Tumbas faustosas inmortalizaron a gobernantes mesoamericanos

*** Eduardo Matos describe los hallazgos de este tipo de sepulcros, realizados por Alfonso Caso, Alberto Ruz, Leonardo López Luján y Arnoldo González Cruz ** La Tumba 7 de Monte Albán, el Templo de las Inscripciones de Palenque, entre otras muestran la grandeza con la que los gobernantes iniciaban su viaje al mundo de los muertos

Para las antiguas civilizaciones mesoamericanas los ritos mortuorios tenían gran relevancia, ya que representaban el inicio de un largo viaje al inframundo, el lugar de los muertos. Para ese trayecto entre la vida y la muerte, a los gobernantes se les colocaban ofrendas ricamente adosadas con oro, piedras verdes, animales y vasijas, pero además les construían tumbas fastuosas con las que lograron pasar a la inmortalidad.

 

Durante el siglo XX, muchos de esos sepulcros fueron abiertos como una ventana al pasado, en la que arqueólogos como Alfonso Caso, Alberto Ruz Lhuillier, Leonardo López Luján y Arnoldo González Cruz desenterraron parte de la historia de los personajes ahí depositados.

 

El maestro Eduardo Matos Moctezuma, investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), realizó recientemente un estudio en el que describe detalladamente el momento en que localizaron la Tumba 7 de Monte Albán, en Oaxaca; la de Pakal II, en el Templo de las Inscripciones, y la de la Reina Roja en el Templo XIII de Palenque; y la de Ahuítzotl, que podría hallarse frente al Templo Mayor, entre otras.

 

El arqueólogo explicó que las culturas mixteca, mexica y maya tenían diferencias, pero también similitudes, por ejemplo, contaban con muchos mitos sobre la muerte. “Les aterraba perder la vida, por eso imaginaban una serie de lugares a donde irían después de su paso por la tierra. Lo cierto es que sus cuerpos no irían a ningún lado, y las ofrendas quedaron como testigos de su grandeza y del poder que alcanzaron”.

 

Matos describe en su libro Grandes Hallazgos de la Arqueología. De la muerte a la inmortalidad cómo decanos de la arqueología mexicana, como Alfonso Caso y Alberto Ruz Lhuillier, localizaron —cada uno en su momento— la Tumba 7 en Monte Albán y la de Pakal II, en Palenque. Además del hallazgo del sarcófago de la Reina Roja, por Arnoldo González, y la lápida sepulcral de Ahuítzotl enfrente del Templo Mayor, descubierta por Leonardo López Luján.

 

 

La Tumba 7

La Tumba 7 fue localizada por Alfonso Caso en 1932 en Monte Albán, una de las ciudades más antiguas de Mesoamérica, fundada por los zapotecos en el año 500 a.C.; su hegemonía en los Valles Centrales de Oaxaca duró varios siglos, su apogeo fue entre el 200 y 750 d.C., época en que convivió con otras ciudades como Teotihuacan y Cholula.

 

A finales de los años veinte y principios de los treinta del siglo pasado —destaca  Matos Moctezuma—, Alfonso Caso se dio a la tarea de estudiar las culturas zapotecas y mixtecas que ocuparon lo que es hoy es el estado de Oaxaca.

 

En su primera temporada de trabajo, que comenzó el 6 de enero de 1932, realizó exploración en la plataforma Norte y en varias tumbas. La asignada con el número 7 resultó ser la más interesante; corresponde a la Época III de Monte Albán (200 -750 d.C.), y fue reutilizada en la Época V Tardía (1300-1521 d.C.).

 

En el sepulcro, que constaba de una cámara y una antecámara, Alfonso Caso encontró nueve esqueletos distribuidos, uno en el fondo de la tumba, tres cerca del muro sur de la segunda cámara, uno en el muro norte y cuatro en el lumbral y en parte de la primera cámara.

 

Caso contó con el apoyo del doctor Daniel Rubín de la Borbolla, quien estudió los restos y llegó a la conclusión de que las osamentas fueron removidas de otros lugares y colocadas en la Tumba 7, y debieron pertenecer a personajes mixtecos de alta jerarquía.

