un buen número de pobladores realizaba cada año a las salinas costeñas.
No obstante lo anterior, se realizó, según Sevilla, diez años, hasta que se dejó de organizar por las causas acabadas de mencionar.
La urgencia es canija.-
Volviendo al tema de la falta de sanitarios públicos para este tipo de eventos, cabe señalar que aun cuando no sea éste un tema agradable de tratar, debe de ser abordado con toda seriedad y empeño porque como bien lo sabe cualquier gente, “cuando urge, urge”, ¿o no?
Esta carencia no es para nada nueva, ni es exclusiva de la ciudad de Colima, sino que se repite todos los años en ésta y las demás cabeceras municipales, sobre todo durante los desfiles multitudinarios, la celebración de las Fiestas Patrias y la realización de las fiestas patronales, sin que lamentablemente haya empresarios que se decidan a invertir hasta para hacer negocio, o autoridades municipales para cumplir con su obligación de brindar servicios públicos de calidad.
Cualquier ciudadano que se haya dado cita en las cabalgatas de Villa de Álvarez, en la famosa “Entrada de la Música” en Comala o Cuauhtémoc, el Día de la Candelaria en Tecomán, o en las Fiestas Guadalupanas de Colima y Manzanillo, se habrá dado cuenta de que simplemente no hay dónde ir a evacuar los intestinos y liberar las vejigas, siendo que en otras ciudades y pueblos de otros estados, que incluso tienen mucho menor actividad comercial y o presencia turística, tienen buenos baños y sanitarios a disposición del público.
Urge, en ese sentido, que los empresarios de cada una de las poblaciones mencionadas, o las autoridades municipales en cuestión, se pongan, como se dice, las pilas, para resolver ése, que por momentos, se convierte en un muy agudo problema, cobrando desde luego por su utilización, para que tengan ganancias y un buen soporte de mantenimiento.
En el caso de la ciudad de Colima habría que recordar, por ejemplo, que cuando la primera Central Camionera operaba en el espacio que anteriormente ocupó el famoso Mercado Grande, había allí, como en una especie de sótano, unos sanitarios públicos muy funcionales, y que, posteriormente hubo otros a los que desde que se quitó la central de allí no se les ha dado ni el mantenimiento ni la atención suficiente. Por lo que se les podría habilitar de nuevo, o reconstruir en su totalidad para ponerlos al servicio de los numerosos paisanos que como en este festival se congregan en el centro de la ciudad.
Recuerdo, por otra parte, que el primer o segundo año de la administración municipal de Mario Anguiano Moreno, la CANACO-SERVITUR, encabezada entonces por Xavier Odenbourg Ceballos, propuso la construcción de unos servicios sanitarios en un prado del jardín Torres Quintero, donde se disimularía su presencia con la instalación, primero, de una réplica del tranvía que se utilizó en Colima desde finales del siglo XIX y durante las tres primeras décadas del XX. Propuesta que, sin embargo, no se pudo llevar a cabo porque a ciertos burócratas de mirada chata empotrados en la delegación estatal del INHA no les gustó la idea, no obstante la urgencia biológica que, como bien se sabe, impele a numerosas personas cuando por ejemplo terminan de desfilar, como acaba de suceder este lunes primero de mayo, cuando los sanitarios del ya muy deteriorado Palacio de Gobierno simplemente no se daban abasto.

