Vislumbres. Una lección periodística

El día 17 pasado, un telenoticiero local transmitió una nota de la reportera Alejandra Aréchiga, cuyo sencillo y directo abordaje me llamó la atención. No tanto porque haya contenido toda una revelación periodística, sino precisamente porque careciendo de un verdadero interés noticioso, ella supo, sin embargo, dárselo.
La nota se refiere al muy conocido hecho de que nuestra entidad padece una intensa radiación solar, pero la reportera pensó que podría tener un ángulo capaz de suscitar ese interés, y decidió trabajar en ello, esmerándose por encontrar una explicación que lo hiciera creíble, y que de paso pudiera ayudar al público a entender no sólo el porqué de ese fenómeno climatológico, sino los posibles daños que nos pudiese provocar. Actitud con la que deberían trabajar algunos colegas que se contentan con publicar supuestas “noticias” que carecen de la más mínima investigación, y son fácilmente obtenidas en improvisadas “entrevistas banqueteras”, en las que “fulano dijo”.
En efecto, para ningún paisano es un secreto que nuestra piel se puede quemar si nos exponemos demasiado al sol y, por tanto, este asunto podría, por sí mismo, carecer de importancia o interés noticioso. Sólo que, insisto, Alejandra quiso convertir lo muy sabido en una nota de interés, y decidió consultar a un funcionario local del Observatorio Meteorológico de la Comisión Nacional, para que le aportara los datos que quizás a ella misma le faltaban. Logrando al final una nota interesante, completa y bien desarrollada.
Más allá de la bonita lección periodística que esta reportera dio, el funcionario entrevistado brindó al público inteligente la posibilidad de entender por qué, por ejemplo, los salineros que desde siglos atrás han trabajado en nuestras salinas costeras, acostumbran iniciar sus labores a las tres de la mañana y suspenderlas a las 11 a.m. O por qué sigue siendo costumbre, en las huertas de Armería, Coquimatlán, Manzanillo y Tecomán, iniciar las labores antes del amanecer y concluirlas antes del medio día.
Y como derivación de lo que reportera y entrevistado aportaron, muchos de quienes escuchamos la nota sabemos hoy que para referirse a algo que intuitivamente entendíamos, los científicos le han dado el nombre de “índice de radiación ultravioleta”. Un índice cuyos rangos van desde el “muy bajo” hasta “el extremo”. Siendo “alto” a partir del seis; “muy alto”, a partir del ocho y “extremo” al llegar al 11. Notificando, además, que ese punto “extremo” suele alcanzarse en nuestra región muchos días del año entre las 2 y las 3 de la tarde. Por lo que se recomienda que durante esas precisas horas deberíamos evitar hacer ejercicio o trabajo físico bajo el sol.
Finalmente, con profesionalismo, la reportera concluyó la nota diciendo que, no obstante lo que acababan ella y su entrevistado de referir, esos niveles de irradiación no están fuera de lo normal en nuestra latitud y siguen estando dentro de “los parámetros históricos” con que dicha radiación se manifiesta aquí. Evitando con ello el amarillismo al que tan inclinados son otros colegas menos éticos y/o cuidadosos que esta compañera.
Otras lecciones.-
Abundando sobre otros temas de la misma índole (y que aparentemente tampoco podrían contener un interés periodístico), un buen profesor de Geografía que tuve en la Secundaria nos decía que todo lo que sucede sobre la superficie del Globo Terrestre tiene una explicación lógica que muchísimas veces NO TIENE NADA QUE VER CON LO QUE OCURRE EN UN ÁREA CONCRETA O DETERMINADA, sino con fenómenos de alcance global, como los llamados Vientos Alisios que muchísimo tienen que ver con la formación de ciclones, tifones y tornados en diferentes partes del mundo, y que acaban convertidos en terribles noticias cuando cada año azotan en tal o cual lugar.
Así las cosas, permítanme los lectores sacarlos de sus preocupaciones cotidianas y de sus lecturas favoritas para preguntarles, por ejemplo: ¿Saben por qué en los meses de diciembre y enero están las aguas de nuestras costas tan tibias siendo precisamente el invierno, y por qué, en cambio, durante las semanas Santa y De Pascua, ya en primavera, están muchísimo más frías que el resto del año?
Comentando sobre esos asuntos, dicho profesor (que tuve en el segundo grado de la Secundaria 13, en Villa de Álvarez, pero del que lamentablemente no recuerdo su nombre), nos explicó que así como en la atmósfera hay numerosas corrientes de aire viajando en diferentes direcciones, alturas y temperaturas, en el mar también existen algunas gigantescas corrientes, aunque no sean localmente visibles, y que algunas de ellas son tan anchas, tan profundas y tan kilométricas, que comparadas con ellas, el caudaloso Río Amazonas sólo sería un simple arroyito.
Motivado por aquellas lecciones, cuando ya a mí me tocó también ser profesor de primaria y tener que dar clases de Geografía Física a mis alumnos, indagué un poco más de lo que los Libros del Maestro decían, para tratar de entender con mayor profundidad los temas, y para que a la hora de exponerlos pudiese, en su caso, explicarlos mejor pero con sencillez.
En esa misma línea de ideas, y adelantando un poco la repuesta a la pregunta que formulé tres párrafos arriba, resulta que en el Océano Pacífico existen algunas muy notables y poderosas corrientes marítimas cuya ocurrencia explica no sólo las temperaturas cambiantes del agua superficial, sino, también, al combinarse con los efectos que provocan las corrientes aéreas, explican, igual, diversos eventos de carácter meteorológico, como “los nortes”, que de tanto en tanto pegan en las costas de Veracruz; como los tornados que golpean las llanuras fluviales de Texas, Arkansas y Oklahoma, o la existencia de cimas nevadas en las montañas más altas del mundo, por mencionar sólo tres casos.
