CON LOS OJOS EN LA CARA

“Estoy muy agradecida con Dios nuestro señor porque no tuve hijos porque qué tal que me hubiera tocado ser la madre de Fidel Castro”.

 

Los libros del rey Salomón

Todavía no sé cómo un hombre tan sencillo que trabaja cuidando un negocio de venta de mariscos preparados que estaba sentado en la banqueta, frente al lugar que llevo ropa para que la planchen, puede saber tanto. Cuando subí al carro las últimas camisas y pantalones comentó con admiración que los gringos habían inventado una máquina en la que se depositaba la ropa sucia y salía planchada. Casi de manera inmediata y ufano dijo que él sabía el porqué del poderío económico, político, científico y militar de los norteamericanos.

Con curiosidad porque no ameritaba morbo, le dije que quería conocer las razones del saber de los gabachos y de su capacidad para inventar tantas cosas y sobresalir por encima de todos los países del mundo entero. Sin más, me dijo que los gringos se robaron un libro que escribió el rey Salomón y desde entonces, en él se basan porque todo, absolutamente todo está escrito allí. Pero eso sí, lo tienen bien guardado y custodiado en un lugar secreto al que casi nadie puede pasar porque allí está contenido todo. Si se llegara a perder el libro, estallaría de inmediato una guerra mundial de la que no quedaría nada ni nadie. Al final de su disertación, sonrió satisfecho y se mesó la barba y el bigote ya canos.

Todo lo dicho me provocó, una amplia e indulgente sonrisa al tiempo que observaba al hombre aquel, ya viejo y quien además, no debe dormirse porque de lo contrario pudiera dar malas cuentas a sus patrones. Es como ya lo dije; velador. Algo más platicó pero nada que pudiera opacar el asunto de la sabiduría del rey Salomón hijo nada más y nada menos que del rey David, el mismo que no solo descalabró al gigante Goliat sino que lo derrotó pese a su descomunal tamaño y fuerza.

Por esas mismas fechas, un sábado ya como a las siete de la tarde fui a comprar tamales y mientras esperaba mi turno me llamó la atención una conversación entre una religiosa ya anciana y un joven que según el mismo dijo, era asiduo lector de la biblia. El tema era ni más ni menos que el Apocalipsis de San Juan, matizado con el juicio final y las postrimerías: muerte, juicio, purgatorio, infierno y gloria. Del limbo no hablaron. La conversación se fue haciendo intensa, animada y cerrada sin que llegara a ser un debate. Era un diálogo amistoso y de respeto mutuo que poco a poco fue cayendo en particularidades, centrándose en el tema del infierno y quienes están en grave riesgo de caer en las fauces de ese terrible lugar con todos los merecimientos y, comenzaron a hacer una lista casi interminable y esta fue si no recuerdo mal, lo que escuché con temor y temblor.

Atención, es la posibilidad y oportunidad de poner las barbas a remojar: los que se dedican a la holgazanería, los hijos desobedientes, los pervertidos, los impuros, los que viven en amasiato, los depravados, los perdularios, los alegativos, los burlescos, los rezongones, los saltapatrás; los que corren mucho y no llegan a ninguna parte; los ateos, los comunistas; los que visitan adivinos, adivinas, agoreros, sibilas y saurines; los gandallas, los que se las saben de todas todas, los impostores, los zalameros, los que lamen patas y otras partes más podendas también conocidos como barberos y lambiscones; los que sacan tierra del camposanto, los que hacen mal de ojo, los que se fajan en el alma; los encantadores de serpientes, los que silban al hablar, los que cascabelean, los que tienen dudas de fe, los que saben y rezan el padrenuestro al revés; los que van a misa y se duermen en la hora de la consagración aunque despierten con el ruido de la campanilla; los que no van a misa y los que cuando van no saben contestar; los que confunden a san Pablo con San Pedro y a Rómulo con Remo; los fisgones, los que bailan pegado, los que se han olvidado del recato, la decencia y las sanas costumbres; los que pegan a la mala y presumen de valientes; los abogados huizacheros, los que no controlan los eructos; los que comen como descosidos, los que no saludan cuando llegan ni se despiden cuando se van; los léperos, albureros perjuros y maldicientes; los tahúres y los que van a que les quiten el dinero a los casinos; los que jugando al fútbol meten el balón en su propia portería; los que tocan y cantan desafinado, los que expelen sus gases en lugares concurridos y fingen demencia; los ideáticos, los que ni fu ni fa , los que opinan de todos los temas; los comecuras, los que se ríen de chistes que no entienden; los prevaricadores, los insumisos, los rebeldes, los insanos; los que hacen de tripas corazón; los que por decir que no, dicen que sí; los que no conocen ni la o por lo redondo, los que levantan falsos y todos aquellos que se han dedicado a atentar no solo contra la doctrina y las enseñanza de la iglesia sino que además, se apartan de la tutela de Dios.