 

Entre las piezas que componían la ofrenda funeraria destaca un pectoral de oro en forma de caballero tigre, vasijas de alabastro, anillos, una cabeza de ave con los ojos de oro, una cabeza de águila, que en la parte de atrás tenía una capa de oro, un mango de abanico, una diadema, varios pendientes, collares de jade, caracoles, el rostro de Xipe Tótec, dios de los joyeros, el cual pudo servir como un broche de cinturón, porque se encontró cerca del hueso ilíaco, entre otros objetos.

 

Pakal II

Años después, otro destacado arqueólogo, Alberto Ruz, se internó en la selva chiapaneca para realizar una temporada de campo en Palenque, ciudad maya que tuvo gran influencia en la región durante el periodo Clásico (600-800 d.C.). El sitio fue visitado desde el año 1730 por el canónigo Ramón de Ordóñez, pero fue el 15 de junio de 1952, cuando se descubrió la cámara funeraria de Pakal II.

 

K’inich Janahb Pakal, mejor conocido como Pakal II, es el nombre con el que se ha identificado al gobernante cuyo cuerpo fue depositado en el sarcófago de piedra caliza encontrado en el Templo de las Inscripciones. Su mandato se extendió del 26 de julio del año 615 d.C. hasta el momento de su muerte, el 28 de agosto de 683 d.C., lo que significa que gobernó más de sesenta años.

 

El ingreso de Alberto Ruz a la cámara funeraria no fue sencillo —narra Matos—,  porque la escalinata interior del Templo de las Inscripciones estaba rellena de piedras; a medida que era liberada se encontraron una serie de ofrendas y entierros, que hablan de la sacralidad del lugar.

 

“Mientras excavaba los entierros, se percató que hacia el lado norte se encontraba una puerta triangular. Ruz retiró una parte de las piedras y entonces pudo ver el interior de la cámara: una lápida que ocupaba buena parte de la misma, y sobre ella diversos objetos, entre ellos fragmentos de jade, pendientes de piedra, placas de nácar y concha marina”, explica el especialista.

 

Dentro de la cripta encontraron un sarcófago de piedra cubierto por una lápida tallada, y en su interior las paredes estaban pulidas y pintadas con pigmento rojo de cinabrio. La tumba contenía los restos óseos de un individuo que había sido enterrado con sus joyas puestas y amortajado en un sudario pintado de rojo, cuya tela se desintegró, adhiriéndose el pigmento en los huesos y en las joyas.

 

“Ruz hizo un registro detallado del esqueleto como de las joyas encontradas: máscara formada por mosaicos de jade, ojos de concha e iris de obsidiana, pendientes de jade, una diadema; cinco perlas, orejeras, peto de 189 cuentas, dos pulseras de jade, dos narigueras, diez anillos de jade, cuentas de jade cercanas a los pies, cinco figurillas de jade y alfileres de hueso”, añadió Matos Moctezuma.

 

La reina roja

Cuatro décadas después, en 1994, Arnoldo González encontró una nueva tumba en el Templo XIII de Palenque, muy cerca del Templo de las Inscripciones, en la que se encontraron los restos de una mujer a la que llamaron la “Reina Roja”. Al igual que Pakal, fue enterrada con individuos sacrificados y un ajuar fastuoso, que consistió en máscara, diadema, cuentas de jadeíta, perlas y hachuelas. Los dos sepulcros corresponden al periodo Otulum, entre el 600 y 700 d.C.

 

De acuerdo con las representaciones localizadas en tableros, así como estudios de ADN, antropología física y epigrafía, la señora Tz´ak-b’u Ajaw, esposa de Pakal, fue enterrada en dicha edificación.

 

 

 

Ahuítzotl

En su investigación, Matos Moctezuma también hace referencia a la tumba del tlatoani mexica Ahuítzotl, que podría estar bajo el monolito de Tlaltecuhtli, localizado en  2006 en la Casa de las Ajaracas, frente al Templo Mayor, por Leonardo López Luján.

 

Esta suposición parte de un glifo tallado en la garra de Tlaltecuhtli (diosa de la tierra) con la fecha calendárica 10 conejo que remite al año 1502, cuando murió el octavo gobernante tenochca. Además de que las fuentes históricas señalan que varios gobernantes fueron cremados frente al Templo Mayor, y sus cenizas fueron colocadas en un edificio llamado Cuauhxicalco.

 

Fernando de Alvarado en Crónica mexicana narra que los sacerdotes hacían una tumba muy alta, que llamaban tlacochcalli, y otra que llamaban tzihuac calli, donde depositaban el cuerpo del rey, mientras que los sacerdotes cantaban y agregaban  madera seca que prendían.           

