Vislumbres. Un gran agujero.

Aun cuando un elemento ajeno a cualquier partido político pueda carecer de información de primera mano para entender a fondo el manejo de sus protagonistas, ello no impide, sin embargo que, gracias a lo que se publica en los medios y a lo que se difunde de voz en voz, pueda darse una idea de la manera en que operan, y tener una percepción más o menos aproximada de lo que significan (e implican) ciertos y tales actos realizados por algunos personajes importantes que militan en ellos.
Y saco todo esto a cuenta porque sin ser uno político militante, de alguna manera también tiene una visión política, y ve, oye, valora y juzga hechos que de vez en cuando salen a la luz e impactan el porvenir del (o de los) partido(s) que se traten. Como acaba de suceder en el Partido Acción Nacional, donde una de las figura que habían venido despertando más simpatías pre-electorales, se sintió bloqueada por su presidente y prefirió renunciar, luego de una larguísima militancia. Me refiero, por supuesto, a la muy discreta e inteligente ex primera dama, Margarita Zavala de Calderón. Cuya renuncia, por más que lo nieguen el peloncito Anaya y su gente, les ha abierto un boquete similar al que un disparo de retrocarga le hace a un cuerpo humano a menos de cinco metros de distancia. Vale decir un agujerón mortal del que sólo los podría sacar avante un milagro en las elecciones del año que viene.
En su carta de renuncia, doña Margarita (belleza sencilla y sin ningún maquillaje), explica que se inscribió y militó en el PAN durante poco más de tres décadas porque originalmente creyó que “era el mejor instrumento que los ciudadanos podrían tener para transformar al país”. Pero que, lamentablemente, “en los últimos años” éste se anquilosó, se hizo antidemocrático y se vio metido en “un torbellino de intereses”, en el que con diáfana claridad se fue notando que en “vez de ser simplemente su presidente” Ricardo Anaya usó al partido para su “proyecto personal” que consiste en, evidentemente, convertirse él en el candidato presidencial del PAN en 2018.
Con una visión en apariencia muy lúcida, la ex diputada federal explica que como mujer se sintió relegada por su dirigencia y que, no obstante lo anterior, en vez de apoyarla, no pocos de sus compañeros más encumbrados que le aconsejaron callar “por el bien del partido” y “agachar la cabeza ante su dirigente”. Recomendaciones que ella no aceptó porque logró demostrar que, por más que aspirara el otro, ella fue la figura panista mejor posicionada en todas las encuestas que se publicaron desde la segunda mitad del 2016.
Se va, pues, Margarita, “porque también me obligó la ley” –explicó: es decir, porque como vio muy claro que en el PAN no podría ser la candidata presidencial, ahora tratará de serlo por la moderna vía de las candidaturas independientes. Pero ¿le bastará?
Esta pregunta se mantendrá “en veremos”. Pero de lo que sí podremos estar seguros es que Ricardo Anaya con todo y que llegue a ser el candidato presidencial del PAN, o del famoso “Frente Amplio”, inclusive, no levantará cabeza porque Margarita es, en ese y otros sentidos, muchísimo más carismática que él.
Sietehambres.-
Existe una antigua creencia popular, bastante arraigada entre los más viejos campesinos, en el sentido de que el mes de Septiembre (que en antiguo Calendario Juliano realmente era el séptimo mes y no el noveno) debería llamarse “Sietehambres”, por aquello de que al no estar aún levantadas las cosechas, y al estar todos muy limitados por los gastos realizados para realizar las siembras, usualmente no había gran cosa para comprar alimentos, y se tenían que conformar, cuando mejor les iba, con pasar casi todos esos días del mes comiendo elotes y calabacitas “de milpa”. Porque para estas fechas, igual, ya se habrían acabado también las verdolagas y los quelites silvestres.
Por otra parte, y sin que nada tengan que ver en esto los trabajos de los campesinos, es claro también que para una gran parte de la gente de las ciudades, septiembre es un mes muy difícil, porque lleva implícitos en su transcurso los ingentes gastos que derivan de volver a inscribir a sus hijos en las escuelas, comprarles sus útiles, renovar sus uniformes, pagar sus colegiaturas, etc.
Gastos que si bien se derraman en beneficio de los libreros, los papeleros, los colegios, las propias escuelas y los fabricantes de ropa y calzado escolar, dejan chillando a otros integrantes de la población económicamente activa, como sería el caso concreto de los hoteleros y los restauranteros.
Hablando por estos últimos, Sergio Contreras Ochoa, Presidente en Colima de la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados (Canirac), acaba de manifestar que este preciso septiembre que acaba de concluir, “ha sido el peor mes de los últimos seis años”, para los restauranteros que representa. Por lo que hay ya algunos que no hallan cómo pagar la luz, el agua, la raya y los impuestos que generan sus establecimientos. Y creo que tienen razón, pero ¿no será también que ya hay demasiados restauranteros y que a éstos, por el mismo motivo económico les están ganando los clientes los muy sencillos vendedores de tacos? No sé. Pero podría ser, ¿qué no?
Una de cal.-
A reserva de que más tarde pudiera resultar expuesta alguna trapacería aún sin documentar, hoy quiero reconocer, tanto al gobierno federal, como al estatal, la realización de dos obras sumamente visibles y necesarias en nuestra entidad, que sobre todo benefician a los habitantes de la zona conurbada Colima-Villa de Álvarez y municipios aledaños: me refiero, en primer término, al gigantesco edificio de la modernísima clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social, que ya tiene unos cuantos meses funcionando al poniente del ex Pueblo de los Sopitos y, en segundo, a la Clínica Materno-Infantil, que está por abrirse en esos mismos rumbos.
