Restauran mobiliario obsequiado por Napoelón III a Maximiliano

Expertos del INAH intervienen un conjunto de sillas y sillones, hechos en Francia, presuntamente usado en las recepciones que daban el archiduque y Porfirio Díaz *˙ Se atenderá la tapicería de los asientos que presenta pasajes de las fábulas de Jean de la Fontaine, elaborada con hilos de seda, algodón y lana

Un conjunto de sillas y sillones que son parte del mobiliario del Alcázar del Castillo de Chapultepec, en cuya tapicería se aprecian pasajes de las fábulas de Jean de la Fontaine, es intervenido por especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Las 14 sillas y sillones de la Sala de Pianos, obsequiados alrededor de 1865 por el emperador Napoleón III al archiduque Maximiliano de Habsburgo, lucen en sus asientos y respaldos una bella decoración vinculada con la obra del célebre fabulista francés. También se atienden nueve piezas de la Sala de Lectura que poseen la misma decoración.

El lujoso mobiliario, que actualmente se exhibe en ambos espacios del Museo Nacional de Historia (MNH), presuntamente fue utilizado en recepciones que ofrecieron el emperador Maximiliano y el presidente Porfirio Díaz, durante su estancia en el Castillo de Chapultepec.

Se trata de piezas estilo rococó, elaboradas en Francia por la tapicería artesanal de Aubusson, arte que fue inscrito en 2009 en la Lista Representativa de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

El juego de la Sala de Pianos, también llamada de Gobelinos, tiene un sillón borné (circular), un canapé (sillón largo), seis sillas y seis sillones individuales de madera europea e incrustaciones de metal, y tapicería tejida con hilos de algodón, lana y seda.

La Sala de Lectura incluye cuatro sillas, cuatro sillones individuales y un canapé. Su manufactura es sencilla, con telas de mayor grosor y sin acabados metálicos.

Ambos mobiliarios, resguardados en esta colección institucional, son considerados únicos en el país, y sólo existen escasos ejemplares en Europa y Estados Unidos.

Las restauradoras Verónica Kuhliger y Laura García Vedrenne, adscritas al Museo Nacional de Historia, plantearon un proyecto de conservación que incluye una reproducción digital; los tapices muestran falta de brillo y color, además de pérdida de hilos en la urdimbre y en la trama, ocasionados por el paso del tiempo y factores medioambientales.

En 2015, expertos del MNH, en colaboración con la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM) y la Escuela de Conservación y Restauración de Occidente (ECRO), limpiaron las maderas y metales, y aspiraron los tapices. El fotógrafo del INAH, Omar Dumaine, digitalizó las escenas de La Fontaine de los muebles de las dos salas.

El objetivo es que las imágenes digitalizadas se impriman sobre una tela sintética que cubrirá la original sin dañarla; “será una especie de cápsula del tiempo que servirá para el mejor resguardo y protección de los tapices, que también contarán con una interfase de algodón”, señaló Kuhliger.

 

Cuidados del patrimonio textil del MNH

La colección de indumentaria del Museo Nacional de Historia alberga más de 10 mil piezas, entre prendas de vestir, sombreros, zapatos, bolsos, guantes, etc. Otras curadurías engloban textiles o temáticas afines, como tapices, cortinajes, alfombras, banderas, entre otros.

Las especialistas en conservación del museo trabajan en un programa permanente de rotación del acervo de indumentaria, creado en 2006 por Verónica Kuhliger, para evitar el deterioro de las piezas.

Este esquema contempla el retiro de las obras que se exhiben actualmente en las salas, y en su lugar colocar, cada cierto tiempo, ropajes de la misma temporalidad. En breve, se cambiarán cinco de las 25 piezas que se muestran en las diversas salas del museo, dado que la rotación se da manera escalonada.

De acuerdo con los estándares internacionales, un textil debe ser expuesto por lapsos breves, por lo que los especialistas del INAH han determinado que los que forman parte de la colección permanente se mantengan en sala máximo por un año y se resguarden por cinco, como mínimo, antes de exponerse nuevamente a la luz y al intemperismo.

En la mayoría de las ocasiones no es posible hacer el cambio por prendas iguales, porque son únicas, como el traje del general Juan Nepomuceno Almonte (hijo de José María Morelos y Pavón), el cual será sustituido por una casaca de carácter militar de mediados del siglo XIX, bordada con hilos entorchados, que será expuesta en la Sala Introductoria.

