Vislumbres. Vieja mercadería

Lo nuevo que no es tanto.-

Hace quince días, el Secretario de Educación, Aurelio Nuño Mayer presentó el que según él es el “Nuevo Modelo Educativo” que se pretende implantar en nuestro país y, al hacerlo, dijo que de todas las reformas introducidas al sistema gubernamental por Enrique Peña Nieto y su gente, “la educativa es la más importante”, pues “tiene el potencial de darle un cambio de fondo al país en el mediano y al largo plazo”.

Al desarrollar el tema precisó que el primer objetivo de dicha reforma tiene que ver directamente con la escuela o, para ser más precisos, con los procesos que diariamente acontecen en el aula y con el concepto (o los conceptos) enseñanza-aprendizaje. Aunque, cabe aclarar, él no lo dijo así, sino que así lo interpretó este redactor. Pero veamos sus frases y emitan los lectores sus juicios: De conformidad con Nuño y sus palabras, lo primero por atender es la escuela, y en ella, o para ella: “se plantea un sistema educativo horizontal, con autonomía, con participación de alumnos, maestros y padres de familia. Parte de un enfoque humanista y toma en cuenta los avances en los estudios del aprendizaje”.

Pero la pregunta es ¿en dónde, de toda esa larga frase está lo nuevo? ¿En qué porción de tan interesante párrafo hay algo que no se haya dicho, reclamado y demandado antes por el mismo (y criticado) magisterio?

Yo, la verdad, incluso como profesor jubilado (o tal vez por eso), no veo ninguna novedad, y menos en la fraseología de los spots radiofónicos que por miles se han hecho repetir a todas las estaciones del país, cuya cantaleta final habla de desterrar de la escuela el muy superado proceso didáctico de la memorización, para cambiarlo, según ellos, por la novedosísima idea de “aprender a aprender”. Que se resumiría en que en vez de memorizar los alumnos razonen.

Hace como 25 años, cuando Ernesto Zedillo Ponce de León fue convertido, provisionalmente, en la máxima figura administrativa de la SEP, ya se hablaba de la horizontalidad que ahora se cacarea, consistente ésta en que aun dentro de la escuela los padres de familia tendrían manera y espacio para opinar sobre la educación de sus críos, formando parte de los Comités de Participación Social en la Educación que habrían de substituir a las tímidas Sociedades de Padres de Familia, que para lo único que realmente servían era para acordar las cuotas que se les requerían cada principio escolar, para organizar la festividad del Día del Maestro y para ir cada mes a las juntas que los profesores de grupo los convocaban con miras a darles las calificaciones de sus hijos, y a plantearles las quejas que aquéllos tenían con los chiquillos rebeldes, poco atentos o de plano incapaces.

También se constituyeron Comités de Participación Social en la Educación a nivel municipal y estatal, y se les elegía o nombraba muy pomposamente a principios de cada ciclo escolar, pero nunca (o casi nunca) pasaban de allí porque aun cuando se les daban muy gloriosas u honrosas comisiones a los padres de familia y a los maestros más destacados de cada municipio / o estado, nunca se les daba un peso para que pudieran finalmente operar, y todo acababa en un enganche de buena voluntad.

Desde hace años, asimismo, los profesores más críticos hablaban y proponían que se les dejará ser, que se les dejara actuar conforme a las condiciones socioeconómicas de sus planteles; es decir, con alguna autonomía, pero jamás se consintió en todo ello, porque, curiosamente, la SEP es la Secretaría de estado que más centraliza sus funciones, y lo único que tolera en cuanto autonomía es la de las universidades. Fuera de ahí, nada más, porque ésta es la más vertical y controladora de todas cuantas secretarías existen. O ¿a poco ya va a cambiar?

