Esta fauna. Día dos: conociendo al político


Adopté un político. La semana pasada. Y lo adopté, le decía en el texto anterior, como quien adopta una culpa, una tristeza o una desgracia. Cualquiera pensará que no hay nobleza en adoptar (o rescatar) un ejemplar de esta especie. Mejor sería, lo sé, participar en campañas de control canino. O hacerse cargo de una tortuga de río que, como ya se sabe, tiene un caparazón más o menos de la misma densidad y dureza que cualquier aspirante a candidato. Las tortugas agradan porque son congruentes con su condición: lo único que piden es un poco de lechuga. Nada de palmadas en el lomo, nada de rascarles la oreja y nada de consideraciones extras. Un político, por el contrario, siempre demanda atención (“mírenme, soy tan simpático como un cachorro”), lo que demuestra el abandono emotivo en el que están sumidos y su marcado déficit de amor propio. Cuando uno menos se lo espera ya están pidiendo un voto. ¿Para qué? Para lo que sea. Piden votos con la misma vehemencia que un perro labrador cuando espera que la lancen la pelota. Pero lo que hagan, tanto el perro labrador con la pelota, como el político con el voto (y con el posible cargo público), ya es asunto que debe competer a uno mismo, al ciudadano. Es decir, no se debe dejar que el perro, en su lúdica estupidez, extravíe la pelota; tampoco que el político, al ser votado (y acaso electo) haga que se pierda, con sus acciones, la dignidad y esperanza de todos sus electores.
Pongo un ejemplo inmediato para quienes en Colima vivimos (aunque cada vez ya vivimos menos): El ex gobernador Mario Anguiano. Tanto lo dejamos hacer y deshacer con el cargo (y ahí somos culpables todos los sectores de la sociedad) que terminó defraudando no solo a quienes votaron por él, sino también a los que no votaron. A estos días, tan apenados estamos de haber tenido un gobernador como el antes citado, que nadie quiere, por mera vergüenza, ni pronunciar su nombre. Otro ejemplo es el ex gobernador Javier Duarte, de quien ya sabemos las penurias por las que tuvo que pasar, el pobre, en Guatemala. Tengo tantos ejemplos y tan poco tiempo. A lo que voy es a decir que es muy peligroso dejar solos a los políticos cuando les entregamos un cargo. Son como un fresh pool de seis meses: apenas los descuidamos destrozan la sala o se comen el papel sanitario. Y alguien dirá: “sí, pero son tan adorable”. Los fresh pool, desde luego, no los políticos.
De ahí la importancia de conocerlos, de estar al pendiente de sus pretensiones (todo político, sin excepción, pretende algo que el resto de los ciudadanos, nomás por pura dignidad, no estamos dispuestos a hacer). Y para conocer a un político hay que adoptarlo. No me salga con que no tendría tiempo para atenderlo, que el alimento es muy caro, que las vacunas cuestan, etc. Nada de eso. Ellos mismos se procuran lo que necesitan. Lo único que usted debe hacer es aleccionarlos. Mostrarles, por ejemplo, el concepto de probidad. Porque ellos son tan convenientemente inocentes que piensan que ser probo es como ser pobre. Y en su ignorancia sobre la probidad y la pobreza, terminan destrozando la sala y comiéndose el papel sanitario. Que sería lo de menos, porque también suelen saquear las arcas públicas. En nuestras manos está evitarlo, y debemos saber cómo. Hay que conocer al político, le digo: saber cómo habla, qué hace (si es que acaso hace algo), de dónde viene (o a dónde va), si es de origen larvario o se desarrolló como embrión, etcétera….