Vislumbres. Asuntos de vida y muerte

La fecha es propicia no sólo para visitar panteones, sino para reflexionar en lo que nos espera cuando concluya nuestro efímero paso por La Tierra. Reflexión que hoy quiero iniciar citando uno de los varios poemas nahuas que justamente hablan de la brevedad de ese tránsito: “Por eso yo digo:/ sólo por breve tiempo,/ sólo como una flor de elote,/ así hemos venido a abrirnos,/ así hemos venido a conocernos/ sobre la tierra./ Así hemos venido a marchitarnos./ ¡Oh, amigos!

En efecto, y aunque parezca contradictorio, la muerte es una parte importante del ciclo vital, porque lo cierra para unos seres y lo abre para otros y, al percatarse de lo anterior, todos los pueblos del mundo han dado tratamientos especiales a los muertos, llegando a veces a creer que, más allá del morir, es posible renacer, reencarnar o tener una vida eterna.

Los nahuas, que racial y culturalmente son antecesores de los mexicanos colimotes, creían en un más allá; hablaban de un lugar en el que paradójicamente moraban los descarnados y que, pese a la inculturización que derivó de la conquista, aun se pone de manifiesto en las ofrendas con que no pocos de los actuales mexicanos suelen dedicar a sus difuntos la noche del 2 de noviembre.

Por su parte, los conquistadores hispanos, creyentes de la doctrina judeo-cristiana, tenían también la idea de que había “una vida perdurable”, de índole espiritual, que se manifestaba no sólo en la manera de sepultarlos, sino en los preparativos para velarlos y encomendarlos a Dios, rogando siempre por su perdón y la salvación de sus almas.

Cuando se suscitó el encontronazo bélico de la conquista no sólo chocaron, pues, las armas de los dos pueblos contendientes, sino dichos modos de creer y entender la vida y la muerte, dando como resultado una cultura mezclada, como mestiza fue la raza que surgió de la fusión de las dos sangres. Cultura que asumió formas propias y que, con las variantes que le ha ido adicionando el tiempo, pudo llegar hasta nuestros días. Días éstos en que, gracias a los medios masivos de comunicación, se están dando otras mezclas socio-culturales de México con otros pueblos del mundo, y muy particularmente con nuestros vecinos de los Estados Unidos. Convivencia e interacción que han contribuido a transformar la manera ancestral en que los mexicanos solían enfrentar la muerte. Transformación de la que comenzamos a ser testigos todos los que hoy contamos con más de 50 años de edad, y que comenzó cuando aparecieron las primeras funerarias en nuestra entidad. Mismas que hoy están, como quien dice, “poniendo de moda” los hornos crematorios y las urnas funerarias para contener las cenizas de nuestros amigos, conocidos y familiares.

Nuevas costumbres que contrastan con los velorios, los sepelios y los entierros que vimos de niños, y que hoy están desapareciendo sobre todo en las grandes ciudades, tal y como desparecieron también, en su momento, las prácticas mortuorias que realizaban nuestros ancestros indígenas, en la medida que se fueron incorporando las creencias traídas por los españoles.

Los más antiguos antecedentes.-

Pero para que entendamos un poco más todos estos asuntos relativos a la muerte en nuestra cultura mestiza, permítanme, amigos lectores, comentarles otros interesantes detalles más:

La palabra panteón viene del griego y se compone del prefijo pan, que significa todo y del sustantivo Teós, que significa Dios. De manera que en su raíz original dicho término se utilizaba para denominar, como al Olimpo, el sitio en donde moraban “todos los dioses”, a diferencia de la teoría del panteísmo que sostenía que “todo es Dios”.

Como los lenguajes evolucionan y los significados de las palabras se van adaptando a las nuevas circunstancias, al influir la cultura griega en los romanos, éstos le comenzaron a decir panteón al templo en donde rendían culto o adoraban a sus deidades, y después, al conjunto de monumentos con que representaban a los dioses mismos.

Por otra parte, cabe mencionar que, si en un principio de la cultura helénica la gente solía cremar a sus muertos, o enterrarlos junto a sus casas, al crecer las poblaciones y reducirse los espacios de las viviendas, designaron un sitio especial para sepultarlos a todos. Sitios a los que denominaron necrópolis. De nicro = muerto; y de polis = ciudad. O ciudad de los muertos.

Ahora bien, como hubo gente rica y con sentido artístico que decidió adornar las tumbas de sus difuntos con monumentos de sus dioses tutelares, no tardó demasiado en que la palabra panteón comenzara a designar los monumentos funerarios, en lo particular y, al sitio en donde estaban dichos monumentos, en lo general; convirtiéndose asimismo en un sinónimo de la necrópolis.

Al avanzar el tiempo surgió otra palabra que también fue sinónima del panteón: me refiero al término cementerio (que también viene del verbo griego koimenterion, que en su acepción más simple significaba ‘estar acostado’). Y ya en una época muy avanzada del cristianismo (quizá en Italia, o quizá en España), apareció igualmente el término camposanto para designar a esos sitios. Palabra compuesta que alude a un lugar que ex profeso se bendice (o santifica), y que resulta propio para que reposen allí los muertos.

“Al menos flores, al menos canto”.-

Con su muy especial manera de ver las cosas, y enmarcando los aconteceres de la muerte en una serie de creencias que todavía no alcanzaba a convertirse en sistema doctrinal, muchos de nuestros pueblos prehispánicos, convencidos de la brevedad de la vida, hablaban de disfrutar lo mejor de ella, con poemas que aludían a lo mismo: Si no estamos aquí más que de pasadita, disfrutemos el momento en la contemplación y en el goce de las cosas bellas: “al menos flores, al menos canto”. Decía uno de ellos.