Sin ir más lejos baste decir que en nuestra entidad, por ejemplo, después del Secretario de Educación (y no me estoy refiriendo al titular en turno, sino al puesto tal cual) hay un Director para cada nivel educativo, luego los directores de las “mini-seps”, como les dice la raza a todas las filiales de la secretaría en los municipios, luego los jefes de sectores, más abajo los supervisores escolares, después los directores de cada turno en el plantel, supuestamente obedecidos por los maestros de grupo y, por último, “nuestra materia de trabajo”, es decir, los alumnos, a quienes por lo regular casi nunca llegan las novedades pedagógicas aterrizadas, y se tienen que enfrentar cotidianamente con lo que cada profesor, bueno, malo o regular, puede por sí solo idear o hacer. No más, pero tampoco menos, aunque se me pasaba decir que formando parte de toda esta telaraña burocrático-administrativa, más que docente, está, ¡el Sindicato de Trabajadores de la Educación!, con sus diferentes secciones y delegaciones, muchas veces interfiriendo, o de plano mandando a la tiznada la calidad educativa que tanto se pregona, y que hoy quiere volver a ponerse de moda mediante un supuesto y muy “Nuevo Sistema Educativo”, que de novedoso no tiene realmente nada, porque como dijera el sabio autor del libro del Eclesiastés: “No hay nada nuevo bajo el sol”. Pasaje bíblico, sin embargo, que por lo visto tampoco conoce Nuño Mayer, quien compra como conceptos nuevos, algunos que ya son vieja mercadería.

Súper-cínico.-

¡Qué bárbaro! ¡Ese sí que no tiene ni un gramo de vergüenza! Pues ahora resulta que Humberto Moreira Valdés, ex presidente nacional del PRI, ex reo en España y ex gobernador de Coahuila, al que dejó endeudado por más de 35 mil millones de pesos, y uno de los “diez hombres más corruptos” del mundo, según una edición de la revista Forbes, en 2013, quiere volver a la política y se ha apuntado ya como candidato a diputado federal para contender con un supuestamente llamado “Partido Joven” (como sí él se pudiera “cocer al primer hervor”), por el distrito de Saltillo.

Cuando Ciro Gómez Leyva le preguntó por qué se metió a estas nuevas andanzas electorales, el muy descarado ex amigazo de Elba Esther Gordillo, respondió: “Yo busqué participar en el PRI, pero el presidente Enrique Ochoa, de manera unilateral dijo que no”. Y, previamente, cuando los dirigentes estatales del “Partido Joven”, al parecer lo habrían buscado para proponerle una candidatura, les habría dicho también: “Primero déjenme hablar como mi gente del PRI, pero si ellos me cierran las puertas, entonces sí participaré con ustedes”.

Entre las viejas novedades que Moreira mencionó, puso una queja: Que Enrique Ochoa lo rechazó a pesar de seguir siendo él (Moreira) “consejero municipal, estatal y nacional priísta”. Y uno, ingenuo, que creía que ya lo habían expulsado del tricolor.

No obstante mi ingenuidad y lo dicho, algo tendríamos que reconocerle al actual presidente nacional del PRI: que tuvo el valor de no darle a su antecesor la posibilidad de volver a conseguir un puesto con fuero.

Poner el ejemplo.-

Enrique Peña Nieto se aventó (aunque lo más seguro es que él no la haya escrito ni pensado) una hermosa frase durante la inauguración, el lunes 27, del Tianguis Turístico de Acapulco: “México es un mundo en sí mismo”. Refiriéndose a todo el abanico de playas, montañas, lagunas, ciudades y más lugares de interés que puede ofrecer al resto de los habitantes del orbe que tienen suficiente dinero para viajar. Y dijo adicionalmente que, gracias a toda esa colorida gama de ofertas, México está a punto de dejar de ser el noveno país más visitado por los turistas internacionales, y convertirse en el octavo. Ensalzando de paso la actividad que para impulsar la también llamada “industria sin chimeneas” ha desplegado Miguel de la Madrid Cordero, actual Secretario de Turismo.

Por otra parte, dando evidentes muestras de que “el turismo es una oportunidad clara para el crecimiento económico” de los estados que lo reciben, JIPS, ese gran viajero internacional que es nuestro gobernador, primero se fue el domingo 26 a Toluca para brindar su apoyo político-electoral al candidato priísta Alfredo del Mazo, en su arranque de campaña para gobernador del Estado de México, y el lunes se fue directo a Acapulco, para, según eso, “supervisar el stand de Colima en el tianguis turístico”. Como si su titular estatal, César Castañeda, no fuera capaz de hacer buenas cosas per sé. No en balde JIPS tiene ganada la fama de ser uno de los gobernadores que más millas recorridas acumulan a su favor, pero a costa del erario colimote, por supuesto.

