Esta fauna. Día uno: y entonces adopté un político

Desde hace varios años, al menos en el último lustro, algunas encuestadoras se han dado a la tarea de medir el nivel de confianza que los mexicanos tenemos en las instituciones. La iglesia, las universidades, el ejército, los sindicatos, los medios de comunicación, los partidos políticos y algunas otras organizaciones son sometidas a un ejercicio de medición para saber qué tan confiables nos resultan. Y es que, en un país donde los ciudadanos tienen por consejo mutuo desconfiar hasta de la propia madre, no es de extrañar el recelo que concita cualquier institución, sobre todo si es pública.
Una de las más reciente encuesta de este tipo, dada a conocer por Mitofsky (Encuesta nacional de confianza en instituciones, Octubre 2016), revela que las universidades, la iglesia y el ejército son los tres entes que gozan de mayor, que no mejor, confiabilidad entre los mexicanos. En una escala del 0 al 10, las universidades son puntero con un modesto 7 de calificación. Y de ahí para abajo.
La encuesta revela algo curioso al situar en segundo lugar, con un 6.9, a la iglesia: Ya ni la representación de Dios en la tierra es sujeto principal de nuestra confianza. Vamos, si un mexicano tuviera que dejar la llave de su casa encargada con un vecino, y si a un lado tuviera al académico Ochoa y en el otro al cura Marcelino, optaría por ir, corriendo, con el primero. A mí, en otros tiempos, esta situación hipotética me hubiera dado risa. Pero he madurado.
Ahora bien, acá nadie ni nada se salva. Tengo la leve sospecha de que, si midieran el nivel de confianza de las universidades, encuestando solamente a los universitarios, nos daríamos cuenta que es inmerecido el primer lugar que han obtenido nuestras máximas casas de estudios. Y lo digo yo, que egresé de una carrera universitaria muy mal educado y desconfiando de las capacidades intelectuales de mis maestros.
Pero, siguiendo con la referida encuesta de Mitofsky, encontraremos que, en último lugar de confiabilidad y con una calificación de 4.8, están los partidos políticos. Lo escribiré otra vez, con la frente arrugada de preocupación y ejemplificando: en este país, lo peor que le puede pasar a un ciudadano es vivir al lado del comité directivo de un partido político. Uno estaría con el pendiente de que, cualquier día, el presidente del partido se introdujera a la casa para llevarse nuestra dignidad a cambio de una camiseta y una gorra.
¿Sorprende que desconfiemos de los partidos? Claro que no. Será porque están llenos ¿de qué? De políticos, claro. Es decir, están lleno de esa clase de gente a los que nadie, en su sano juicio, confiaría las llaves de su casa. El ciudadano promedio tendría que estar ebrio, drogado o in articulo mortis, para decirle al diputado de nuestro distrito que le encargamos la casa, que por favor nos riegue las plantitas mientras no estamos.
¿Estoy siendo prejuicio? Desde luego. ¿Exagerado? Ni se diga. Y es seguro que casi todos pensamos de este modo. Siempre ha sido así, al perder nuestra poca fe en la humanidad buscamos chivos expiatorios. Y los señalamos. Así como ahora estamos señalando a los incomprendidos políticos. Por eso, y porque pienso que ya es hora de que restituyamos la confianza en la élite política, hoy vengo aquí a decir, a confesar más bien, que he adoptado a un político. Así, sin más, lo adopté como se adopta una culpa, una tristeza, una desgracia. ¿Que qué voy a hacer con un político? Aguante. Eso lo diré la siguiente semana.