 

Los seis esclavos que serían sacrificados en honor a Ahuítzotl eran ataviados con plumaria, armas, orejeras y oro del gobernante. Al día siguiente los sacerdotes recogían las cenizas, las colocaban en una olla nueva y la enterraban en el Cuauhxicalco, sin embargo, hasta el momento no se han encontrado los restos del tlatoani.

Elena Seróva, cuarta mujer rusa en llegar al espacio

Cimacnoticias/PL | Moscú.- Única mujer rusa en una expedición espacial internacional después de casi 20 años, Elena Seróva dejó probada fe de la capacidad femenina para cumplir misiones complicadas en la ingravidez.

 

Casi una década en la brigada de cosmonautas y dos de entrenamiento como ingeniera de vuelo de la futura tripulación 41/42 a la Estación Espacial Internacional (EEI) no pasaron en vano.

 

Seróva, de 38 años, oriunda del lejano oriente ruso, pasó a formar parte de la historia de la cosmonáutica y del selecto grupo de leyendas femeninas, tras convertirse en la cuarta astronauta del país europeo desde la hazaña protagonizada por la soviética Valentina Tereshkova.

 

Primera en el mundo, Tereshkova voló el 16 de junio de 1963 en la nave tripulada Vostok-6, luego que su compatriota Yuri Gagarin (1961) tendiera a la humanidad la estela hacia las estrellas.

 

Hasta la tripulación 41, todavía en la EEI, el predominio masculino en el segmento ruso por la agencia Roscosmos era absoluto.

 

La piloto de prueba y candidata a cosmonauta Nadezhda Kuzhelnaya se preparó durante 10 años para una misión espacial, sin conseguirlo.

 

Así, en más de medio siglo sólo tres, dos soviéticas y una rusa aparecían en los anales de la epopeya estelar. Svetlana Savitskaya realizó dos vuelos orbitales, en 1982 y 1984, y fue la primera mujer en salir al espacio abierto, en una caminata el 25 de julio de 1984.

 

Una década después, Elena Kondakova integró la misión a la estación Mir (1994-1995) y en 1997 formó parte de la tripulación estadounidense en la nave Atlantis, como especialista invitada.

 

Fue dueña absoluta, hasta ese entonces, del récord mundial por la duración de vuelo entre las mujeres, al permanecer 178 días en la ingravidez.

 

Luego vendría un periodo de prolongado vacío y de escasas posibilidades para quienes se inclinaban por las profesiones de riesgos y de exigente integralidad, en una fase de profundas transformaciones a nivel de país y de mentalidad.

 

Entre 2006 y 2011, Seróva era la única mujer en la brigada de cosmonautas a la que se incorporó un año después Anna Kikina, como miembro pleno y candidata a ingeniera de vuelo.

 

Mientras entrenaba para su viaje en la nave Soyuz TMA-14M, programado para septiembre de 2014, pasó por todas las pruebas que requería un ingeniero de vuelo, en “igualdad con los hombres”, según declaró en una de las entrevistas.

 

Debió demostrar habilidades para sobrevivir en el agua, un virtual aterrizaje de emergencia o esperar un rescate en la gélida taiga (zona boscosa cercana al ártico).

 

Luchó no sólo contra los obstáculos físicos que las severas pruebas imponían, sino contra prejuicios, estereotipos preconcebidos en la cuestión de género y supuestos fatalismos atribuidos al mal llamado “sexo débil”.

 

Cuando llegué al Destacamento de Cosmonautas no pude presumir que era una deportista desarrollada, tuve que demostrar fortaleza e integralidad. Nos tocaba (a las mujeres) trabajar dos veces más que los hombres, para demostrar “que estaba en forma”, evocó Seróva.

 

SUEÑO HECHO REALIDAD

 

El disparo del cohete portador Soyuz-FG a las 00:25 horas de Moscú, del pasado 26 de septiembre, con la nave TMA-14M, desde la plataforma de lanzamiento Gagarin, en el cosmódromo de Baikonur, en la República de Kazajistán (centro de Asia), puso fin a un sueño y a una espera de casi una década.