Esta fauna. Tengo un diputado

Somos propietarios de cosas que nunca quisimos tener. Calamidades que llegan a uno sin saber el cómo ni el porqué. A veces es una sospechosa verruga en el cuello; otras, una camisa con mangas bombachas en el ropero y, más de las veces, un diputado incompetente en nuestro distrito local. Sé que meter estas tres desgracias en un mismo saco hace pensar que la vida se nos va en nimiedades. ¿Y no es así? No, no lo es. Para toda tontería siempre hay remedio.
Pienso en la probabilidad de que, ahora mismo, usted sea dueño de los infortunios que recién refiero. Si no de los tres, al menos lo será de uno (del diputado local pocos se escapan). Si le sirve de consuelo, confesaré que yo mismo enfrenté estos tres males. Y gracias a mi optimismo y fe en la humanidad me deshice de dos de ellos. La verruga en el cuello se fue después de un par de visitas con el dermatólogo (fue difícil despedirme, porque llegué a considerarla como una más de mis extremidades). La camisa con mangas bombachas se la obsequié a un compañero priista que, cuando no anda “gestionando apoyos con el gobernador”, es maraquero en una agrupación de música tropical: nunca unas mangas bombachas han lucido tan espectaculares en un indigente moral.
En cuanto al asunto del diputado incompetente, reconozco que ha sido una batalla complicada de librar. Uno no termina de hacerse a la idea. Y sé que es una barbaridad lo que diré, pero hubiera sido más fácil lidiar con la posibilidad de que la verruga resultara un melanoma. Con esto no quiero decir que un diputado incompetente sea peor que el cáncer. ¿O sí? No, de ningún modo. Pero si lo ponemos en perspectiva, resulta que hasta un cáncer es curable. Y el hecho de que un representante popular negligente decida, emita posicionamientos y hasta tome acciones sobre asuntos relevantes para la sociedad, es un mal que afecta, incluso, a generaciones venideras. El daño que su ineptitud propicie en la tarea legislativa será largo y perdurable.
Para nuestra poca fortuna, siempre habrá honrosas excepciones. De vez en cuando aparece un político capaz que, a la postre, llega a ser un diputado competente. Aunque alguien podría argumentar, con suficiencia, que la expresión diputado competente es una contradicción, un oxímoron. Y estoy de acuerdo.
Llegado a este punto vale la pena preguntarse si acaso es sano preocuparse por la poca o nula competencia moral, intelectual o laboral de alguien a quien, por democracia, decidimos mantener con nuestros impuestos. A lo mejor conviene olvidar que tenemos esta clase de políticos representándonos en el Congreso. O hacer de cuenta que es como tener una tasa despostillada, con el asa rota, que no tiramos a la basura nomás por pura lástima.
Ahora que lo pienso, me parece que haberle dado la oportunidad laboral a quien es diputado en mi distrito, fue la mejor acción caritativa que los habitantes de mi colonia pudieron haber hecho. Estoy seguro que votamos por él con la misma piedad de quien regala una camisa con mangas bombachas a un maraquero. Y nunca, sepa usted, una curul se ha visto tan espectacular bajo las posaderas de alguien tan insulso.

Vislumbres. Un museo más

El Noticiero de Colima, publicó este martes 21 de marzo, una nota de nuestra buena amiga Anilú Salazar en la que se informa que se tiene la pretensión de transformar el Palacio de Gobierno del Estado en “un Museo a Juárez”. Información que me parece muy oportuna tratándose de la más juarista de todas las fechas del calendario cívico, pero que más allá de sí misma revela no sólo algunas curiosas contradicciones, sino, tal vez, la intención (no sé si involuntaria o malintencionada) de despojar de ese edificio al Ayuntamiento de Colima, quien es, realmente, su verdadero y más antiguo dueño.

Sobre este último dato abundaré más adelante, pero primero, sin pretender agredir el profesionalismo de nuestra amiga reportera, desglosaré el contenido de la nota como si tuviera incisos:

Inciso A: “El secretario de Desarrollo Urbano, José Romo, mencionó que la Secretaría de Cultura tiene un proyecto para… hacer del Palacio de Gobierno un museo de Benito Juárez… pero hay que sopesar esa inversión porque no podemos hacer todo el palacio museo, porque ¿cuántos museos tenemos y cuánta gente los visita?”

