Esta Fauna. La vida en una llamada


En este mundo abundan los perseguidores. En el nuevo sistema económico ya no existen los consumidores: existen los perseguidos. Nadie sabe, por ejemplo, de qué manera nuestros nombres y números telefónicos llegan hasta las listas de telemercadeo. El empecinamiento de las empresas por ofrecernos bienes o servicios, a través de llamadas telefónicas, merma nuestro derecho a la privacidad y la reclusión voluntaria.
A estas alturas nadie puede declararse ermitaño y encerrarse a odiar, tranquila y respetuosamente, a la humanidad. Hasta en los sitios más recónditos habrá un agente de ventas, insistiendo en ofrecernos una tarjeta de crédito o un seguro de vida. El infierno del misántropo es una habitación donde cada minuto recibe llamadas telefónicas para ofrecerle membresías de un centro comercial, cursos de idiomas o tiempo compartido en alguna cadena hotelera.
Nadie sabe a ciencia cierta en manos de quién están nuestros nombres, direcciones y números telefónicos. Son las consecuencias de vivir en un mundo donde el secreto personal agoniza. La benefactora cobija del anonimato es ya un mero mito. Además de los vecinos impertinentes, también las instituciones bancarias y las compañías telefónicas saben dónde trabajamos, a qué horas llegamos a casa después del trabajo y cuántos hijos tenemos y de qué edad.
Esto, que en apariencia es información irrelevante, se convierte en un recurso inquisitorio para los agentes de telemercadeo que suelen preguntar, del otro lado de la línea, si es que acaso queremos que nuestros hijos queden en el desamparo luego de nuestra muerte. “Por eso le estamos informando que tenemos buenas referencias de usted, y lo acreditan como un buen candidato para gozar de uno de nuestros seguros de vida”, suelen añadir en tono de quien nos está haciendo un gran favor.
Todavía no logró entender cómo es que una institución bancaria me consideró “buen candidato” para ofrecerme un seguro de muerte accidental por un monto de quinientos mil pesos. ¿Acaso sabrán que soy un pésimo conductor? ¿Llevarán un historial de todos mis percances automovilísticos? ¿Cómo se enteraron de mi imprudencia casi suicida al momento de cruzar a pie una avenida?
Estas preguntas me la he estado haciendo desde que recibí la llamada telefónica en la que una mujer, identificándose como empleada de un banco y hablando con la misma firmeza de un oráculo, me reveló las probabilidades que yo tenía de morir en un accidente. Sólo me consuela el hecho de saber que, de por sí, mi nacimiento también fue accidental. Por otro lado, quinientos mil pesos no es una suma muy halagadora para una muerte trágica. Morir de manera espectacular amerita mejores números.
Pero lo marcadamente preocupante es esa insistencia de los molestos vendedores para convencernos, vía telefónica, de que realmente es necesario y apremiante comprar un seguro de vida en ese mismo instante. Como si el futuro inmediato fuera funesto y nuestra muerte aguardara en el plato de enchiladas verdes que dejamos pendiente en la mesa.
No dan tregua. Si hoy fue una aseguradora, mañana es una institución bancaria y más tarde un corporativo de tiendas departamentales. Nadie nos asegura que nuestros nombres y direcciones no estén en manos de una partida de cretinos. El telemercadeo devino terrorismo telefónico. Saben bastante de nuestra vida privada, nos acosan e intimidan. Nos tienen en sus manos.