Exhiben billetes del Porfiriato en el Museo Nacional de Historia

Un viaje numismático que inició hace más cien años en el puerto de Veracruz llegó al Museo Nacional de Historia (MNH), Castillo de Chapultepec, destino que alberga una selección de un vasto acervo de diferentes billetes de bancos privados estatales de la República Mexicana emitidos entre 1889 y 1914, que la Marina de Estados Unidos obtuvo durante la invasión a esa ciudad costera.

 

Un siglo después, de los más de 60 mil billetes que la armada estadounidense tomó como botín de guerra, por primera vez se exhiben algunas piezas de la colección de papel moneda integrada por 111 piezas de diversas denominaciones y procedencia, en la muestra titulada Viaje centenario: de Veracruz a Chapultepec.

 

La exhibición, que es resultado de la colaboración entre la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Banco de México (Banxico), tiene por objetivo compartir con el público una parte selecta de la colección que el gobierno mexicano recuperó por la vía diplomática, eligiendo al Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, como sede del montaje, debido a la naturaleza de este recinto del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

 

Se trata de billetes emitidos por 28 bancos privados de diversas entidades de la República —excepto Chiapas, Michoacán y Oaxaca—, con denominaciones de uno, dos, cinco,10, 20, 50, 100, 500 y 1,000 pesos.

 

La exposición posee piezas evaluadas conforme a criterios numismáticos: abundancia y condición. Así, de todo el conjunto de más de 60 mil billetes, se identificaron piezas que antes de la recepción de este acervo no se conocían. Se sabía por los libros de los bancos que se habían mandado a imprimir, pero no se contaba con ningún ejemplar, como el caso del billete de 500 pesos del Estado de México.

 

La colección cuenta con piezas raras, desconocidas hasta el momento, como el billete de 1,000 pesos del Banco de Querétaro. La selección para la exhibición se hizo considerando en primer lugar el tipo de piezas; se incluyeron otras cuyas series y fechas de emisión no están documentadas, como el de 500 pesos del Banco de Tamaulipas.

 

En el caso del papel moneda del Porfiriato, había una práctica conocida como “resello”. Debido a que los billetes provenían de bancos estatales, su circulación era restringida y de aceptación voluntaria, pero las financieras tenían que canjearlos porque funcionaban como pagarés, incluso contenían la leyenda: “El banco x pagará a la vista del portador la cantidad de…”, que debía cubrirse en efectivo (monedas de oro y plata).

 

Así, cuando se presentaban a las sucursales bancarias a cobrar el papel moneda, los cajeros les ponían sellos de pagado; algunas de esas marcas no estaban documentadas, y en este acervo llegaron billetes con sellos de sucursales desconocidas, como el resello de Morelia en billetes de 500 pesos; el del Estado de México, o el de Pichucalco en billetes del Banco de Tabasco. Solamente los billetes del Banco de Londres y México, así como del Nacional de México eran los únicos de circulación nacional.

 

En el montaje hay bancos mínimamente representados, como el de Campeche, del que solamente se exhibe un billete de 5 pesos. Otra rareza que conforma la muestra son los billetes de 100 pesos, emitidos por el Banco de Jalisco en dos distintas versiones: la primera, elaborada por la inglesa Bradbury Wilkinson and Company, y la segunda, por la American Bank Note Company.

 

Una singularidad son los que tienen nominación de 1,000 pesos, valor muy alto para la época y cuyo tiraje fue reducido. Los imprimieron bancos como el de Aguascalientes, el Minero de Chihuahua, Coahuila, Guanajuato, Jalisco, Estado de México, el Oriental de México-Puebla, el de San Luis Potosí, el Occidental de México-Sinaloa y Tamaulipas.

 

A su vez, los de 500 pesos fueron usados por los bancos antes mencionados, además de los de Hidalgo, Morelos, Nuevo León, del Mercantil de Veracruz y Zacatecas. Los billetes en su diseño son muy similares, la mayoría los imprimió la American Bank Note Company, de Nueva York, que durante muchos años lideró el ramo.