De este mismo sitio, se retirará un conjunto femenino de finales del siglo XIX para mostrar en su lugar ropaje de la misma época de color azul garzo, confeccionado en fino gro y terciopelo de seda. De la Sala 7, volverá al depósito un atuendo corte imperio y se exhibirá un vestido de muselina de algodón, confeccionado alrededor de 1810, que constituye una de las piezas más antiguas de la colección.

Otros dos vestidos —uno con polisón y otro de “mangas de jamón”—, que se encuentran en una de las vitrinas de la Sala 9, serán reemplazados por una prenda con polisón en tono azul intenso, que el MNH adquirió en 2012. Como parte de este programa se efectúa un registro fotográfico digital de cada una de las vestimentas.

La restauradora Laura García Vedrenne dijo que también se restaura una colección gráfica sobre indumentaria, formada por 165 láminas de la revista española La moda elegante ilustrada , en las que se aprecian los cambios en las prendas femeninas durante casi una década (1886 a 1895). Las litografías a color son atendidas de daños ocasionados por acumulación de polvo, rasgaduras, pliegues y ataque por hongos.

Cerro Cuahilama, "punta del iceberg" de un espacio arqueológico mayor en Xochimilco


Entre 1420 y 1521, cuando los antiguos xochimilcas dirigían su mirada a uno de sus espacios más venerados, el Cerro Cuahilama, se hallaban frente al enemigo, los mexicas, que habían convertido el área de Piedra Larga en su bastión. En busca de este pasado y otros más remotos de esta zona al sur de la Cuenca de México, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha conformado un plan arqueológico integral e interdisciplinario.

El Proyecto de Salvamento Arqueológico Cuahilama-Piedra Larga tiene su propia fortificación en el Museo Arqueológico de Xochimilco, instalado en la centenaria casa de bombas del pueblo Santa Cruz Acalpixca, desde ahí esta iniciativa de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH, traza sus objetivos y tareas a corto, mediano y largo plazos, informó el arqueólogo Juan Carlos Campos Varela.

“En el corto plazo será el inicio del proceso de excavación de algunas áreas habitacionales que hemos detectado en Piedra Larga, y la restauración y conservación de 10 de los 16 monumentos prehispánicos labrados en las laderas del Cerro Cuahilama, que muestran desgaste debido al intemperismo y a causas de carácter antropogénico como el vandalismo.

“A mediano plazo, el propósito es poner en valor la totalidad del Cerro Cuahilama por medio de una protección física que permita una visita más frecuente y respetuosa del entorno. El tercero es lograr que este proceso de investigación aporte nuevos datos y una nueva interpretación sobre la importancia cultural, arqueológica e histórica que tiene Xochimilco y, en general, el sur de la Cuenca de México”.

Juan Carlos Campos Varela indicó que, en realidad, Cerro Cuahilama, nombre náhuatl que en español significa “bosque de la anciana”, es la “punta del iceberg” de un área con potencial arqueológico mayor, con una longitud de 3 kilómetros por 1.5 de ancho, que va desde los pueblos de Santa Cruz Acalpixca y San Gregorio Atlapulco —en línea recta hacia el sur— hasta San Bartolomé Xicomulco, en los límites con la delegación Milpa Alta.

Si bien este conocimiento del terreno por parte del Proyecto de Salvamento Arqueológico Cuahilama-Piedra Larga, se basa, en parte, en los reconocimientos hechos por otros expertos (entre finales del siglo XIX hasta el presente), ahora se afianza luego de una primera temporada de campo que incluyó concienzudos recorridos de superficie y levantamientos topográficos completos, apoyados parcialmente en fotografías aéreas capturadas a través de un dron que realizó sobrevuelos en la zona, a 60 metros de altura.

En el Museo Arqueológico de Xochimilco, Campos Varela despliega sobre una mesa varios planos: un modelo digital de elevación en el que aparecen coloreadas las alturas, ortofotos digitales, etcétera, producto de la colaboración con especialistas del Taller de Drones y Fotogrametría, de la Dirección de Estudios Arqueológicos del INAH.

Cuahilama y Piedra Larga están separadas por escasos 500 metros, aunque esto es relativo por lo accidentado de la orografía. El primero se encuentra en una cota de 2,280 msnm en la ribera de lo que era el lago de Xochimilco, de ahí que fuera una referencia geográfica singular en la época prehispánica. Por su parte, Piedra Larga está a más de 2,400 msnm., y desde ahí se tiene una vista de todo el sur de la cuenca.