 

Seróva era ya la cuarta cosmonauta y piloto de prueba rusa, como parte de la expedición 42, para una misión de 170 días en la órbita junto a su compatriota y comandante de vuelo Alexandr Samokutiáev, por Roscosmos, y el astronauta norteamericano Barry Wilmore.

 

Tras un vuelo “express”, denominado así porque consiste en circunvolar solo cuatro veces la Tierra, la nave acopló seis horas después con el módulo Poisk (MIM-2) de la EEI.

 

Los imprevistos técnicos surgidos con una de las baterías solares, que no se desplegó a tiempo para el acoplamiento en régimen automático, no eclipsaron en modo alguno el protagonismo de la presencia de una mujer rusa, en un viaje al exterior de la Tierra, después de un lapso de casi 20 años.

 

En una misión de poco más de cinco meses, los tripulantes de la expedición 42 realizarán un amplio programa de investigaciones aplicadas y unos 40 experimentos, así como trabajos con tres cargueros rusos Progreso y la nave europea ATV.

 

El programa ruso de la EEI incluye una caminata espacial de Samokutyaev y su colega Maxim Suraev.

 

Con ese vuelo, ascienden a 58 las mujeres en viajar al cosmos, de las cuales 45 son estadounidenses, y cuatro soviéticas y rusas; además de Canadá (2), China (2), Japón (2), Francia (1), Reino Unido (1) y Corea del Sur (1).

 

De todas, sólo 11 se adjudicaron otra hazaña con una caminata espacial, incluida la soviética Svetlana Savitskaya y 10 astronautas norteamericanas.

 

Susan Helms realizó una salida de ocho horas y 56 minutos (2000), mientras su compatriota de la NASA Sunita Williams (2006) permaneció 50 horas y 40 minutos a espacio abierto en siete excursiones fuera de la nave.

 

De momento, el récord de permanencia en la EEI recae en la estadounidense Peggy Whitson (2008), con más de 376 días en dos misiones, mientras que el vuelo más prolongado de una mujer sigue siendo el de Williams, de 194 días y 18 horas.

 

Un nuevo enfoque visualizado al profesionalismo, la tenacidad y dedicación, más que en mitos y estereotipos sexistas regeneran las esperanzas de un futuro destacamento de mujeres cosmonautas rusas, una asignatura pendiente desde la primera brigada, la de los discípulos de Gagarin.

 

*Corresponsal de Prensa Latina en Rusia.

Ciudad de México, la más cosmopolita de la época virreinal

En el siglo XVII no había una ciudad en todo el orbe que alojara una sociedad tan cosmopolita, pluriétnica, mestizada, multirracial y pluricultural, como la virreinal Ciudad de México, “un fenómeno único”, manifestó el historiador Antonio Rubial García, al conversar sobre el nuevo orden social establecido tras la Conquista en el ciclo La Plaza Principal, su entorno y su historia, organizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

 

En la actualidad, tal particularidad sólo sería equiparable con Nueva York, consideró el académico, porque a la capital de la Nueva España “acudían españoles procedentes de la península Ibérica, italianos, flamencos, alemanes (muchos de ellos habían españolizado su nombre), esclavos venidos de las colonias portuguesas en África: Guinea, el Congo, Mozambique; gente de Asia: chinos, filipinos, hindúes, vietnamitas, camboyanos, muchos de ellos habían llegado también como esclavos y habían comprado su libertad”.

 

A esa complejidad representada por población de los tres continentes: Asia, Europa, África, y que tenía el castellano como lengua de contrato, debe agregarse la diversidad indígena. “Había colonias de mixtecos y zapotecos con su propia capilla, y prácticamente todas las etnias estaban alrededor de esta gran ciudad: matlatzincas, mazahuas, otomíes, nahuas”.

 

“Obviamente estamos ante un fenómeno único, una sociedad cosmopolita, pluriétnica, mestizada, multirracial y pluricultural”, dijo Antonio Rubial, de modo que para el siglo XVIII no había una ciudad comparable en todo el orbe, “ni Ámsterdam, ni alguna colonia inglesa o la capital de otro virreinato español como Lima”, señaló el profesor de la UNAM en la conferencia dictada en el Museo del Templo Mayor.

 

El espacio arquitectónico como tal quedó plasmado en piezas como los biombos denominados urbs; mientras, la jerarquización se reflejó en los denominados civitas, vistas de la gente realizando sus actividades, que son la mejor manifestación de la sociedad pluriétnica y mestizada de la virreinal Ciudad de México, concluyó Antonio Rubial.