Y dentro de esa misma perspectiva, hay bases suficientes como para poder afirmar que los aztecas y los teco-colimecas tenían costumbres funerarias similares fundamentadas en tres tipos básicos: la cremación en piras funerarias (por lo que no hay restos de la gente); los sacrificios humanos (que se evidencian, por ejemplo, en un gran osario circular situado junto a la pirámide de El Chanal) y las sepulturas hechas en tumbas simples o en otras más elaboradas que se conocen como tumbas de tiro. Las cuales consistían en precisas y dificultosas excavaciones hechas en el tepetate, compuestas de una perforación cilíndrica inicial, muy semejante a las de los pozos de noria o de los tiros de minas, con una o más cavidades laterales excavadas al término de dichos tiros; en las que colocaban a los difuntos con sus ofrendas, pero sin echarles tierra encima y sólo cerrando la entrada con una piedra laja. Secreto que conocieron muy bien los saqueadores de piezas arqueológicas, quienes destrozaron muchos de los “entierros” de los dos tipos que hubo en nuestra región.

La muerte en la época virreinal.-

Con la llegada de los conquistadores españoles y sus creencias cristianas, todas las instituciones y maneras de ser y creer de los pueblos autóctonos de la región sufrieron un choque y comenzaron a colapsarse. Mientras que, paulatinamente se fueron imponiendo las costumbres cristianas. Apareciendo así el primer camposanto católico junto a la también primera capillita que se construyó en alguna porción del terreno en donde hoy se halla la Catedral de Colima.

Hay varios documentos del siglo XVI que ya hablan de ese camposanto, y hay otros que nos indican que a ciertas personas “pudientes” y a algunos clérigos locales, se les comenzó a sepultar en criptas al interior del templo. Criptas de las que no hay restos visibles porque ese edificio se ha derrumbado (y vuelto a construir, cada vez más grande) al menos media docena de veces.

Colateralmente a lo anterior, cuando comenzaron a establecerse aquí los primeros conventos, y los primeros hospitales regenteados por frailes, se sabe también que todas esas instituciones tuvieron también sus propios camposantos. Y como prueba de ello aún son visibles en nuestros días algunas lápidas y monumentos mortuorios en algunos viejos templos, como los de La Salud y el Señor de la Expiración, en Colima, y como el de San Miguel, Comala.

Elementos externos.-

Hay muchísimos más datos que he podido reseñar en mis libros: Entierros laicos y religiosos en la historia de Colima, y Un día de muertos en el Cementerio Municipal. Pero como no tenemos espacio para publicarlos concluiré con que, así como las modas cambian, así también lo han hecho las costumbres funerarias. Debiendo por mi parte señalar que las grandes romerías que ahora vemos en los cementerios colimotes, y los famosos “altares de muertos”, no eran (NO ERAN, INSISTO) costumbres que prevalecieran en Colima apenas unas cuatro décadas atrás. Pues todavía en las décadas de los 60as y de los 70as, a lo más que se llegaba en los panteones locales, era a llevar algún ramillete, o alguna corona de flores a los familiares muertos, y a rezarles, quizá, un rosario “por el descanso de su alma”. Pero, contrario a como sucede hoy, nadie llevaba comida, adornos, mariachis o conjuntos norteños para cantarles a los muertitos. Y nadie, tampoco, ponía los mencionados “altares” de muertos en sus casas, y menos en las instituciones públicas.

Muchas de estas tradiciones las fueron trayendo, por una parte, paisanos provenientes de los estados del centro del país, e imponiendo, por otra, profesores y autoridades educativas, al darse cuenta que, hacia mediados de los 80as, una gran parte de los colegios particulares y las escuelas públicas, estaban promoviendo entre sus actividades de estos días, la “fiesta de Halloween”, con sus criterios netamente agringados. Y porque creyeron necesario adoptar lo venido del centro, “para fomentar nuestros valores culturales, y reforzar nuestra identidad nacional”.

Hoy, se puede con toda seguridad afirmar que las festividades vinculadas con el “Día de los Fieles Difuntos” (según el Santoral Cristiano) son, en Colima, casi “auténticamente mexicanas”, pero no necesariamente colimotas. Aunque sí ya bastante alejadas de las celebraciones anglo-norteamericanas.

Dentro de este mismo contexto, es claro, también, que mucha gente de Colima ya se “achilangó” en cuanto al tema de la muerte, y se ha incorporado, como sucede por ejemplo en Xochimilco, a la “Fiesta del Día de Muertos”, con borracheras, comilonas y conjuntos musicales en las tumbas.

Y para concluir citaré un fragmento de aquel antiguo poema de Juan de Dios Peza, que hablaba de un gran cómico inglés “de mirar sombrío”, que al parecer había caído en una depresión, y consideraba a los muertos sus amigos, y a los vivos sus verdugos, teniendo como su “única ilusión la muerte”. Un gran conocedor, pues, de estos temas: “Cuántos hay que, cansados de la vida,/ enfermos de pesar,/ muertos de tedio,/ hacen reír como el actor suicida,/ sin encontrar para su mal remedio!... ¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora! / ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe, / porque en los seres que el dolor devora,/ el alma gime cuando el rostro ríe!... Si se muere la fe, / si huye la calma, / si sólo abrojos nuestra planta pisa, / lanza a la faz la tempestad del alma, / un relámpago triste: la sonrisa./ … El carnaval del mundo engaña tanto, / que las vidas son breves mascaradas;/ aquí aprendemos a reír con llanto/ y también a llorar con carcajadas”.

Aunque, obviamente, amigos lectores, su servidor no les desea una “breve mascarada”, sino una vida plena de satisfacción y encanto.