Esta fauna. Nosotros, el daño colateral

En días pasado un joven de diecisiete años fue asesinado (no hay otra palabra que puede utilizarse) por un sujeto que disparaba a otros en una persecución, a plena calle y a pleno sol, en la ciudad de Colima. La muerte del joven, cuyo asesino sigue libre, fue un “efecto colateral” (así lo declaró el gobernador Ignacio Peralta) en la pugna de los cárteles que se disputan la plaza de Colima. La declaración del gobernante fue esta: “No tenemos muchos casos de esa naturaleza, es el primero del año, es de los primeros y es un tema muy lamentable, pero son las situaciones que se presentan como efectos colaterales de la confrontación que se da entre bandas delictivas”. Eso dijo, pero no habló sobre la investigación respectiva, ni de la necesidad de procurar justicias, ni de la obligación de ofrecer un entorno seguro y en paz para los ciudadanos.
Pues “este caso, el primero del año” (como lo designó el gobernador) se llamaba José Alexis García. Y sabemos que vendía flores (la muerte a balazos de un vendedor de flores lleva una carga simbólica enorme, casi dolorosa). Que desempeñaba una actividad económica. Que era una promesa deportiva. Un buen hijo y amigo. Era, pues, parte del mejor patrimonio humano y social de una ciudad, y también era nuestra certeza de que la humanidad merece seguir llamándose humanidad.
El daño que se hace a una sociedad con la desaparición de un joven así es incalculable. La muerte, en estas circunstancias, merma los valores, la cohesión, la tranquilidad de estos que somos y que nos agrupamos bajo el gentilicio de colimenses. El gobernante no sabe (o no quiere darse cuenta, o lo sabe y le da igual) que una pérdida así daña a todos, no sólo a una familia.
El discurso de la máxima autoridad política del Estado sobre el tema de la inseguridad es derrotista, desesperanzador: ¿De verdad el eufemismo “efecto colateral” explica lo que vivimos? ¿Somos el daño no previsto; los muertos incidentales; la escenografía destinada a romperse? Caray. Hace meses éramos los preciados votantes. ¿Y ahora? ¿Somos los civiles, los tengan cuidado, los no se arriesguen y no salgan a divertirse ni a pasear, ni a vivir la calle? ¿Somos los que nos tocó la mala suerte; los que estuvimos en el lugar equivocado; los que no debimos juntarnos con ese otro ni ir a este lugar ni sentarse a la mesa de al lado en aquél restaurante?
¿Eso somos para un gobernante?
¿Somos la muchacha que tiene miedo caminar por la calle en penumbras; el muchacho que vio cómo asesinaban a balazos al vecino, ahí, cerquita, en la banqueta de su calle; somos el joven que ya no irá a jugar futbol porque uno ya no sabe qué pueda pasar? ¿Qué somos?
¿Somos el oficinista que confundieron y murió de tres balazos; la empleada de limpieza que levanta una bolsa de basura y encuentra el cuerpo de su semejante hecho un garabato? ¿Qué carajos somos?
¿Somos los familiares de los que un día salieron a la calle y no volvieron; la joven que no llegó a dormir y tres días después levantaron su cadáver entre el cascajo de un lote baldío; la mujer que barre su casa y a lo lejos escucha las sirenas y se angustia porque sus hijos adolescentes aún no llegan? ¿Eso somos? ¿Los huesos mondos sacados de una fosa que nadie habrá de reclamar? ¿Qué somos pues, realmente, para un gobernante? ¿”Un efecto colateral”?