 

Estas vistas, civitas, también dejan de manifiesto el espacio público, las acequias y las plazas, como lugar del comercio ambulante y establecido —“que no es ninguna novedad, siempre ha sido así y parece que siempre será”—, pero también de fiesta, donde se expresaba la jerarquización social y al mismo tiempo se daba una “ruptura momentánea” de un sistema muy rígido, expuso.

 

Trescientos años después, la actual capital de la República Mexicana sigue conservando “valores y un sentido de identidad”, como es ese uso del espacio público para el comercio y la fiesta popular, propios de una sociedad de “antiguo régimen”, expresó el autor de títulos como Los libros del deseo y Monjas, cortesanos y plebeyos. La vida cotidiana en la época de sor Juana.

 

Esa sociedad, explicó, debía obediencia al rey y al papa, estaba configurada por estratos: clérigos, nobles y plebeyos; así como por corporaciones mediante las que se establecían los derechos y obligaciones civiles.

 

Contrario a la idea de que la sociedad virreinal era de castas, realmente en ésta —precisó Antonio Rubial, Premio Universidad Nacional 2008— era posible el ascenso social a través de méritos, de modo que un mulato podía llegar a ser un clérigo destacado.

 

Asimismo, el estatus social no era indicativo, como hoy en día, de la condición económica, de manera que un plebeyo podía ser un próspero comerciante indígena, y un español con título de “Don” “podía ser un Don Nadie”.

 

Tras la Conquista, la Ciudad de México quedó dividida en una República de Españoles, con un cabildo, y cinco barrios indígenas regidos por los cabildos de San Juan Tenochtitlan y Santiago Tlatelolco. Además de los cabildos, otro cuerpo social eran las corporaciones, hermandades laico-religiosas como las cofradías, donde los distintos grupos sociales establecían nexos y responsabilidades.

 

El clero, en particular las órdenes religiosas, también manifestaba su poder a través del espacio mismo de la capital novohispana. Los conventos, hospitales y escuelas, entre otros, eran administrados por franciscanos, dominicos y jesuitas.

    

El ciclo La Plaza Principal, su entorno y su historia#se lleva a cabo en el Museo del Templo Mayor, y continuará el próximo jueves 16 de octubre con la ponencia titulada La Catedral y el espacio virreinal. Significado y arquitectura, por Sergio Zaldívar. 18:00 horas. Entrada libre.

Celebra 15 años proyecto Etnografía de las regiones indígenas

Con diferentes análisis para plantear metodologías que permitan afrontar los desafíos del México contemporáneo, el proyecto Etnografía de las regiones indígenas en el nuevo milenio celebra 15 años de su instauración respondiendo a su objetivo inicial: dar cuenta de la vitalidad, singularidad, fuerza y expresividad cultural de los pueblos originarios de nuestro país.

 

Bajo esta premisa y como una respuesta a las demandas surgidas de estas comunidades en los años 90, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) se propuso desde la academia abordar “las distintas maneras de ser mexicano” en este siglo XXI, expresó Diego Prieto Hernández, coordinador nacional de Antropología al inaugurar el coloquio.

 

“El INAH tuvo que volver la vista a los pueblos indígenas contemporáneos y recuperar la idea de que nuestro patrimonio no se reduce al legado monumental, a nuestro glorioso pasado o a las tradiciones históricas, sino a la heterogeneidad de identidades culturales que caracterizan este país”, dijo el antropólogo en el encuentro que tiene lugar en el Museo Nacional de Antropología, y culminará el viernes 10 de octubre.

 

Anunció que el proyecto Etnografía de las regiones indígenas en el nuevo milenio tomará estos primeros 15 años como “punto de arranque” para impulsar un gran programa nacional en que tendrán cabida todos los especialistas del INAH, así como de instituciones hermanas que desarrollan investigación en antropología. 

 

Hizo mención particular al Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, y a las universidades Nacional Autónoma de México, Autónoma Metropolitana y Autónoma de la Ciudad de México, así como las estatales. 

 

Esta conjunción de conocimientos permitirá “cubrir de mejor manera la totalidad y la diversidad de los pueblos indígenas de México”, manifestó.

 

Respecto al Coloquio La etnografía y los desafíos del México contemporáneo, Diego Prieto explicó que éste trata de incorporar las reflexiones de la antropología internacional a las problemáticas y a los retos que se plantean en la actualidad, a nivel mundial y en nuestro territorio.