El equipo ha constatado que ambos cerros se encuentran ligados en términos culturales, “hemos encontrado materiales y arquitectura similares, un patrón repetido de terrazas donde hay montículos, es decir, secciones de los cerros que fueron adecuadas para hacer terrazas agrícolas, defensivas y de tipo arquitectónico, por lo que eran espacios exclusivos”.

En la temporada de campo por venir se prevé la toma de muestras de tierra en las áreas con terrazas para realizar análisis de flotación y determinar el uso de las mismas; mediante esta técnica se obtienen macrofósiles botánicos que permiten establecer los restos de flora. También se realizarán excavaciones extensivas en algunos de los conjuntos arquitectónicos para determinar sus niveles y actividades ocupacionales.

Juan Carlos Campos detalló que los materiales recuperados en superficie refieren a una ocupación del área durante el periodo Posclásico Tardío (entre 1420 y hasta la época del contacto con los españoles), cuando el imperio mexica hizo de esta zona un enclave importante para dirigir sus campañas militares hacia la llamada Tierra Caliente de Morelos, Guerrero y Puebla, que iniciaron con el gobierno de Itzcóatl, en 1428.

Durante un recorrido por el Cerro Cuahilama, el arqueólogo reparó en un grabado que podría haber representado al citado tlatoani mexica y que fue mutilado, posiblemente (una vez conquistada México-Tenochtitlan por los españoles), como una forma de simbolizar la recuperación de este territorio por parte de los xochimilcas, quienes fueron tributarios de la Triple Alianza. De acuerdo con el códice Matrícula de Tributos , cada 80 días las provincias tributarias del sur entregaban incienso, perfumes, tintas y barnices; al semestre: textiles, alimentos y productos agrícolas, materiales suntuarios y de construcción; y al año: trajes y escudos de guerreros.

El equipo de investigación, formado por los arqueólogos Erika Lorena Rodríguez Rodríguez, Mara Abigail Becerra Amezcua, Adriana Ontiveros Escalona, Gabriel Figueroa Ramírez y Ana Cecilia Abascal Cortés, registró el estado de conservación de 16 monumentos arqueológicos diseminados en el Cerro Cuahilama. Juan Carlos Campos indicó que todos fueron realizados en un mismo periodo y aluden al calendario y la cosmovisión nahua prehispánica.

Los relieves en basalto representan —entre otros— el glifo del Nahui Ollin que alude al nacimiento del Quinto Sol y los rumbos cardinales, al Xonecuilli o bastón de mando del dios Quetzalcóatl, y la fecha (Ce Cipactli) que marca el inicio de la veintena de los días. También está labrada la figura de un perro xoloitzcuintle que marca el décimo día del calendario nahua y estaba relacionado con Xólotl, el gemelo de Quetzalcóatl; así como una mariposa o papalotl junto con la planta sagrada de los xochimilcas, el huacalxochitl.

En otra de las laderas del Cerro Cuahilama, cuyo polígono de protección abarca aproximadamente ocho hectáreas, se ubican otras piedras donde esquemáticamente se representan los ojos de agua y las terrazas que se hallaban en la zona, además de un par de maquetas del sitio.

El Proyecto de Salvamento Arqueológico Cuahilama-Piedra Larga del INAH intenta apoyar a la Autoridad de la Zona Patrimonio Mundial Natural y Cultural de la Humanidad en Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta de la Ciudad de México, en la posibilidad de extender la protección técnica y legal de esta área patrimonio hacia la parte cerril donde convergen los componentes cultural-arqueológico y ambiental.

“Lo que estamos haciendo es la actualización de este perímetro, la documentación pormenorizada de estas evidencias arqueológicas que están al interior, para proponer con detalle y valor técnico, un proyecto viable de protección a la delegación Xochimilco, que es el órgano jurídico-administrativo responsable de la protección de esta área. Como institución estamos brindando toda la información arqueológica, todos los antecedentes que tenemos para poder sustentar esa puesta en valor del sitio”, concluyó el arqueólogo.

 

Emprenden registro digital de los cenotes de Yucatán

La lluvia de miles de años sobre rocas carbonatadas formó una gran cantidad de cuevas secas e inundadas (cenotes) en la península de Yucatán. Los cálculos más conservadores han estimado un aproximado de seis mil cenotes en esta gran superficie kárstica. Desde el año 2000, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) realiza, a través de la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS), diversas investigaciones en estos contextos, y ahora apoya un proyecto de largo aliento para hacer un registro digital detallado de algunos de estos estos cuerpos de agua, denominado: el Gran Acuífero Maya.

