Vislumbres. Optimismo contra mala leche


Saludo a las madres.-
En primerísimo lugar y antes de exponer cualquier tema, quiero enviar desde mi rincón de trabajo un muy atento y cordial saludo a todas las señoras mamás que se dignan en gastar su tiempo para leernos, y en especial, por supuesto, a mi madre anciana que todavía está aquí, con nosotros; a mi esposa Olga, madre de mis dos críos, y a mis hermanas que son madres también.
Foto equívoca.-
De ningún modo me gusta dar pie a chismes ni difundir los que por razón de trabajo tengo que leer, pero sí quiero comentar que en su edición del pasado 3 de mayo, los editores de cierto diario local se pasaron de tueste al publicar, en vez de cualquier foto sobre los numerosos e interesantes eventos presentados durante el Segundo Festival del Volcán, una foto con una caca humana localizada muy temprano el día 2, junto a la entrada de la Escuela Tipo República Argentina.
Si trataban de ensuciar lo más bonito que tuvo el festival en cuestión, lo cierto es que se equivocaron de foto, y que quienes quedaron embarrados con el producto fecal fueron ellos, porque a la inmensa mayoría de nuestros paisanos el festival les gustó, y mucho.
Coloquio volcánico.-
En ese mismo contexto se llevó a cabo el muy interesante Coloquio Internacional del Volcán, que se realizó en el Auditorio del Archivo Histórico Municipal de Colima durante los días 2,3 y 4 de este mayo que inicia, enfocado a la ciencia, la literatura y (un poco) a la historia.
No tuve la oportunidad de escuchar los trabajos expuestos allí por Ada Aurora Sánchez, Gloria Vergara, Miguel León Govea y algunos otros catedráticos y ex alumnos de la Facultad de Letras de la U. de C., pero conociendo la seriedad y el profesionalismo con que Ada, Gloria y Miguel se desempeñan, no dudo en asegurar que debieron de haber sido temas muy bien desarrollados.
Por otra parte sí me tocó asistir a las exposiciones de los científicos participantes, y quiero decir que los felicito porque con sus estudios metódicos han venido a dar luz para conocer más a fondo el comportamiento del gran “Coloso de granito”, como nombró al volcán el extinto profesor Gregorio Torres Quintero en un famoso soneto que publicó hará unos 114 años.
La mayoría de los científicos participantes en este Coloquio trabajan en el Observatorio Vulcanológico de la U. de C., y aun cuando varios de ellos recibieron su formación en el extranjero, no dudan en reconocer que “El Colima”, como también denominan al volcán, es uno de los más activos actualmente en el mundo y, por decirlo así, un verdadero laboratorio natural en el que por mencionar un ejemplo, se producen varios lahares al año, mientras que, por ejemplo también, en el gigantesco y muy famoso Popocatépetl, sólo se produce un lahar allá cada cuatro años, según lo dijo la doctora Lucía Capra, procedente de la UNAM.
A propósito de lahares.-
Y si algún lector todavía no sabe o pregunta ¿qué es son los lahares?, podríamos resumir la explicación diciendo que son avalanchas de lodo, piedras y árboles que se produce en los volcanes más o menos activos a partir de que llueve abundantemente en sus cimas, debido a que el agua precipitada disuelve o licúa, por así decirlo, los materiales que aquellos arrojan por sus cráteres durante las erupciones.
Dichos lahares descienden, por lo regular, durante sus respectivas épocas de lluvia o nevadas, por los lechos de los arroyos que existen en los costados de los edificios volcánicos. Caso concreto en cuanto al Volcán de Colima son, por ejemplo, las barranquillas del Río de la Lumbre, del Arroyo del Cordobán y la del arroyo de Monte Grande, por las que sin ir demasiado atrás, las lluvias que trajo consigo el huracán Patricia a finales de octubre de 2015, bajaron, estrepitosa y destructivamente varios tremendos lahares que arrasaron cientos de árboles que durante los años previos habían logrado crecer en sus riberas.
Poblaciones en riesgo.-
Entre los muchos datos que me tocó escuchar en dicho coloquio, vale la pena mencionar que realmente son muy pocas (y demasiado pequeñas) las poblaciones que eventualmente pudieran ser afectadas por los “ríos de lava” que descienden del volcán, porque, según lo explicaron los científicos, el material que compone el magma de nuestro volcán es muy espeso y rara ocasión desciende más allá de los siete kilómetros, y casi siempre hace por las muchísimas barrancas que hay en la parte alta de su cono. Pero lo que sí nos explicaron fue que los asentamientos donde se hallan todas las poblaciones que van desde la ciudad de Colima hacia el norte, como El Chanal, Comala, Suchitlán, Cofradía de Suchitlán, Cuauhtémoc y Quesería, por mencionar algunas, no sólo están situadas en las verdes “faldas del volcán”, como coloquialmente se dice, sino sobre los restos de algunas gigantescas y destructoras avalanchas volcánicas que se produjeron al derrumbarse partes de otros antiguos edificios volcánicos mediante la ocurrencia de violentísimas erupciones de caldera, que son las más destructivas, violentas y dañinas que existen. Avalanchas, por cierto, cuyos deslizamientos se pueden observar en los diversos estratos (capas) de tierra y piedras que fácilmente se miran en algunos cortes hechos en cerros para construir carreteras, y que para quienes saben “leer” o interpretar estos datos, les indican que tales cataclismos comenzaron a ocurrir hace ya más de 99 mil años (cuando se supone que habría nacido el “Proto-Volcán”, o primer volcán existente en esta área), y de los que algunos de las más recientes se pueden fechar hace 14 mil, siete mil y tres mil quinientos años, aproximadamente.