Esta fauna. La muerte de un burócrata


El edificio domiciliado en Juárez 100, en la municipalidad de Manzanillo, es una construcción que encierra profundos misterios. En su interior trabaja gente de todo tipo, de variada estructura ósea y estado mental. Empleados municipales que desempeñan labores de diferentes responsabilidad, pero igual de importantes y necesarios. Desde la presidenta, que es la máxima autoridad en lo que respecta a situaciones que atañen al territorio municipal y su habitantes, hasta el intendente, que es la máxima autoridad en el cuidado y limpieza de los lavabos públicos. Pasando, además, por directivos que todos los días sueñan con ser trabajadores sindicalizados, y por trabajadores sindicalizados que todos los días sueñan con ser directivos o, en su defecto, líderes sindicales.
Visto de lejos, la presidencia municipal parece un edificio inocuo e inofensivo; visto de cerca, o bien ya visto desde el interior, parece la residencia donde habita el desconcierto y la mala fortuna para todo aquél que se atreve a realizar un trámite “que urge”. Pero eso es sólo una mala apreciación, desde luego. En este edificio nada es tan malo y nada es tan bueno; o mejor dicho, todo está bien y todo está mal. No se asuste, así es el equilibrio del universo.
Los misterios de este sitio se clasifican en: a) de planta baja; b) de primer piso; y c) de segundo piso.
Tengo la dicha de estar familiarizado con cada uno de estos misterios, dado que alguna vez fui ocupante de un escritorio dentro del edificio. Uno de estos misterios solía darse de manera recurrente y tenía como escenario mi propia oficina. Era así: dos veces por semana se presentaba alguien —unos días era un señor despistado, otros una señora con niños gritones—, nomás a preguntar por “un licenciado medio gordito, no muy alto, de pelo ralo, que a veces trae lentes y otras no, que a veces se rasura y otras no, y que trabaja en una oficina de este piso”. Quien preguntaba decía desconocer el nombre de la persona que buscaba, y añadía que “ese licenciado lo había citado, para ver en qué iba su trámite de (aquí entraban asuntos que iban desde un divorcio, hasta el pago de una multa por estacionar una bicicleta en doble fila)”.
Quien preguntaba tampoco sabía decir si tal licenciado tenía algún cargo dentro del gobierno municipal, pero en cambio era capaz de dar informes sobre la vida íntima del buscado: “mire: a lo mejor es casado, pero tiene una amante que también es licenciada; ella fue quien me llamó para decirme que viniera a buscarlo”, decía el buscador. En todos los casos, el “licenciado” nunca era localizado, entre otras cosas porque (aseguraba una secretaria que siempre estuvo enterada de la vida íntima de todos), había por lo menos cinco “licenciados” que encajaban con la descripción y el estilo de vida.
En los días de paga se hacía patente otro acto misterioso que consistía en lo siguiente: Exactamente los días quince y último de cada mes, una bandada de señoras, equipadas con libretitas empastadas iban de oficina en oficina para realizar una tarea semejante a un ritual. Se paraban en el umbral de las puertas y preguntaban a bocajarro a la primer persona que se movía: “¿Stá Fulanito?”. Si la respuesta era afirmativa (sí, sistá), se pasaban hasta el último rincón de la oficina para demandarle a Fulanito el abono del perfume, de la cadenita de oro, etc. Si la respuesta era negativa (no, nostá), hacían una mueca de disgusto al tiempo que anotaban algo en su libreta. Aquí uno puede imaginar que escribían cosas como: “En esta oficina me niegan al droguero de Fulanito”. Esa misma situación se repetía en casi todas las dependencias y, por lo que sé, todavía se repite cada quincena. Según informes del cronista municipal, el origen de este comportamiento se remonta varias décadas atrás, más o menos por la época en que se creó el sindicato de burócratas.
Hay, por otro lado, misterios más simples, pero igual de intrigantes. Como por ejemplo el que existan empleados municipales que, a esta hora de la mañana, estén leyendo el periódico en lugar de atender sus pendientes. ¿Qué los mueve a perder el tiempo en su jornada laboral y luego cobrar, sin remordimiento alguno, un sueldo que se paga con dinero público? Uno casi los puede imaginar, con el periódico abierto frente a su cara y haciendo una pausa en la lectura para preguntarle al chismoso de la oficina cosas como “Oye tú, ¿quién será ese licenciado medio gordito, no muy alto, de pelo ralo…”.