El arqueólogo subacuático Guillermo de Anda Alanís, responsable del proyecto el Gran Acuífero Maya y quien recibió en 2012 el nombramiento anual de la National Geographic como Explorador Emergente, informó que este “censo” generará videos inmersivos de espacios que dentro de la cosmovisión de los mayas, antiguos y presentes, son un umbral sagrado que posibilita la comunicación de un plano cósmico a otro.

Para comenzar a integrar este gran rompecabezas acuífero, que se distribuye en los 145 mil km² que abarca la península de Yucatán, dividida en las entidades de Campeche, Yucatán y Quintana Roo, los especialistas han trazado una primera ruta que empieza desde el sur, en la frontera con Belice, y que abarca 10 zonas quintanarroenses, entre ellas: Bacalar (en cuya laguna existen cenotes), Chumpón, Carrillo Puerto, José María Morelos, Muyil y Tinum.

En este proyecto se empleará un programa computacional capaz de procesar miles de imágenes fotográficas que se capturan desde varios ángulos a fin de crear modelos en tercera dimensión (3D) tanto de los materiales como de los contextos que los contienen. El programa fue creado por el ingeniero de la National Geographic Society, Corey Jaskolski, y fue empleado con buenos resultados en 2013 en el Proyecto Arqueológico Subacuático Hoyo Negro, Tulum, Quintana Roo, que lleva a cabo la SAS desde 2011. Este programa resulta ideal para trabajar en sitios como cenotes y cuevas inundadas, ya que no se alteran estos frágiles ambientes ni los materiales culturales que se encuentran en algunos de ellos.

“El software traduce la información en puntos digitales. Por ejemplo, de un cráneo humano que forma parte de una ofrenda hallada en el cenote Holtún de Chichén Itzá se obtuvieron más de 10 millones de puntos, una definición que permite observar detalles imperceptibles bajo el agua, como la deformación intencional y las lesiones y porosidades del hueso”, señaló De Anda.

Al igual que lo hicieron con la calavera de este hombre que por sus características morfológicas no es de origen maya, los expertos que también coordinan el Proyecto Culto al Cenote han impreso en tercera dimensión una pieza de cerámica hallada en el mismo cenote de Holtún. Para Guillermo de Anda, la captura digital de estos elementos tiene un alto potencial didáctico y de difusión.

A finales de mayo, un grupo de arqueólogos, biólogos, geólogos e innovadores tecnológicos, entre los que se encuentra Corey Jaskolski, iniciarán formalmente las tareas del Gran Acuífero Maya, una importante iniciativa que suma los esfuerzos del INAH, la National Geographic Society, la Universidad Tecnológica de la Riviera Maya, el Banco de Desarrollo de América Latina (CAF) y el Aspen Institute Mexico.

El Gran Acuífero Maya es un proyecto multidisciplinario que ha iniciado con la localización de sitios en superficie y la toma de muestras de agua en algunos de ellos. La iniciativa tiene un componente antropológico que busca comprender la relación entre las poblaciones mayas actuales y el cenote, sobre el respeto o no, que se mantiene sobre estos sistemas que son símbolo del inframundo, de la dualidad día-noche, frío-calor, esterilidad-fertilidad y vida-muerte.

“En los 10 sitios de Quintana Roo en los que se comenzará el registro, se harán caracterizaciones específicas, de tipo biológico, de la bioquímica del agua y, sobre todo, de la vinculación de las poblaciones con los cenotes cercanos. La zona maya de Chumpón-Carrillo Puerto-Chan Santa Cruz representa un reducto muy importante en términos culturales, porque ahí se libró la Guerra de Castas y aún hoy existe una guardia que custodia la Cruz Parlante”.

Gran parte de los trabajos de reconocimiento del sistema de cenotes de la península de Yucatán se ha concentrado en la zona de Tulum, Quintana Roo, “una de las más importantes para la arqueología en América”, porque ahí (incluido el sitio Hoyo Negro) se ha localizado una decena de esqueletos de hombres tempranos y una importante cantidad de fauna extinta del periodo Pleistoceno: gonfoterios, mamuts, perezosos gigantes, tigres dientes de sable y osos.

