Vislumbres. Tedio noticioso

Hastío.-
Hastío, tedio, enfado, modorra son términos que se utilizan para describir un estado de ánimo contrario a lo gustoso, a lo alegre, a lo disfrutable. Un estado del alma, podríamos decir, en el que prevalecen el disgusto y el desgano por lo que se mira o se tiene enfrente. Y hastío es, en suma, lo que sufren algunos lectores cuando tras revisar los titulares de las primeras planas en algunos días excepcionalmente violentos, es tan negativa la impresión que padecen que pueden llegar a creer que todo lo que ocurre a nuestro alrededor es negro, sangriento, terrorífico, tenebroso, corrupto y sin remedio; o albergar la falsa idea de que no hay nada por lo que valga la pena vivir, cuando en realidad es al contrario, porque si uno sabe mirar bien y apreciar lo que le rodea, hay muchos motivos para ser feliz y para cambiar ese estado negativo del alma por una actitud más positiva, vinculada con todo aquello que de verdad vale la pena en un mundo en el que abunda la basura noticiosa y niega lo que le da valor a la existencia.
El albor de los sentidos.-
Sin caer en el error de afirmar (como Vicente Fox) que por no leer los periódicos uno puede ser más feliz, hoy quiero comentar algo que casi nunca se aborda en esos medios, tal vez porque todo ello lo damos por conocido, y porque claramente no es noticia. Me refiero a lo que podemos hacer con nuestros llamados “cinco sentidos”, y con un sexto que nada tiene qué ver con la percepción extrasensorial. Allá, ustedes, apreciables lectores, si quieren acompañarme a leer este texto ajeno a lo “periodístico”:
“Nacer, crecer, multiplicarse, enfermar, envejecer y morir” eran, según antiguas creencias, las únicas posibilidades que los seres vivos podrían experimentar mientras cumplían su ciclo sobre la faz de La Tierra, pero a este humilde redactor le queda muy claro que en cuanto concierne al género humano todo eso sólo es parcialmente cierto, porque en medio de cada una de esas seis posibilidades se abre un abanico gigante de otras que pueden ser nombradas con todos los verbos habidos y por haber. Verbos en los que, sin embargo, muy poco nos detenemos a pensar o reflexionar.
Mencionaré, sin embargo, sólo unos cuantos, y como ejemplo dos francamente prosaicos pero que producen otros tantos momentos de satisfacción: como el de beber cuando se tiene sed y el de orinar cuando se tiene la vejiga llena; el de comer cuando el hambre apremia y el de evacuar cuando el intestino urge. Dos actividades aparentemente contrapuestas pero que se interrelacionan con dos aparatos corporales en los que, curiosamente también, hay una sola entrada pero dos salidas.
Verbos bonitos.-
Otros de los verbos más bonitos que podemos mencionar son los que nos regalan los cinco sentidos en sus más diversas facetas, por ejemplo: saborear, degustar, paladear que son mucho más que el sólo hecho de ingerir, comer o beber. Acciones en las que interviene muy conscientemente el cerebro, aun cuando están enganchadas con otras, meramente corporales, en los que para nada interviene la conciencia, como los de digerir y distribuir los nutrientes en todos los rincones del aparato circulatorio.
Oler. ¡Ah, el olfato! Este sentido, más allá de su facultad implícita para repugnar los hedores que emanan de los estercoleros y de los objetos en putrefacción, está abierto a una inmensa gama de aromas que se pueden percibir desde los rincones más recónditos de la piel humana hasta en la inmensa vastedad de flores que se desparraman en el campo, sin que a veces tomemos nota siquiera de su existencia. Aromas, bellos olores que van desde la tierra o la hojarasca mojada hasta el perfume sumamente sutil que producen los musgos y los líquenes que cubren las rocas; o las mezquiteras en flor, o los cañaverales al espigar, o los sembradíos de arroz, trigo, avena y cebada, cada uno con su peculiaridad, sin contar todavía con los olores y aromas que derivan de los productos químicos que tienen como base los extractos y las resinas naturales que los perfumistas han utilizado desde hace miles de años.