 

Vislumbres. De turistas, festivales y fiscalizadores a cuota

¡Ah, los turistas!-

Las vacaciones de primavera ya se terminaron y el asunto se presta para una pequeña reflexión:

Viendo las cosas desde la perspectiva de los prestadores de servicios da gusto que llegue la Semana Santa; pero viéndola desde la perspectiva de quienes no somos muy amantes de las multitudes, da un poco de miedo y flojera. Da gusto porque con las vacaciones rompe uno con la rutina, puede cambiar de actividad y hacer algo que pospuso, o que simplemente tenía ganas de hacer. Pero da miedo también porque casi tan súbito como el brote de una epidemia, se provoca una avalancha de turistas y los espacios que solían ser sólo para la gente de Colima de repente se ven invadidos por un cúmulo de personas muy parecidas entre sí, surgidas como por un acto de generación espontánea. Individuos que pululan como imitaciones o copias unos de los otros. Pues van con sus lentes negros, con sus pantaloncitos cortos, con las sandalias o con los huaraches que jamás usan en sus lugares de origen, con las zancas blancas a fuerza de no asolear, y con un aire de novedad en el que se perciben las ganas de tener un buen rato de reventón en los antros o en las playas. Sin que les importe un carajo dejar un mugrero por donde pasan o permanecen un rato.

En las carreteras, como vomitados por su propias ciudades, por sus escuelas, por sus negocios, por sus oficinas, algunos de los turistas son una suma de peligros, pues salen desaforados, manejan como cafres, y en muchos se ve que arden las ganas de llegar al sitio que se pusieron como meta vacacional. Máxime si son destinos de playa. Porque para ellos es como un dogma de fe aquel verso que dice: “En el mar la vida es más sabrosa”.

Pero el problema es que en su afán de llegar a su provisional destino cruzan como bólidos a través de cientos de kilómetros, viendo sin observar los paisajes por donde atraviesan, como si éstos no tuvieran belleza y encantos propios. Pero al ir tan raudos ponen en peligro sus vidas y las de los demás, y en cada vacación o “puente” las carreteras cobran sus cuotas de muertos.

Los turistas semanasanteros que por su buena suerte tienen un recorrido sin incidentes, no bien llegan a las playas cuando inicia su gran penar porque prácticamente son asaltados y desvalijados por los comerciantes del rumbo, los restauranteros, los hoteleros y hasta los vendedores de tacos, hot dogs y tostadas de simple ceviche. Porque siempre se da el caso de que aprovechando al máximo el esquema de la oferta y la demanda, todo en estos días de vacaciones cuesta un dineral: en la playa las sombrillas suben cosa de un cien o más por ciento; los mariscos vuelan más alto que las gaviotas, y todos los prestadores de servicios hacen su agosto en marzo o abril, según se haya movido la Semana Santa.

Y en su desapego por lo santo, el día en que los turistas regresan a sus lugares verán su realidad cual es: comenzando por las larguísimas colas de coches, camionetas y camiones que se forman sólo para entrar, por ejemplo a Guadalajara. Ya no se diga a Toluca o al Distrito Federal, y terminan con la visita forzada de muchos al Monte Pío, para empeñar las alhajas y recomenzar la rutina de la que salieron corriendo apenas cuatro o cinco días antes.

En la contraparte de todo este peregrinar turístico está la felicidad de los prestadores de servicios que los asaltaron en cada sitio de playa donde estuvieron. Y serán los secretarios o los directores de turismo de cada entidad o municipio quienes dentro de los días siguientes informen: “Hubo una derrama económica de tantos millones de pesos”. Mientras que, inextinguibles, irredentos, los turistas en sus trabajos ya estarán pensando a dónde habrán de ir las próximas vacaciones o el siguiente puente largo que aparece en el calendario.