Inciso B: “El edificio de Palacio está deteriorado… Hasta el momento se han invertido tres millones de pesos para remodelarlo y falta determinar el monto que se requiere para recuperarlo todo”.

Inciso C.- “Para este año, dijo, se tienen presupuestados 40 millones en una primera etapa, especialmente para la estructura [¿física, arquitectónica?] y para lo eléctrico, que tiene un sistema ya en estado grave”.

Colateralmente, Anilú Salazar destacó algo que no he mencionado aún, y que al parecer comentó don José Romo: “que este edificio no debe dejar de tener oficinas”, porque de lo contrario el centro se quedaría más solo de lo que de por sí está. Aunque en la nota utilizó el verbo deshabitar, que no creo ser apropiado.

Y ahora sí van mis comentarios: En el primer inciso de esta glosa se puede advertir, sin más ni más, que hay dos visiones distintas en dos secretarios de estado: uno que al parecer quiere convertir a todo el ex Palacio de Gobierno en un museo; otro que sólo lo admite en parte y a regañadientes, porque está convencido que en nuestra ciudad hay como quien dice museos de sobra y muy poca gente que los visita y saca jugo de ellos. A no ser, añadiríamos nosotros, los muchos o pocos empleados que muy puntualmente cobran sus quincenas aunque a varios de esos museos casi ni siquiera entran las moscas.

En los otros dos incisos finalmente, y después de muchas denuncias que al respecto se habían publicado en diferentes medios, se reconoce que dicho edificio está en situación ruinosa y necesita una urgente reparación en varios sentidos. Pero, por otro lado, se advierte que al señor secretario de Desarrollo Urbano le pesa gastar no sólo los cuarenta millones que se tienen previstos en una primera etapa de remodelación y acondicionamiento, sino en los muchos más que seguramente se tendrían que erogar en una segunda y tercera etapas de reconstrucción; y le disgusta que una erogación tan grande acabe por convertir a dicho edificio en un museo más, así sea dedicado a Juárez.

En la contraparte de todo esto, no sé cuál será la opinión que tenga el ya mencionado Secretario de Cultura, ni cuáles sean realmente los alcances de su proyecto; pero aun sin haber escuchado o leído lo que Carlos Ramírez Vuelvas pudiese al respecto decir, sí creo que de algún modo su colega de Desarrollo Urbano puso el dedo en la llaga cuando mencionó que son muchos los museos que ya existen en nuestra capital, y muy poquita la gente que los visita. Dato, evidentemente, que no es de hoy, sino que viene desde el sexenio de Fernando Moreno Peña, cuando se presumía, incluso en carteles espectaculares, que Colima era “el estado con mayor número de museos per cápita”. Como si ése también fuera un indicador económico.

Más allá, sin embargo, de las posibles disputas o de las encontradas visiones que pudiesen tener los secretarios de Cultura y Desarrollo Urbano, y más allá incluso de lo que pudiese indicar su jefe, el Gobernador, yo quiero reiterar aquí algo que ya he publicado varias veces, desde que precisamente FMP decidió iniciar la construcción del Complejo Administrativo del Gobierno del Estado en las cercanías del Hospital Regional Universitario, con la pretensión de crear un “SubCentro” de la ciudad capital, que aun cuando muchos lectores no me quisieran creer, así le llamaron. Y ¿qué es ese algo a lo que me refiero?: que el verdadero y más antiguo dueño del edificio todavía llamado Palacio de Gobierno (aun cuando allí ya no despache el Gobernador y no contenga tampoco la mayoría de las Secretarías de Estado) es el Ayuntamiento de Colima.

Alguna persona importante de un gobierno estatal inmediato al fernandista me dijo que si yo había visto alguna vez las escrituras que probaran la propiedad del edificio por parte del Ayuntamiento, o que si tenía al menos una fotocopia de ellas para demostrar mi afirmación, pero le dije que no, que no hay, ni pueden haber escrituras al respecto, ni se necesitan para probarlo o demostrarlo porque para eso existe algo que se conoce como “la verdad histórica”. Y la verdad histórica en ese sentido explica que las primeras edificaciones oficiales que hubo donde hoy está edificado el multi-referido Palacio de Gobierno del Estado de Colima, eran las Casas Reales o Consistoriales, donde tenían su sede los Alcaldes Mayores de la Provincia de Colima, cuya cabecera era el Ayuntamiento de la Villa de Colima. Todo esto a partir de 1554 y hasta 1824, cuando habiéndose separado dicho Ayuntamiento (más los de Almoloyan, Comala, Ixtlahuacán y Tecomán) del naciente Estado de Xalisco (así, con equis), sus integrantes y varios paisanos enterados, invocaron la protección del Gobierno Federal para que el conjunto de todos estos ayuntamientos formaran un estado más, aunque sólo pudieron constituirse como Territorio de la Federación.

