En volandas. A fuego lento: un siglo de tango con Horacio Salgán

A un año de celebrar el primer centenario del tango-canción, que Carlos Gardel instituyó en 1917 con Mi noche triste, el fin de semana pasado falleció uno de los representantes cúspide del género: Horacio Salgán, cuya muerte se suma a la de otro grande, Mariano Mores. En pocos meses, la longevidad trazó su línea inevitable y, por cronología, los fundadores del “sentimiento triste que se baila” (referencia obligada de Discépolo) abandonan este mundo con un legado casi insuperable. Salgán pertenece a esa estirpe.


Planteo hipótesis: algo tiene el tango que incrementa, generalmente, el promedio vital de sus practicantes. Salgán, 100; Mores, 98; Gabriel Clausi, 99; Tita Merello, 98, y la más antigua, Nelly Omar, 102. Todos con una característica: activos en los últimos días. Quizá, por eso, la moraleja que debo adoptar es seguir escuchando, nunca bailando por incompatibilidad de ritmo causada por dos pies izquierdos, la añoranza de sus melodías, sus armonías inmigrantes, pendencias por abandonos explicables, porfía ante la vida.


Horacio Salgán fue pianista, compositor, arreglista. Y su influencia, casi infinita, cautivó a lo más granado de su época: desde bandeonistas célebres como Roberto Di Filippo, Ernesto Baffa y Leopoldo Federico; a intérpretes, Edmundo Rivero, Héctor Insúa (no el presidente municipal de Colima, claro está, aunque dicen que canta algunas rancheras), Horacio Deval y Roberto Goyeneche, pasando por violinistas de cepa como Víctor Felice, Carmelo Cavalaro, Holgado Barrios y Ramón Coronel. Salgán fue itinerario viviente de las épocas decisivas del tango.


Quizá Daniel Bareimboim, eximio director de orquesta, argentino-judío, exageró un poco (nomás poquito) cuando sugirió a La Nación (el periódico bonaerense de derecha mejor escrito en lengua española) que la tríada del tango son Gardel, Salgán y Piazzolla.


La hipérbole se explica en el músico por la emoción fúnebre, y su saber, claro. Pero, como toda opinión categórica, excluye. Sin embargo, para fines de condolencia, aprecio la intensidad de don Daniel, quien editó un disco célebre con Rodolfo Mederos y Héctor Console, y tanto ha hecho, desde la música y la militancia ejemplar, por la pacificación del mundo.


Una parte de mi sensibilidad, saudade, (precisa en portugués porque combina, en su definición, tres características imposibles en español: nostalgia, evocación y melancolía) es el tango. Compañía tempranísima, adolescente, cuando los amores zarandean el horizonte definitivo y las partidas marcan la espera de regresos imposibles. Por eso, a fuego lento, como es la vida, celebro sin tristeza a Horacio Salgán.