Respecto al nuevo edificio del IMSS, quiero decir que aun cuando no soy derechohabiente, sí tengo familiares cercanos que lo son, y que debido a ello ya he tenido oportunidad de visitarlo al menos unas tres veces, quedando, por una parte, muy sorprendido por su tamaño y modernidad y, por otra, bastante asombrado por el hecho de que quienes lo planearon parecen no haber tomado en cuenta un espacio suficiente para el estacionamiento de los pacientes y sus acompañantes, debiendo éstos, en numerosos casos, andar buscando espacios en las callecitas y los callejones laterales. Un gravísimo error de planeación que tal vez todavía se pueda subsanar, en la medida que aún hay muy cerca de dicho edificio algunos baldíos muy grandes sin construcción alguna.
Por lo demás, todo parece indicar que han mejorado mucho los servicios médicos, de enfermería y labortarorios, y que las instalaciones del nuevo edificio del IMSS son equiparables (o en algunos casos superiores) a las de las clínicas particulares. Dato que vale la pena reconocer.
No sé, por otra parte, cómo habrá de funcionar el Hospital Materno-Infantil, pero su sola apertura basta para pensar positivamente de éste, no sólo porque no había uno similar en todo el territorio estatal, sino porque ofrecerá un abanico de opciones de salud mucho más amplio que el que a la fecha existe.
Es deseable, sin embargo, que no haya en ninguno de esos edificios, trampas ocultas en sus estructuras, y que la aparente fortaleza de sus construcciones represente una realidad y no una simple apariencia. Una de cal, pues, por todas las de arena que en Colima llevan acumuladas los gobiernos estatal y federal.
Tristes recuerdos.-
Con este título se conoce una de las más notables canciones que Antonio Aguilar logró colocar en el cariño del público. Canción que junto Un puño de tierra, contienen, por decirlo de algún modo interesante, un sistema filosófico de carácter popular que se funda en la máxima de que todo es efímero y pasa, siendo perfectamente entendible hasta por los individuos de menor coeficiente intelectual; máxime que todo mundo también, en algún momento de la vida ha experimentado (o experimentará) el dolor que implica la ausencia de un ser que se ama.
En cuanto a lo primero es básica la muy densa estrofa que dice: “Vagando voy por la vida/ nomás recorriendo el mundo”, y aquella otra que exhibe la más grande de las conclusiones: “lo que pasó en este mundo/ nomás el recuerdo queda/ ya muerto voy a llevarme/ nomás un puño de tierra”. Y en cuanto a lo segundo, es dolorosamente ciertísimo aquello de que (insisto, en algún momento de la vida, alguien sentirá y dirá): “El tiempo pasa, y no te puedo olvidar/ te traigo en mi pensamiento, constante mi amor./ Y aunque trato de olvidarte/ cada día te extraño más./
Todo esto para concluir las dos en un verbo que se contrapone al olvido que insistentemente ahí se menciona. Me refiero concretamente al verbo recordar que ya mencionamos con forma de sustantivo en la frase “nomás el recuerdo queda”. Verbo que, basado el amor, insiste en anular a su contrario: “Si vieras… yo como te recuerdo/ y en mis locos desvelos/ le pido a Dios que vuelvas./… Y espero que tú escuches está canción. / Donde quiera que te encuentres/ espero que tú/ al escucharla te acuerdes de mí / como me acuerdo de ti”. Recuerdos, sin embargo, que también son momentáneos, porque irremisiblemente “el tiempo pasa” y nos lleva con él.
Pero ¿por qué vino a tema toda esta “profunda” reflexión sobre el contenido “filosófico” de esas dos canciones? Pues porque hace dos días, como a las 9 y pico de la mañana, volvimos a recordar el estremecedor terremoto del 9 de octubre de 1995, que a quienes ya habíamos sobrevivido el del 19 de septiembre de 1985, nos hizo reflexionar en lo efímeros que, como dije, somos. Y creo que con mayor razón lo habrán recordado nuestros paisanos de Manzanillo, a los que en esa ocasión les fue terriblemente. Y, a propósito, recalco ese verbo mágico: Recuerdo que un día o dos después de acontecido el sismo, un par de amigos y yo, con una cámara de televisión y un micrófono en mano, nos fuimos a reportear lo que en el puerto y sus alrededores había sucedido: las primeras casas rotas las vimos pasando por la población de El Colomo, luego vimos caída la antigua Central Camionera de Manzanillo, cuyo techo exterior quedó soportado por tres o cuatro autobuses que estaban allí esperando la hora de su partida. Sólo de imaginar lo que sintieron los pasajeros cuando les cayó el techo encima y luego pudieron salir me enchina aún la piel.
Desde ahí recorrimos las calles de la colonia Alameda, trazadas por cierto, en el lecho seco de la laguna de Cuyutlán, cuyos profundos lodos debieron licuarse, porque las casas se hundieron más abajo del nivel de calles y banquetas, y se formaron unos como volcancitos de lodo en el interior de los cuartos de algunas de ellas… Había, pues, mucha destrucción, y algunos muertos en un hotel de varios pisos que se convirtió en un verdadero sándwich tristemente aderezado con restos humanos. Recuerdos, pues, “Tristes recuerdos”.