De esta época data a su vez la existencia de los Jefes Políticos del Territorio de Colima, quienes tenían bajo su responsabilidad no sólo gobernar dicho territorio como autoridad mayor, sino lo que hoy es también el municipio de Colima. Y ¿saben los lectores donde despachaban ellos? En el edificio que desde muchísimos años atrás era precisamente conocido como Palacio del Ayuntamiento.

Hace 160 años, cuando se promulgó la Constitución del Estado de Colima, cuando el Gral. Manuel Álvarez era el último Jefe Político del Territorio y hacía las veces de alcalde de la municipalidad, seguía, igualmente, despachando en el antiguo Palacio del Ayuntamiento. Nombre, sin embargo, que de inmediato se le cambió por el de Palacio del Gobierno del Estado a partir de que dicho Territorio asumió la categoría estatal. Porque no hubo, en esa época, nadie que pensara que fuera necesario edificar un nuevo recinto para que ahí despachara el nuevo (y primer) gobernador.

Fue en ese entonces cuando aparecieron los primeros presidente municipales de Colima ya con esa designación y, por ende, tuvieron su despacho propio, pero en el mismo edificio en donde los demás antiguos alcaldes, desde 1554 habían dirigido sus respectivos ayuntamientos.

Para finalizar debo decir que en 1877 fue demolido el viejo edificio de piedra que allí había existido por siglos, y en su lugar comenzó a ser edificado el que conocemos hoy, que fue terminado de amueblar y acondicionar allá por 1906, precisamente por el último gobernador porfirista, don Enrique O. de la Madrid, antepasado directo de José Ignacio Peralta Sánchez, actual primer mandatario.

No obstante lo anterior cabe una última aclaración: tanto las oficinas del Ayuntamiento de Colima, como el único salón donde sesionaban los diputados locales, ¡estaban también en el mismo edificio del Palacio de Gobierno! Y así lo siguieron estando hasta que casi en punto de la 1 de la tarde del día 15 de abril de 1941, hubo un fortísimo terremoto de varios minutos de duración, que dejó a dicho edificio estragado, obligando a las autoridades a tomar una decisión salomónica en la que quedaron todos de acuerdo: desalojarlo para poderlo reparar casi completamente.

Al desalojarlo, el Gobierno del Estado decidió irse a ocupar el edificio de la por entonces recién creada Universidad Popular de Colima, al norte del Parque Hidalgo; obligando a sus estudiantes y profesores a regresar al edificio que había sido sede de la Normal Mixta, justo en la muy céntrica calle Gregorio Torres Quintero, ahí donde hoy es la Presidencia Municipal. El pequeño local del Congreso no tuvo ningún problema para ubicarse en cualquier otro lugar, pero las oficinas del Ayuntamiento de Colima requerían de un mayor espacio, y a ellas se les brindó un edificio frontero al de la antigua Normal Mixta, que hoy es el edificio de la Tesorería Municipal.

Dos o tres años después, sin embargo, cuando las reparaciones del Palacio de Gobierno ya estuvieron concluidas, el gobernador en turno decidió que casi todas las oficinas del gobierno estatal se quedaran en el edificio junto a Catedral; que allí mismo (¿para tenerlos vigilados y bajo control?) tuvieran su salón de sesiones los diputados integrantes del Congreso Local; que los estudiantes de la Universidad Popular volvieran a su sede, y que las oficinas del Ayuntamiento de

Colima se expandieran a donde está hoy la Presidencia, quedándose, además, con el actual edificio de la Tesorería.

Históricamente, pues, se podría afirmar que por simples usos y costumbres, o por no haber necesidad de otro edificio, primero los Jefes Políticos del Territorio de Colima, y luego los gobernadores, comenzaron a gobernar en lo que durante siglos fue el Palacio del Ayuntamiento de Colima, cobrando éste o adquiriendo éste (el edificio) la preeminencia de su nueva categoría, aunque sin perder al menos algunos de sus espacios que hasta 1941 quedaron reservados al Ayuntamiento.