 

En cuanto al diseño, tienen alegorías que representan abundancia, progreso, libertad; o bien, muestran retratos de personajes históricos nacionales: Miguel Hidalgo y Costilla o José María Morelos y Pavón; locales, como Francisco García Salinas en el caso de Zacatecas, o de dueños de los bancos. Hay otros con grabados de actividades como la ganadería o minería, con escenas costumbristas, como un grupo de charros; algo muy común en el papel moneda de esa época era la imagen del ferrocarril como sinónimo de progreso.

 

Como motivo principal llevan grabados algunos retratos de mujeres, muchas veces familiares de los dueños de los bancos, como el de Hortensia Corral Vélez, hija de Ramón Corral, quien fue gobernador de ese estado, vicepresidente de México (de 1904 a 1911) y principal accionista del Banco de Sonora.

 

En 1914, Estados Unidos invadió el puerto de Veracruz; la Marina de ese país se apoderó de la aduana, so pretexto de evitar la entrada de armamento destinado al régimen de Victoriano Huerta, que esa nación no reconocía.

 

Las tropas estadounidenses, al asumir la operación y administración del puerto, cobraron derechos sobre las importaciones y exportaciones que se realizaron durante la ocupación, dinero que se llevaron al abandonar el puerto y el cual depositaron en el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, hasta que en 1997 el gobierno estadounidense lo devolvió a México.

 

La exposición permanecerá abierta hasta el 27 de septiembre en la Sala Siglo XX del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, ubicado en la Primera Sección del Bosque de Chapultepec, de martes a domingo de 9:00 a 17:00 horas. Costo: 64 pesos, los domingos la entrada es gratuita.

Identifican el entierro más antiguo de Chihuahua

** Se trata del esqueleto de un joven de 12 a 15 años de edad al morir, sepultado hace más de tres mil años, únicos restos del periodo Arcaico hallados hasta ahora en el estado *** En el sitio donde se encontró el entierro, también se descubrieron cientos de herramientas líticas con antigüedades de hasta ocho mil años antes del presente

 

 

Tres microscópicos fragmentos de diente de un joven de 12 a 15 años de edad al morir, cuyo esqueleto fue descubierto en el sitio arqueológico Rancho Santa María II, en el municipio de Galeana, Chihuahua, han sido fechados por análisis de colágeno en 1100-1200 años a.C. Dicho resultado determina que se trata de los restos humanos más antiguos del estado.

 

Así lo dio a conocer el arqueólogo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Emiliano Gallaga Murrieta, quien halló el entierro que data del periodo Arcaico Tardío, en la región de Casas Grandes, en el verano pasado, mientras realizaba una inspección de superficie en las llanuras de las partes bajas de la Sierra Madre Occidental.

 

El esqueleto se encontró casi sobre la superficie, sin ofrenda, bocarriba y con las piernas flexionadas a la izquierda. Fue analizado por el antropólogo físico Moisés Alejandro Villa Zamorano, del CENEFO del estado, quien corroboró que corresponde a una persona joven, de entre 12 y 15 años al momento del fallecimiento, cuyo sexo aún no es posible identificar.

 

Emiliano Gallaga detalló que tampoco ha sido posible determinar la filiación étnica del individuo; sin embargo, las características de sus dientes, del tipo “pala”, son referente físico de los grupos amerindios que ingresaron al continente americano por el Estrecho de Bering.

 

Los estudios de fechamiento se llevaron a cabo en los laboratorios especializados en dataciones por radiocarbono Beta Analytic, en Estados Unidos, por el método de carbono 14 mediante extracción de colágeno, aplicado en tres muestras tomadas de los dientes del individuo. Cabe destacar que, con anterioridad, en el estado de Chihuahua se han encontrado vestigios arqueológicos más antiguos, pero todos han sido artefactos de piedra, no restos humanos, de manera que éstos son los primeros registrados del periodo Arcaico.