Fiscalizadores ciudadanos con cargo al erario.-

Desde que hace casi dos años hicieron su aparición en la escena política estatal, los integrantes de la asociación “¿Cómo vamos Colima?”, comenzaron a levantar ampolla por tratarse de algunos ciudadanos que jamás habían sido vistos en este escenario y por ser, varios de ellos, reconocidos hombres de empresa, poseedores de un gran capital.

Empezaron bien estos señores, invitando a los entonces candidatos a ocupar la gubernatura a dialogar con ellos y a asumir algunos compromisos muy específicos si ganaran la contienda, siendo por entonces el único de los candidatos que no les respondió, el panista Jorge Luis Preciado. Pero desde esos mismos días llamó la atención de muchos ciudadanos libres el hecho de que entre la serie de planteamientos que dichos asociados expusieron a los candidatos contendientes, hubiera uno en el que se le requería que, a quien resultara triunfante se le iba a pedir que aportara, para sostén o financiamiento de “¿Cómo vamos Colima?”, algo así como ocho millones de pesos al año, extraídos de un impuesto sobre la nómina que anualmente pagan también todos los empresarios que operan en la entidad. Pedimento sui géneris que, por supuesto, en su afán de ganar la contienda, JIPS suscribió sin meditar.

Cuando Nacho, finalmente obtuvo su ratificación como gobernador electo, reiteró su compromiso con dicho grupo, no obstante que el público en las redes (y no pocos analistas en los medios) habían criticado el hecho de que tales empresarios estuviesen reclamando un subsidio millonario anual para certificar los avances del gobierno encabezado por el propio JIPS.

El primer año del sexenio transcurrió sin que “¿Cómo vamos Colima?” recibiera su subsidio, pero los empresarios en cuestión se abstuvieron de reclamarlo, como si hubiesen entendido que deberían esperar un poco para el nuevo gobierno tratara de nivelar barco de la economía estatal. Sin embargo hoy han vuelto a lo suyo y reclaman el cumplimiento del compromiso firmado.

Es muy posible que para los señores de “¿Cómo vamos Colima?” ocho millones de pesos representen muy poca monta, pero para quienes no nos movemos en la esfera que ellos se mueven tal cifra es mucho dinero, y no aprobamos la idea de que les sea entregado año con año ni siquiera para calificar al gobierno estatal. Esperamos que los diputados locales no se presten a ese juego y que, si los empresarios de dicha agrupación quieren calificar al gobierno lo hagan manteniendo su independencia respecto de mismo régimen y con recursos propios, tal y como por cierto lo hacemos muchos ciudadanos desde nuestras respectivas trincheras.

Ferias y festivales que se empatan.-

Es muy claro que la décima edición de la Feria del Ponche, Par y Café Comala 2017, realizada durante las semanas Santa y de Pascua se superó respecto de las ediciones anteriores y que por lo mismo fue un gran éxito para las autoridades municipales, aunque no tanto para algunos vendedores y expositores que por ser tantos hoy quedaron fuera de las tres cuadras aledañas al jardín principal, donde cada una de las tardes y noches pasadas se concentraba la multitud de los visitantes. Una bonita feria de pueblo que nos hizo recordar las descripciones que otros cronistas hicieron de cuando la Feria de Todos los Santos, en Colima, se desarrollaba casi totalmente en los andenes del Jardín Núñez y calles inmediatas.

Colateralmente ya está por iniciar el Segundo Festival Internacional del Volcán, convocado y organizado por la presidencia del municipio capitalino, con un gran abanico de opciones para el público que lo visite, y que se llevará a cabo del 28 de abril al 7 de mayo.

En su primera y vistosa edición es indudable que dicho festival fue un éxito también, pero no sé por qué se eligieron para celebrarlo las mismas fechas en que desde hace décadas se llevan a cabo las tradicionales las Fiestas de Mayo, en Manzanillo, siendo que su realización simultánea puede influir en el no éxito de tan magnos eventos, porque ambos festejos se disputarán al menos a un segmento del público y de los posibles visitantes.