Los reacomodos político-administrativos provocados por el temblor del 15 de abril, terminaron por despojar a la Presidencia de Colima de su más antigua sede. Pero no de la verdad histórica que demuestra ser su más antiguo y verdadero dueño. Con lo que se concluye que en vez de que a dicho edificio se le dedique hoy a convertirlo en un museo más, debe ser devuelto al Ayuntamiento capitalino para que ahí vuelva a ser, como antaño lo fue, el también verdadero Palacio de Ayuntamiento.

Esta fauna. La mujer que a fuerza de palabras encontró a sus hijos

“Aquella mañana —recuerda Clementina mientras mira hacia un punto impreciso— abrí la puerta de la casa y me encontré, colgando de una viga en la ramada del patio, una bolsa de plástico con un envoltorio de tela dentro; mi hija me ayudó a desatar el nudo de la bolsa y sacó un trapo hecho bolas, manchado, así como de sangre; yo le dije: a ver hija, se me hace que esa es la playera de uno de tus hermano... y cuando extendimos la tela cayó, a nuestros pies, la lengua de mi hijo”. Ni bien termina de decir esto, Clementina se lleva ambas manos al pecho y baja la mirada, como si experimentara el mismo sobresalto de aquel momento.
Dos días antes de este suceso, los tres hijos de Clementina salieron juntos de aquella humilde casa, ubicada en una comunidad semiurbana de Manzanillo. Le dijeron a su madre que irían a trabajar y a partir de ahí no hubo noticias de ellos. Se fueron a pescar, dice ella. Julio, Francisco, Miguel. Y no, ella no estaba preocupada porque, a veces, tardaban hasta tres días en volver de la pesca. Pero cuando encontró el envoltorio con la playera de uno de ellos comprendió que algo terrible les había pasado. A Francisco, a Miguel, a Julio. El mayor tenía 28, el de en medio 22 y el menor 17. “Eran buenos, a veces tomaban cerveza, pero nomás; y los desaparecieron, me los desaparecieron”, expresa casi a modo de reclamo. Durante un año y medio no supo nada de sus muchachos, salvo que la lengua que le dejaron envuelta en la camisa aquella mañana era de alguno de los tres. De Miguel, tal vez de Julio, a lo mejor de Francisco.
Cada día, a lo largo de dieciocho meses, Clementina buscó a sus hijos. Nunca dejó de hacerlo. “La policía me dijo que andaban metido en eso de la droga, que por eso no los encontraban, pero ¿cómo iba a ser eso?, si los pobres trabajaban mucho y ganaban tan poco; mire usted —y aquí Clementina se atreve a alzar un poco la voz—: nunca tuvieron un carro, ni manejar sabían, y cuando iban a trabajar me decían mamá vamos ir a hacer este trabajo o vamos hacer este otro… y los tres se iban, y siempre regresaban”. En las oficinas de gobierno era común ver aquella mujer, de pronto hecha ya una anciana, preguntando si acaso el cuerpo que habían encontrado tal o cual día podría ser el de uno de sus hijos.
Y un día, después de repetir una y otra vez su historia a quien quisiera escucharla. A la policía. A políticos. A funcionarios. A secretarias. A gente que ni conocía. Al fin, pues, de hablar sobre sus hijos, de describirlos físicamente, de contar cómo es que habían desaparecido y cómo es que nadie los buscaba, al fin, sus hijos aparecieron. Los encontró en la ciudad de Colima, en las instalaciones del servicio médico forense. Gracias a una prueba de ADN pudieron identificarlos entre los restos de cinco hombres que habían sido exhumados, meses atrás, en una fosa clandestina descubierta en el patio de una casa.
“Me los entregaron, a los tres, a Francisco, a Miguel a Julio; pero estaban tan mal que dos de ellos cupieron en un mismo ataúd”. Y otra vez, al decir tal cosa, Clementina se lleva las manos al pecho.
Esta mujer cuenta su historia para no olvidar, para seguir pronunciando en voz alta el nombre de sus tres hijos. Es el testimonio de lo que le tocó vivir, y perder, sobre todo perder, en la guerra que en Colima se libra contra (o entre) el narco.
Desde entonces y hasta ahora han pasado muchos números en las estadísticas sobre la inseguridad. Y ella ya no vive en aquella casa cuyo recuerdo la estremece. Ahora vive en otro domicilio, en una colonia populosa del puerto. Está dedicada las 24 horas del día a cuidar a su otra hija, quien está enferma de un mal tan agresivo que la incapacita para hacer cualquier cosa. Y Clementina habla de su hija como si temiera que un día la enfermedad también la desapareciera. Por eso esta mujer, prematuramente anciana, no deja de buscarse la vida: sale de vez en cuando a vender tamales. Empuja un triciclo con una olla humeante por las calles de su colonia. Y tiene buenos clientes. “Pedidos grandes, hasta de diez tamales me llegan a encargar”, dice, con un asomo de satisfacción en sus palabras. Y cuando no sale a vender en el triciclo, se dedica a vender collares y pulseras de piedras de fantasía que ella misma elabora. “Un día una señora me regaló dos cajas bien grades de piedras de colores para hacer collares, y desde entonces hago pulseritas, aretitos”. Los vende de casa en casa, en las oficinas, en los establecimientos públicos. Uno no creería que esas manos y esos ojos cansados puedan enhebrar cuentas de collares. Uno no creería, es más, que ella misma, después de mucho tiempo de ir de un lado a otro con su palabras, haya tenido fuerzas para encontrar a sus tres hijos: a Julio, a Francisco y a Miguel.