Eventos todos de gran destructividad que, de volver esto a ocurrir en nuestros días, pondrían en peligro la vida de los 350 mil habitantes que, pocos más o menos, poblamos esta hermosa porción del suelo colimote, porque si se suscitara una nueva erupción de caldera, los “flujos piroclásticos” que ésta provocaría, se desplazarían a ochenta o más kilómetros por hora y con enormes temperaturas, y no nos darían pie para evacuar ninguna de las poblaciones mencionadas a partir de que se diera la alarma al respecto.
Todo eso, sin embargo, no debe preocuparnos gran cosa a los colimenses, no sólo porque sabemos perfectamente que tan catastróficos acontecimientos sólo ocurren cada un montón de miles de años, y sino porque hay otros, en cambio, frente a los que sí debemos de estar prevenidos, como los terremotos y los huracanes que, sin ser tan destructivos y violentos como las erupciones de caldera, son muchísimo más frecuentes en nuestra región. Todo ello aun sin mencionar aquí los vendavales de la política y las malas administraciones públicas que tantos damnificados provocan en cada trienio (o sexenio) en nuestra entidad.
El Seminario Conciliar, pionero en la observación científica.-
Un dato de gran interés que aportaron en el Coloquio tres participantes de Ciudad Guzmán, Jal., fue que hacia 1896 (o 1898) el padre José María Arreola, nativo de esa ciudad, pero perteneciente en aquel momento al Obispado de Colima, fue el fundador del primer Observatorio Científico que hubo en toda esta parte del mundo, dedicado tanto a la observación del Volcán de Colima como al “estado del tiempo” y las precipitaciones pluviales.
Según esa misma información (que se puede cotejar acá, en otros datos brindados por el cura historiador Florentino Vázquez Lara) un observatorio similar estableció posteriormente el padre Arreola en el Seminario Conciliar de Colima. Cura al que, luego de ser trasladado a la ciudad de Guadalajara, fue sucedido en el observatorio de Ciudad Guzmán por el también cura Severo Díaz Galindo, y en Colima por el profesor (y al parecer ex seminarista) Aniceto Castellanos, de muy grata memoria los dos.
La Piedra Lisa.-
Y como cosa curiosa déjenme comentarles que, al término de unas charlas que se suscitaron durante el mencionado coloquio, uno de los asistentes del público preguntó a los científicos del Observatorio Vulcanológico qué tan cierto es lo que mucha gente de Colima dice en torno a que la famosísima Piedra Lisa es un monolito arrojado por el Volcán.
La respuesta del investigador fue, contra lo que yo mismo suponía, afirmativa, pero explicó poco más o menos lo siguiente: “Sí, la Piedra Lisa es una piedra procedente del volcán, pero no fue arrojada por éste como si fuera una bomba, sino que estuvo alguna vez en su cima, cuando la última época glaciar, antes de que explotara el volcán”.
Habló también de la existencia de muchas otras piedras lisas que están desparramadas en diversas parcelas y potreros de toda esta región, explicando que le lisura que muestran se debió no tanto a las talladas de miles de calzones y pantalones sobre su superficie, sino a la fricción o rozamiento que fueron sometidas con otras materias duras mientras que muy poco a poco iban siendo arrastradas por los glaciares que debieron existir durante aquella helada era.
Yo no sabía, tampoco, que en nuestra muy cálida Colima se hubiesen manifestado los efectos de antiguas glaciaciones, pero me parece muy lógico que sí haya sucedido eso incluso si hoy tanto hablamos del “calentamiento globlal”. Por otra parte también me parece una hipótesis muy creíble la que nos dice que tales piedras pisas tampoco fueron expelidas como bombas volcánicas, sino formando parte de los muchos millones de metros cúbicos de material que, al explotar todo o algunas partes de los edificios volcánicos anteriores, fueron arrojados sobre el antiguo Valle de Colima, durante las erupciones de caldera mencionadas. Suma de materiales que al ser derramados desde lo alto de la montaña hasta el valle, fue lo que, junto con las lluvias caídas durante miles de años después, que lo erosionaron, configuraron su actual relieve.
Saludo final.-
Y como ya viene también el Día del Maestro, y no podré la semana próxima dedicarles ningún saludo a tiempo. De una buena vez aprovecho la ocasión para expresar mis felicitaciones a todos aquellos colegas (o ex colegas) que verdaderamente dan (o dieron) lo mejor de lo suyo para realizar la noble labor de ayudar a forjar mentes y caracteres; y envío mi muy enfática reprobación a todos aquellos otros que sólo van a las aulas a cumplir con un horario y, a veces, ni siquiera a eso, convirtiéndose en rémoras del proceso educativo, en vez de ser sus líderes o actores.