Y hablando ya sobre la frialdad de nuestras costas en primavera y su tibieza en invierno, la explicación se refiere al flujo enorme, pero imperceptible a simple vista, de una famosísima corriente marina que algunos antiguos navegantes europeos detectaron (para no decir “descubrieron”) hará unos 450 años; pero que los chinos, los japoneses y algunos otros pueblos asiáticos habían detectado y usado desde varios siglos antes.
Esta gigantesca corriente, que atraviesa en doble sentido una gran parte del Océano Pacífico, pero nada más en el hemisferio norte de La Tierra, es muy conocida por los marinos de habla hispana como La Corriente del Japón. Pero los nipones le llaman Kuro-Shivo, que significa algo así como Río Azul, porque alude a las aguas de un muy intenso azul oscuro que la caracteriza. Color que evidentemente contrasta con otras tonalidades de azul, como el azul-gris del Atlántico norte, o el azul-casi-turquesa de las aguas del Caribe, que tanto llama la atención de quienes visitan por ejemplo Cancún.
Simplificando el dato, la explicación que buscamos resulta más o menos así: que dependiendo de la época del año en que la Corriente del Japón se desprende de Asia y se dirige hacia Norteamérica, es también la temperatura que lleva hacia ese destino. O que, igual, cuando regresa hacia Asia, lleva la temperatura que prevalece en esta región de América hacia allá, y contribuye, por ende, a mejorar o empeorar el clima de aquellas regiones, dependiendo también de la época del año.
Simplificando todavía más esos datos, tenemos que dicha corriente choca, por decirlo así con América, en la parte norte de California, y desde allí desciende hacia el sur, siempre costeando, pasando frente a las costas mexicanas, incluidas las de Colima, dando vuelta de regreso hacia Asia, cuando, poco más o menos frente al estado de Oaxaca, choca también con la corriente Ecuatorial, de temperatura más cálida, y ambas viajan, como en paralelo, hacia las costas de China y Japón. Durando casi todo el año en completar su circuito. De tal modo que cuando las aguas que, por ejemplo, pasaron por San Francisco a finales del verano pasan tres meses después frente a Colima, llegan tibias; mientras que las que pasaron por San Francisco al inicio del invierno, llegan a Colima frías, durante el inicio de la primavera. Siendo ésa pues, en síntesis, la respuesta más elemental a la pregunta planteada. Aunque, como dije, ésta no sea una noticia por la que se ocupen o preocupen normalmente los reporteros.
Cuarenta años.-
El número cuarenta es uno de los números a los que desde hace miles de años se le atribuyeron significados cabalísticos, entre los que destaca la idea de que alguien es “puesto a prueba”, o es sometido a un castigo grande por una desobediencia que cometió.
El primer referente que podemos encontrarnos en este sentido, es el de los supuestos cuarenta supuestos días que duró “El Diluvio” del que mitológicamente habría servido Dios para castigar a la humanidad pervertida en tiempos de Noé. Otra referencia se halla en relación a los cuarenta años que el pueblo de Israel hubo de peregrinar por el desierto en busca de “la tierra prometida”, luego de haber desobedecido a Moisés y Los Diez Mandamientos, al pie del Monte Sinaí. Una más los cuarenta días de ayuno y penitencia a los que voluntariamente se sometió Jesús antes de iniciar su ministerio delante de los hombres. Pero también pudiese esta cifra carecer de sentido alguno, o tener, incluso, un motivo alegre. Como sería hoy en mi caso particular, cuando justo este 24 de octubre cumplí cuarenta años exactos de haber llegado a la Sierra Tarahumara con mi plaza titular como profesor de primaria y con mis órdenes de comisión para irme a trabajar en el muy bello pueblito de Urique, Chihuahua, en el fondo de la muy profunda y espectacular Barranca del Cobre.
Sé perfectamente que los asuntos de índole particular tampoco son noticia, y que uno debe evitar hablar en público de ellos, pero hoy quiero desobedecer esta consigna para compartirles con sencillez este humilde festejo personal, porque aun cuando ya sea un profesor “jubilosamente jubilado”, hubo otro tiempo, que inició hace 40 años, en el que iba a mi destino profesional con entusiasmo pero con temor; con muchas ganas de aportar algo, pero ignorante de métodos eficaces que me pudieran convertir en un buen docente; con un gran deseo de enseñar lo poco que sabía, pero con el miedo de no ser capaz de poder hacerlo.
Hoy, a cuatro décadas de haber iniciado aquella aventura profesional, el balance que hago me parece más positivo que negativo: siento que sobre todo en mis primeros años como profesor me entregué muy alegremente y lo más que pude a mi trabajo. Ya no recuerdo los nombres de todos los alumnos con quienes conviví en las aulas, pero estoy casi seguro que si volviera a ver sus rostros reconocería a muchos; y que no pocos de ellos, si me recuerdan, me recuerdan con cariño. Porque con los que he tenido la suerte de volverme a encontrar me saludan de buen modo y no desdeñan abrazarme, o darme, mis ex alumnas, inclusive un beso.
Tengo muchísimos y muy gratos recuerdos tanto de los que fueron los más brillantes, como de los más callados, de los más inquietos y hasta de los que menos facultades parecían tener. Aunque estoy consciente que muchos de éstos últimos no es que fueran incapaces para aprender, sino que carecían de cariño, apoyos familiares y aun de comida.
En fin, no puedo afirmar que fui un buen profesor, pero que traté de serlo; y que valoro cuanto me aconteció durante 34 años de servicio docente bajo diferentes facetas. Un trabajo, una vocación, por los que estoy muy agradecido con Dios y con la vida.