En este 2017 ya no sólo serán simultáneos las Fiestas de Mayo, en Manzanillo, y el Segundo Festival Internacional del Volcán, en Colima, sino que lo será también (aunque sólo durante tres días) el Festival Mítica Comala, cuyas realizaciones anteriores han sido esporádicas y no han contado con un público suficiente, tal vez porque la mayoría de los colimotes no son muy “rulfianos”, que digamos, y porque el tema recurrente de dicho festival ha sido el de Juan Rulfo y sus escritos. Un gran escritor, por cierto, quien, de estar vivo, este año cumpliría 100 de haber nacido.

Pero como quiera que sea es preferible que haya muchos festivales culturales a que no haya ninguno. Aunque lo más recomendable sería que los de inicio más reciente adoptaran nuevas fechas para que no se empaten o compitan con los más añejos y tradicionales.

Esta fauna. Día tres: retrato hablado del político

Le conté ya que adopté un político. Fue hace dos semanas. Y lo adopté, se lo vuelvo a decir, como quien adopta una culpa, una tristeza o una desgracia. También le conté que adoptar un político nos da la ventaja de conocerlo mejor. Y es que uno no termina de conocerlos hasta que defraudan. O nos roban. O abusan de su poder. O huyen del país. O se pasean impunemente en cabalgatas mientras las arcas públicas lloran de pura tristeza. Por eso, digo, hay que adoptarlos.
Sé lo que usted está pensado: que si acaso adoptara un político lo tendría amarrado en el patio de su casa. Y aunque es muy buena idea, no se trata de eso. Se trata de estar al pendiente de él. De evitar que cometa barbaridades cuando detente un cargo de elección popular. De impedir que, en nombre de todos, tome decisiones para su propio provecho y/o en perjuicio de muchos.
Hay que adoptarlos, pues, como una responsabilidad. Dejar a un político que haga y deshaga su labor sin estar al pendiente de él, es como dejar al firulais en casa, solo, y con el refrigerador abierto.
Adopte un político. No queda de otra, porque nuestra democracia es imperfecta. Los ciudadanos, reunidos en colectividad (hipnotizados por la propaganda electoral) somos una caterva de inútiles, incapaces de diferenciar entre un mono y un perro. Ahí tiene nuestro lamentable y gran error electoral llamado Enrique Peña Nieto.
Salvo honrosas excepciones, pareciera que nuestro sistema político está plagado de advenedizos o torpes. Siempre habrá vivales que quieran convertirse en parte de la élite gobernante porque, es obvio, no saben hacer otra cosa que timar. Y lucrar con las esperanzas de los ciudadanos. Y refocilarse en la impunidad, desde luego.
Dicho todo esto, le contaré algo sobre el político que adopté. Mi adoptado no es el gran figurín, pero podría llegar a serlo. Por lo pronto es es un político de poco pelo; más chico que pequeño, menos útil que incapaz, más sangrón que simpático y con tendencia a hablar en tercera persona sobre sí mismo. Asegura tener un padrino colmilludo. (Nota: un padrino político es alguien, las más de las veces detestables, que ha hecho fortuna y nombre gracias a los cargos públicos que desempeñó y que se vende como mentor o asesor de otros que quieren seguir el mismo camino).
Por lo demás, mi político presenta un leve cuadro de megalomanía y una tendencia irremisible al ridículo. Actualmente tiene, por pura chiripa, un cargo público, y trabaja arduamente dentro de su partido para ser candidateable, otra vez. Reparte despensas (que no le cuestan), hace brigadas (nomás para hacerse notar), saluda de mano a todo el que se deje, cuentas chistes (muy malos) a la menor provocación, habla de su partido mejor que de su señora madre, defiende a su gremio (también lo utiliza), y a veces (muy pocas) pone dinero de su propio bolsillo para festividades barriales. Es, en suma, el típico político que debe uno vigilar.