Esta fauna. El 80 por ciento.

El sábado pasado, en Manzanillo, el gobernador Ignacio Peralta fue 80% lengua y 20% saliva. ¿Que cómo fue posible tal cosa? Aguante un poco, ya se lo explico. Sucedió, como siempre le sucede a nuestro gobernador, por llegar tarde a todos lados. Desde las nueve y media de la mañana ya lo esperaban en el puerto en un acto convocado por empresarios. ¿Y qué tan tarde llegó? Hombre, no mucho. Una hora y cachito nomás. Tiempo suficiente para que cualquier persona, educada y paciente, se hartara de esperar y se largara de ahí echando pestes y revistiendo con maledicencia la investidura de nuestro gobernante.
El acto en mención fue la clausura de una campaña contra la corrupción (que deviniera en campaña de desprestigio a la puntualidad y el respeto se lo deben a Ignacio). Frente a empresarios jóvenes, y otros no tanto, nuestro gobernador dio un breve discurso sobre la corrupción (uno no esperaría menos de alguien como él). Mientras lazaba al micrófono exclamaciones sobre el tema, su lengua fue ocupando el 80% de su persona. Y es que vaya usted a creer lo que dijo. Yo apenas lo creo porque no sólo escuché lo que decía, también vi cómo lo decía. Ahí estaba él, hecho toda una lengua, expresando que la corrupción es un “acto cultural”, que es difícil y harto complejo combatirla, pero que su administración hacía esfuerzos, etc. Y cuando la lengua con lentes decía, con refinada resignación, eso de que la corrupción es parte de nuestra cultura, a los ciudadanos no nos quedaba más que imaginarnos atados in sécolua secolórum a la corrupción imperante (y a la impuntualidad, desde luego, que siempre corrompe la credibilidad de las personas). Habló también de que copiar en un examen es corrupción, pero no dijo que guardar silencio o solapar a quienes malversan (o malversaron) dineros públicos, es corruptela común. Y así fue, entonces, que Ignacio Peralta fue 80% lengua. Un poco mas tarde, luego de tomarse fotos como si hubiera librado, y ganado, una batalla contra “el cáncer de la corrupción”, el gobernador se volvería 20% saliva, completando así su metamorfosis. Esto sucedió media hora después, ya en una reunión con la militancia porteña priista. Ahí, Peralta les dijo a los presentes, con la misma facilidad con la que llega tarde a todos lados, que para evitar que el PRI perdiera espacios electorales en el 2018, sus prioridades como gobernante (y priista) serían 80% políticas y 20% administrativas. Es decir, 80% lengua y 20% saliva. Puedo imaginar a sus compañeros de partido, mirando con satisfacción, el poder de su líder estatal para transmutar, su persona y prioridades, en lo que se le pega la gana.