 

El historiador Antonio Saborit, director del museo anfitrión del evento académico, se congratuló de que este espacio, el Museo Nacional de Antropología que festeja 50 años de vida, sea una vez más —como expresaba Daniel Rubín de la Borbolla— “la más libre y democrática institución de cultura”, que es también un centro de investigación y enseñanza.

 

A su consideración, el Coloquio conjuga una serie de temas que son de interés para una amplia gama de estudiosos, “pues sus hallazgos y perplejidades han desbordado la mera dimensión antropológica para incidir en el interés y en los métodos de disciplinas como la historia, los estudios literarios, la crítica cultural, la musicología, la praxis museológica y sus curadurías”.

 

Sobre estos caminos cruzados donde ahora se sitúa la etnografía, es que el doctor George E. Marcus abordó la conferencia magistral: Etnografía ayer, hoy y especialmente mañana. El profesor de la Universidad de California, Irvine (UCI), habló de las formas “sutiles y obvias” en que está cambiando la disciplina, como textualidad y en sus campos de trabajo.

 

Si bien una de estas sendas han sido los temas contemporáneos y emergentes que invitan al activismo o la figura del etnógrafo convertido en “hiperteórico”, un campo abierto ahora es su colaboración con instituciones tales como el museo, de modo que la llamada “etnografía multisituada” se entrevera con el “arte participativo”. Para Marcus, “la investigación antropológica puede funcionar fuera de su escala tradicional”.

 

Desde la entrada de este milenio, el Centro para la Etnografía de la UCI ha buscado entre sus líneas de investigación cómo el museo antropológico puede tener un campo a través de la “etnografía multisituada” —ubicada en la interacción que mantiene el etnógrafo con los informantes, de modo que se perciben los vínculos sociales— en la constitución de micropúblicos.

 

Ejemplo de ello es el Proyecto 214 pies cuadrados, instalación que se ha llevado a diferentes espacios del centro económico de Los Ángeles, California, para “internar” a un público de clase alta en el modus vivendi o, mejor dicho, al limitado espacio (estrechos cuartos de motel) en que familias trabajadoras de Orange resuelven día a día sus actividades.

 

El Coloquio La etnografía y los desafíos del México contemporáneo continuará este martes, a partir de las 10:00 horas, con las mesas dedicadas a las Cosmovisiones y procesos simbólicos, Experiencias en la formación de jóvenes investigadores y Movimientos sociales y perspectivas locales.

Hoy se conmemora la Batalla de Padierna, un error militar que dejó indefensa la capital mexicana

 

En el marco de la guerra entre México y los Estados Unidos 1846-48, muchas batallas y otros hechos de armas pusieron en evidencia las desigualdades técnico-militares entre ambos ejércitos. 

 

Al quedar frenado por el norte el avance invasor después de la batalla de La Angostura, los norteamericanos abrieron un nuevo frente de guerra, partiendo de Veracruz para capturar la capital de la República y así obligar a la rendición de los mexicanos.

 

Con la amenaza del invasor que ya había triunfado en la batalla de Cerro Gordo, el presidente de la República y General en Jefe de las fuerzas mexicanas, Antonio López de Santa Anna, ordenó preparaciones defensivas que incluyeron organización del terreno para proteger la parte oriental de la ciudad de México y una fuerza móvil para golpear los flancos del enemigo cuando atacara. 

 

La División del Norte, unidad que contaba con mayor experiencia en aquellos momentos, estaba al mando del General Gabriel Valencia y tenía la misión de contraatacar al enemigo. 

 

En razón de cambios en la actitud ofensiva del General Scott, que inició su avance a la ciudad por el sur, evadiendo de esta manera las obras defensivas del oriente, Padierna, San Angel y Churubusco tomaron importancia para tratar de impedir el avance norteamericano. 

 

Apartándose de la concepción defensiva original y tomando en cuenta viejas rencillas personales, el General Valencia buscó hacer frente al enemigo en Padierna, tomando posesión de un terreno impropio para montar una defensa. 

 

El desastre se inició desde la tarde del 19 de agosto para transformarse en derrota en la mañana del día siguiente. De esa manera y con la pérdida en Padierna, la capital de la República, quedaba prácticamente indefensa ante el invasor.