Guillermo de Anda dijo que también se busca que la información obtenida por el Gran Acuífero Maya, complemente en parte el esfuerzo que la Subdirección de Arqueología Subacuática realiza a través del Proyecto Atlas Arqueológico Subacuático para el Registro, Estudio y Protección de los Cenotes en la Península de Yucatán. Para ello, la SAS proporcionó las cédulas que se utilizan en este tipo de investigaciones y que fueron implementadas por la propia Subdirección en conjunto con la Dirección de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicas del INAH.

El objetivo de este proyecto es contribuir a complementar la base de datos digital ya iniciada por el INAH sobre los cenotes de la península de Yucatán, una empresa de largo plazo cuya base reside tanto en un sofisticado programa computacional, como en la pericia de los arqueólogos subacuáticos, porque se requiere de las habilidades del espeleólogo, del buzo y, por supuesto, de la técnica arqueológica para registrar contextos que están en promedio a 30 metros de profundidad, bajo mínimas condiciones de luz y con oxígeno en cuenta regresiva, como la puesta en marcha de un reloj de arena.

“Las reproducciones obtenidas de esta captura de datos podrán usarse en diversas aplicaciones de realidad virtual, como pantallas de cúpula de 360°, museos virtuales, modelos interactivos, en revistas digitales y pantallas de realidad aumentada. Todas ellas, oportunidades para que el mayor número de personas se ‘sumerja’ en el fondo del Gran Acuífero Maya”.

Holtún, una ofrenda para equilibrar las fuerzas del universo

Las piezas hasta ahora impresas en 3D: un par de cráneos humanos, una vasija y los restos de un cánido, proceden de la citada ofrenda del cenote Holtún de Chichén Itzá, la cual permanece inalterada.

De Anda informó que ya se cuenta con el modelo virtual completo de la plataforma de 20 m de ancho en la que se halló la ofrenda y del millar de materiales de la oblación prehispánica, que incluye cerámica, restos óseos de una decena de humanos, huesos de animales, cuentas de jade, malacates, esculturas que representan a un hombre-jaguar, atlantes y portaestandartes. En estos momentos se trabaja en los modelos de sus paredes y en el fondo del mismo.

Para el arqueólogo, la ofrenda es el testimonio de “un esfuerzo desesperado por ir a las entrañas donde residía el dios Chaac (dios maya de la lluvia) y rogar por su subsistencia, porque las sociedades mesoamericanas, entre ellas la maya, eran agrícolas y dependían de la lluvia”. Aunque actualmente se encuentra inundada, es posible que en la época prehispánica el espejo de agua tuviera un nivel más bajo que el actual.

“Esto coincide con estudios que han realizado paleoclimatólogos, entre ellos Mark Brenner, quienes señalan que para el periodo Clásico Terminal-Posclásico Temprano (800-1200 d.C.) ocurrieron grandes sequías, lo cual pudo incidir en el descenso del manto freático”. Para pedir clemencia, los mayas bajaron al cenote Holtún y transportaron estos materiales que fueron dispuestos de forma simbólica.

Guillermo de Anda ha conceptualizado un cosmograma para la antigua Chichén Itzá. El centro de éste es la pirámide El Castillo y sus cuatro rumbos están marcados por los cenotes Holtún, Sagrado, Xtoloc y Kanjuyum, a una distancia de 2,600 m, 400 m, 500 m y 1,700 m, a manera de cruz con respecto a la edificación.

Con anterioridad, el arquitecto Ignacio Marquina, experto en arquitectura prehispánica, y el astrónomo estadounidense John B. Carlson habían manifestado la posible existencia de un cosmograma para Chichén Itzá, pero en aquel momento faltó la referencia de los cenotes Holtún y Kanjuyum. Ahora esto cobra un sentido mayor tras el anuncio por parte del doctor René Chávez, del Instituto de Geofísica de la UNAM, de que El Castillo se desplantó sobre un cenote.

“Pareciera que para esta última fase constructiva de Chichén Itzá, entre los siglos IX y XI, se tomó en cuenta el cosmograma, el cual alude a una idea compartida con el resto de Mesoamérica, donde el universo era comprendido como un plano horizontal con cuatro rumbos y una quinta dirección como eje justo en el centro”, concluyó Guillermo de Anda.