El tacto siempre será un sentido preventivo contra lo demasiado caliente y contra lo demasiado frío, pero igual servirá para detectar la suavidad de una piel, la tersura de unos senos, la maraña de un cabello encariñado, las ondulaciones de los frutos y, por supuesto, la rugosidad de un rostro marchito, lo rasposo de una lija y la rigidez de un cadáver.
Y ¿qué decir del oído y la vista? El oído no sólo nos permite conectarnos con los ruidos de nuestro entorno sino saber a qué atenernos respecto a ello. Nos alerta cuando es necesario, y nos motiva cuando de gozar se trata. Oír también nos remite a recuerdos: una canción, a veces una simple tonada, nos traslada a tiempos que ya no son, o a lugares en los que ya no estamos, pero que de algún modo podemos revivir en nuestra intimidad. Recuerdos plenos de afectos que nos hacen evocar con nostalgia o nos ponen a vibrar con alegría. Aunque también existen, como precisamente nos decía una canción, “Los sonidos del silencio”. Sonidos que se escuchan en la soledad, en la desazón y en el desvelo.
Ver y oír son un binomio potente para conocer y reconocer, para percibir y dejar de hacerlo. El ojo nos sirve para contemplar, detectar matices, colores, formas, tamaños y aun texturas; mientras que el oído nos permite percibir las notas y los arpegios musicales, los trinos de las aves, los murmullos de la gente, el soplo de la brisa, el ulular del viento y hasta el ritmo del corazón de quienes amamos.
Del ver nace también la posibilidad de mirar y admirar, de apreciar la belleza y la armonía de los cuerpos y de los paisajes, el colorido casi infinito de las flores, las aves, los peces y las mariposas; de leer, de imaginar lo que lees o de recrear incluso lo que miras en el cine o sucede a gran distancia.
El sexto sentido.-
Así, pues, probado está que no sólo nacemos para crecer, multiplicarnos, envejecer y morir, sino para disfrutar cada una de las posibilidades que nos dan los cinco sentidos que comentamos, o los tres o los cuatro, hablando de los que lamentablemente carecen algunas personas. Todo ello aún sin describir un sexto sentido que para nada tiene que ver con la percepción extrasensorial, sino con otras maravillosas capacidades del cuerpo.
A este sexto sentido que también tienen casi todos los seres humanos, se le llama “sentido kinestésico” o “sentido del movimiento”, que es el que nos permite movernos en todas direcciones, ir o volver, trasladarnos o quedarnos detenidos, subir o bajar, escalar o descender, caminar, trotar, correr o detenernos súbitamente. Un sentido que los gimnastas han desarrollado hasta la excelsitud, y al que lamentablemente desatendemos cada vez más, convertidos como estamos en seres dependientes de los autos y en individuos súper sedentarios, negados a caminar o simplemente pasear.
Conclusión.-
Si el hastío noticioso llega un día de éstos a su corazón, no lea hoy los periódicos, o léalos pero sálgase después de su casa, camine, muévase, mire, observe, escuche cuanto hay a su alrededor, huela las flores, saboree un helado, toque las superficies de las hojas o la mano de sus parejas o de sus hijos, admire el trazo recto de las calles y los edificios, compare los numerosos verdes que hay las plantas de los camellones, jardines y parques, o (si está cerca del mar) redescubra el ritmo eterno de su oleaje, el fluir constante de los ríos, el azul infinito del cielo, el volumen cambiante de las nubes, la risa de los niños, el lento paso de los ancianos, la alegría y el bullicio de los jóvenes. Y dese cabal cuenta que en contra de todo eso, tan positivo, muy poco daño pueden causar a nuestro ánimo incluso las más malas noticias.