Los que dan kilos incompletos, los que no pagan aguinaldo, los que acosan a sus empleadas con fines aviesos; los que trasiegan en la madrugada envueltos en una cobija chana; los que se levantan a las doce del día; los que no le dan agua ni al gallo de la pasión; los que no comen ni dejan comer, los que comen a puños; los que saludan con sombrero ajeno, los que tiran la piedra y esconden la mano; los que piensan que todos los burros son pardos; los que la ven reparando y le avientan la gorra; los que donde pisan se seca la hierba; los que no dejan huella al andar ni hacen sombra; los lobos con piel de oveja, los moscamuertas; los reyes del madruguete, los que tienen voz chillona, tipluda, aniñada o aguardentosa; los que dan y luego quitan… La lista siguió pero ya me estaban cobrando los tamales y perdí la concentración pero si alcancé a ver que el diálogo estaba a punto de terminar y es que había sido mucho el esfuerzo realizado.

A ambos, al hombre joven avezado en asuntos profundos de la biblia y a la ancianita, mientras estuvieron hablando, los ojos se les abrían más de lo normal y se advertía que tenían la boca seca y los labios lívidos pero poco a poco se fueron serenando y la palidez amarillenta de pronto se desterró. Sólo entonces, sobrevino una tranquilidad beatífica y angelical digna de admiración pero al mismo tiempo sobrecogedora. Cogí los tamales, me despedí con una sonrisa nerviosa y me fui para la casa preocupado, pensando en la posibilidad de que me quedara el saco de alguno o varios de los motivos de condenación y es que no era para menos pero tampoco era para más.

En otra ocasión y en otro pueblo, escuchaba a una buena mujer ilustrada en asuntos de la religión que por alguna razón no había podido procrear hijos, dijo: “estoy muy agradecida con Dios nuestro señor porque no tuve hijos porque qué tal que me hubiera tocado ser la madre de Fidel Castro.” Hubo quien asintiera y le diera, al menos en apariencia, la razón. Líbrenos Dios. Pero bueno, es el más desconsolador de los consuelos que he escuchado.

En esta época nuestra de tantos avances científicos, técnicos y tecnológicos, todavía no podemos jactarnos de nada porque en lo profundo y también en lo superficial, la ignorancia sigue siendo la reina. La superstición, los vanos presagios, la brujería, lo satánico, la nigromancia, la quiromancia, la cartomancia, las limpias y otras actividades propias de los claroscuros, son más actuales que el último avance de la ciencia anunciado ayer. No se trata del regreso a las cavernas ni del comienzo de nada, es simplemente, ni más ni menos que la naturaleza humana proclive y tentada siempre a buscar explicación donde no la hay. Como no hay explicación hay complicación y mientras no haya una respuesta verdadera la confusión crecerá desproporcionadamente.

Mientras tanto, quienes se adueñaron por la buena o por la mala, como es su costumbre, del libro del rey Salomón, seguirán progresando. Lo que no sabemos es, si quienes se lo robaron fueron los jesuitas o los judíos porque también me queda claro que cuando no encontramos explicaciones más o menos convincentes les cargamos el muertito a ellos. Sin embargo, yo sigo preocupado y creo que con razón, solo de pensar que el libro de Ali Baba y los cuarenta ladrones se lo robaron y está bajo la custodia de los políticos y de la extensa gama de líderes mexicanos sin discriminar a ninguno y de allí beben su exquisita, perversa y promiscua sabiduría, Acaso sea lo único que leen. Es su breviario y tumbaburros.

* Asesor de la Escuela de Trabajo Social “Vasco de Quiroga”