Descubren bajorrelieve de felino estilo olmeca en Morelos

*Con éste, suman ya ocho las imágenes de félidos de estilo olmeca grabadas en cinco monumentos distintos, en las laderas del Cerro Chalcatzingo **Varios de los relieves conformaron un discurso que estuvo expuesto en la cara pétrea de esta elevación, considerada un santuario junto con el Cerro Delgado

 

Más de 80 años después de que Eulalia Guzmán llegara al Cerro Chalcatzingo, en Morelos, para registrar cuatro piedras con relieves que habían quedado al descubierto tras el paso de una tromba; arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) continúan con el hallazgo de bajorrelieves en las faldas del macizo rocoso, al que se suma uno más, recientemente encontrado, con la representación de un felino de estilo olmeca, cuya antigüedad se calcula en más de dos mil 500 años.

Durante la pasada Semana Santa, uno de los trabajadores del sitio, ubicado en el municipio de Jantetelco, resbaló sobre una piedra irregular (una andesita de aproximadamente 4 por 2 metros), y detectó unas líneas en su superficie. Luego del aviso, especialistas del INAH procedieron a su exploración, y revelaron una escena en la que un felino que porta una máscara bucal en forma de pico de ave, sostiene a un hombre, cuyo rostro fue mutilado en la época prehispánica como una forma de desacralizar el monumento.

Los arqueólogos Mario Córdova Tello y Carolina Meza Rodríguez, directores del Proyecto Arqueológico Chalcatzingo y de esta zona arqueológica, respectivamente, informaron que con este hallazgo suman ya ocho representaciones de felinos (probablemente jaguares), registradas en cinco monumentos distintos de las laderas del Cerro Chalcatzingo, que integran lo que han denominado El sendero de los felinos.

Salvo algunos bajorrelieves que se han encontrado in situ, entre ellos los registrados por Eulalia Guzmán, como es el caso de El Rey, también conocido como El dador de Agua, de la mayoría se desconoce su contexto original, a causa de derrumbes del macizo rocoso. No obstante, deducen que todos conformaron un discurso continuo que estuvo expuesto en la cara norte del Cerro Chalcatzingo, considerado un santuario junto con su gemelo, el Cerro Delgado, porque visualmente ambas montañas evocan una imagen sagrada.

El reciente hallazgo ha sido denominado Monumento 45, dado el número de piezas —entre bajorrelieves, estelas y altares (asociados a arquitectura temprana)— registradas hasta el momento en la Zona Arqueológica de Chalcatzingo, y los cuales datan de diferentes periodos, principalmente del Preclásico Medio (800-500 a.C.).

Ambos reparan en que los bajorrelieves de estilo olmeca hallados a pie de monte tienen una orientación oriente-poniente, en el sentido de nacimiento y ocaso del sol, posición en la que también aparecen los personajes, entre ellos los felinos (jaguares, pumas y otros félidos locales) que comúnmente están asociados a la oscuridad y a los montes donde nace el agua, los altépetl, de los que el Cerro Chalcatzingo es un claro ejemplo.

Salvo el monumento llamado Tríada de felinos (descubierto por este mismo equipo de trabajo en 2011), en todos los relieves del sendero que inicia con La creación del hombre y concluye con el último hallazgo, convergen figuras antropomorfas y zoomorfas, sobre todo serpientes aladas y felinos con máscaras que rematan en pico de ave, con símbolos asociados a la fertilidad y la lluvia (la doble vírgula o los chalchihuites), e incluso a la flora endémica, como la representación de la bromelia, que es el distintiva de Chalcatzingo.

El maestro Mario Córdova comentó que el auge de Chalcatzingo en el periodo Preclásico Medio (800-500 a.C.), coincide con la influencia que ejerció La Venta, en Tabasco. Chalcatzingo se ubica a 500 km al oeste de La Venta, en una zona que es paso obligado para llegar al centro de México o a la costa del Pacífico, desde el área del Golfo de México.

Sin embargo, tanto para Córdova como para Carolina Meza, lo anterior no quiere decir que los olmecas se emplazaran en Chalcatzingo sin que hubiera un sincretismo, en todo caso, llevaron un estilo, una técnica escultórica y una cosmovisión, entre otros aspectos, de los que se apropiaron los grupos oriundos y los transformaron con variantes particulares.

A manera de hipótesis, el arqueólogo Mario Córdova explicó que el friso, que debió estar en la cara norte del Cerro Chalcatzingo y del que formó parte el relieve recién ubicado, podría haber aludido al establecimiento de un linaje sagrado, porque en las escenas los hombres y los animales fantásticos parecen estar copulando, “podría ser una alianza entre un ser divino, en este caso el jaguar que es un animal temido, y el hombre”, el cual adoptaría totalmente las características del felino en los relieves de La Procesión o El Rey, y en donde ya no aparecen personajes zoomorfos.

“Además de los bajorrelieves, altares y estelas, con los años hemos ubicado áreas donde se practicó el autosacrificio, porque recuperamos un centenar de punzones de obsidiana, muchas vasijas, elementos arquitectónicos como terraplenes y plataformas, que nos hablan de que para el Preclásico Medio (800-500 a.C.), aquí había espacios urbanos con templos y una sociedad establecida con una religión en la que se veneraba a ciertos dioses que van a perdurar en toda Mesoamérica”.

La directora de la zona arqueológica, Carolina Meza, informó que con el apoyo de un equipo de la Universidad del Sur de Florida, Estados Unidos, se ha trabajado en el escaneo de una decena de monumentos.

La representación fiel de éstos en una escena virtual permitirá avanzar en la conservación, investigación y la difusión de estos elementos, porque permite observar detalles no perceptibles a simple vista. Por ello, el Monumento 45 también será escaneado con miras a buscar su mejor preservación debido a los daños que presenta por efecto del intemperismo.

Con el fin de minimizar la acción de estos factores, desde 2010 se puso en práctica un programa de elaboración de cubiertas de protección, con la colaboración de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH. Como medida inmediata se instaló una para proteger el monumento recién hallado.

Descubren nuevo “centro cósmico” en Teotihuacán

Arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) exploran por primera vez las entrañas de la Plaza de la Luna, en Teotihuacan, y se han encontrado con lo que, desde una vista aérea, podría simular un paisaje lunar repleto de cráteres: fosas en cuyo interior se hallan estelas lisas de piedra verde, conductos que marcan al centro de este espacio los rumbos del universo y una serie de horadaciones que contenían cantos de río, un código simbólico que los antiguos teotihuacanos elaboraron en las primeras fases de la urbe, hace mil 900 años.

“Nos encontramos frente a un nuevo ombligo de la ciudad, frente a un nuevo centro cósmico”, informó la doctora Verónica Ortega Cabrera, directora del proyecto de investigación que busca indagar en el corazón de la Plaza de la Luna, un sector de suma importancia dentro de la antigua metrópoli, en el que desemboca, al norte, la Calzada de los Muertos, el gran eje del espacio sagrado de la gran ciudad del Altiplano Central.

Las excavaciones se han enfocado frente al Edificio Adosado de la Pirámide de la Luna, en la llamada Estructura A, un patio cerrado de 25 m por lado y con 10 pequeños altares dentro de él. Las tareas intentan indagar en lo que yace en el subsuelo de esta edificación, en busca de los orígenes del espacio ritual de la Plaza de la Luna, y que debió ser muy distinto a lo que ahora ve el visitante.

A partir de pozos de sondeo realizados en la Estructura A y en la parte central de la Plaza de la Luna, más los resultados de estudios del subsuelo obtenidos con base en el uso de radar de penetración terrestre, los arqueólogos han comenzado a reconocer una serie de alteraciones hechas por los teotihuacanos, que daba a esta área una imagen muy distinta a la que hoy se observa: la de una plaza delimitada por 13 basamentos y la Pirámide de la Luna, arquitectura que fue levantada en las fases finales de Teotihuacan (350-550 d.C.).

“La Plaza de la Luna no era como la vemos actualmente. Estaba llena de hoyos, canales, estelas, los edificios quedaban mucho más retirados, y la Pirámide de la Luna era de menores dimensiones.

“El tepetate que conforma la superficie de la Plaza de la Luna fue modificado”. Semejante a la cara de un queso gruyer —continuó Verónica Ortega—, “se han identificado más de 400 oquedades usadas a lo largo de cinco siglos, pequeños hoyos de 20-25 centímetros de diámetro y cuyas profundidades oscilan los 30 centímetros; éstos se hallan en toda la extensión de la plaza, aunque se concentran más en ciertas áreas. En muchos de ellos había piedras de río, traídas de otro lugar”.

El proyecto de investigación coordinado por Verónica Ortega comenzó en 2015 con cinco meses de trabajo, y este año se retomaron a inicios de abril y concluirán a fines de julio próximo. El hallazgo de las primeras fosas en el subsuelo de la Estructura A (que contiene varias divisiones internas, formando cinco partes) se suscitó con la excavación de pozos de sondeo para identificar la secuencia constructiva de esta sección de la plaza.

“Años atrás el arqueólogo Otto Schöndube dijo que la Estructura A tenía una planta que semejaba a un “quincunce” o “cruz teotihuacana”, que está asociada a un orden cosmológico, pero no había más elementos para entender esto. Cuando hallamos estas fosas y las estelas de piedra verde empezamos a generar la idea de que, efectivamente, fue un espacio con una carga simbólica que une la parte subterránea, el inframundo, con el plano celeste”, detalló.

Hasta el momento —dado que es posible que en futuras excavaciones se encuentren más—, se han ubicado cinco estelas completas dentro de fosas, un par de ellas juntas. Las alturas y pesos de las estelas varían de 1.25 a 1.50 m, y de los 500 a los 800 kilos. A la espera de los análisis que el doctor Emiliano Melgar efectúa en el Taller de Arqueología Experimental en Lapidaria del Museo del Templo Mayor, es posible que la piedra con que fueron hechas provenga de la región de Puebla, al igual que otra decena de estelas halladas en Teotihuacan.

Las estelas se posan en espacios de 60 cm y los 3.50 y 4 m de profundidad. De acuerdo con Verónica Ortega, las fosas dentro de las que están debieron ser excavadas desde las primeras etapas de la ciudad, alrededor del año 100 d.C., justo en el momento en el que se edificaba la Pirámide del Sol, y cuando se levantaba la primera etapa constructiva de la Pirámide de la Luna.

Este sistema de fosas debió perdurar al menos 500 años, porque hay evidencias (rellenos de material cerámico) de que, alternativamente, fueron abiertas y selladas. También es probable que las estelas dispuestas en su interior, originalmente estuvieran en alguno de los templos que coronaban los basamentos de la plaza, “y que en un momento dado, los teotihuacanos decidieron darles un espacio final. Las estelas eran usadas para sacralizar el espacio o legitimar el poder asignado a las deidades”.

Verónica Ortega, subdirectora de la Zona Arqueológica de Teotihuacan, adelantó una hipótesis: “Aunque tenemos un contexto aún por comprender en su totalidad, éste nos habla de la importancia de la piedra verde y de su vinculación con las deidades acuáticas, aquí (la Plaza de la Luna) se han encontrado las esculturas más grandes de la diosa de la fertilidad Chalchiuhtlicue, y es probable que el culto en este lugar estuviera íntimamente relacionado con ella”.

El equipo del INAH tuvo la oportunidad de ampliar las excavaciones hacia el centro de la Plaza de la Luna, y se percató de que toda la superficie tiene modificaciones, previas al piso final. “Hay una gran cantidad de oquedades, es probable que como parte de un programa simbólico, ceremonial, ritual, la gente llegara a este espacio abierto y depositara cantos de río en estas horadaciones, tal vez en una idea de propiciar la fertilidad”.

Otro hallazgo relevante fue la ubicación, a escasos 10 cm de profundidad, de dos canales asociados al altar central de la Plaza de la Luna. Verónica Ortega anotó que estos conductos tenían igualmente una función simbólica y no como desagüe. Ambos parten —respectivamente— de las escalinatas norte y sur del altar, hacia esos puntos cardinales, y alcanzan una longitud de 25 metros, abarcan entre 1.50 y 2 m de ancho, y tienen una profundidad de hasta 3 m.

Salvo las excavaciones hechas en la Pirámide de la Luna y en el Conjunto del Quetzalpapálotl, éstas son las únicas exploraciones realizadas en la Plaza de la Luna, porque los trabajos encabezados por el arqueólogo Ponciano Salazar, en los años 60, estuvieron abocados a la liberación y restauración de los edificios de este espacio.

“Por primera vez se sabe que el espacio abierto no necesariamente está vacío de evidencia arqueológica. En general, los espacios públicos de Teotihuacan; La Ciudadela y las plazas de las pirámides del Sol y la de la Luna, tuvieron un simbolismo más allá del que vemos al final como un programa arquitectónico, urbanístico. Tal vez para sacralizar esos espacios hicieron este tipo de modificaciones. En verdad hay todo un inframundo por conocer”.

Arqueólogos, arquitectos, restauradores, diseñadores industriales, forman parte del Proyecto Estructura A, Plaza de la Luna, cuyo objetivo primordial es contar en un mediano plazo con un mapa completo de toda esta zona y con fechamientos precisos de su secuencia ocupacional, lo que incluye estudios de arqueomagnetismo con la colaboración de expertos del Instituto de Física de la UNAM.