 

La sepultura se localizó en el sitio arqueológico descubierto por Emiliano Gallaga durante el mencionado recorrido de superficie, al que nombró Rancho Santa María II. El lugar tiene una extensión de 150 por 250 metros, dentro de la cual, entre matorrales de gobernadora, cotillo y mezquite, se registraron varias áreas de actividad humana; destaca una, de tres metros de diámetro, donde muy posiblemente se manufacturaron preformas mediante la técnica de lasqueo.

 

En el sitio, se localizaron 370 puntas de proyectil fabricadas en basalto, obsidiana, sílex, pedernal y riolita; 75 de ellas están completas y 294 son fragmentos. El arqueólogo detalló que los artefactos datan de diferentes antigüedades que van del 8000 antes del presente, al 800 d.C., y corresponden a 30 tipos diferentes de puntas, entre los que mencionó Midland (8700–8500 a.C.), Milnesand (8200-7200 a.C.), Plainview (8150-8000 a.C.), San Pedro (1500-1000 a.C.-300 d.C.), Abasolo (5000-3000 a.C.-500 d.C.), Pandora (2500-600 a.C.) y Refugio (2500-600 a.C.).

 

Gallaga Murrieta destacó que muchos de los tipos de puntas de flecha hallados, como Dátil, Abasolo, Axtell, Darl o Desmuke, habían sido identificados en el suroeste de Estados Unidos; sin embargo, para Chihuahua no se tenían reportes escritos.

 

Asimismo, el arqueólogo localizó gran cantidad de material de desecho de talla en piedra, como percutores, núcleos y fragmentos de rocas pulidas por la mano humana (en total más de 17 mil piezas). De acuerdo con el especialista, la variedad de herramientas y la cantidad de artefactos de desecho son indicadores de que el sitio estuvo ocupado por el hombre durante un largo periodo.

 

“Todo indica que se trata de un campamento establecido por grupos de cazadores-recolectores alrededor del periodo Paleoindio, un tiempo en el que seguramente la presencia humana ya era estable dentro de estos territorios y donde los grupos humanos de diversas épocas regresaron a trabajar la piedra, es decir que fue reutilizado constantemente para la manufactura lítica hasta el Arcaico Tardío/Precerámico”.

 

En el sitio también se descubrieron diez hornos del periodo Arcaico, que consisten en concentraciones circulares de piedras fragmentadas por acción del fuego.

 

Emiliano Gallaga explicó que el entierro es contemporáneo a otro sitio arqueológico muy importante de Chihuahua, donde se encontraron los rastros de polen y maíz, hasta el momento más antiguos del estado, conocido como Cerro Janaqueña (1300 a 1100 a.C.), ubicado a 100 kilómetros de Santa María II, en el municipio de Janos. En dicho lugar se descubrieron puntas de proyectil de tipos similares a los de Santa María II, por lo que es posible que ambos sitios hayan interactuado.

 

Durante los recorridos de superficie en el municipio de Galeana, el especialista del INAH descubrió otro sitio arqueológico de menor antigüedad que el anteriormente descrito, denominado Rancho Santa María I, donde encontró grandes cantidades de lítica prehispánica de finales del periodo Arcaico (200 d.C.), como puntas de flecha de obsidiana, machacadores y manos de metates, así como fragmentos de cerámica vidriada gris, verde y café de la época colonial, y porcelanas del siglo XIX.

 

Lo anterior lo lleva a suponer que el asentamiento Rancho Santa María I fue un área habitada, posiblemente una posta o ranchería cercana al Camino Real que conectaba Chihuahua con Nuevo México, y que este ramal comunicaba con el Presidio de Janos, uno de los puntos más importantes donde se establecieron militares españoles para la defensa de lo conquistado espiritual y materialmente por los misioneros franciscanos en la región.

 

Los estudios del material continúan en proceso. Emiliano Gallaga señaló que la información obtenida de ambos sitios arqueológicos ayudará a entender mejor el desarrollo cultural de la región y afinar las temporalidades de los asentamientos humanos en el estado. El área donde se encontraron los vestigios quedó protegida por el INAH como reserva arqueológica para estudios posteriores.

Restauradores revelan historias de prendas antiguas del Castillo de Chapultepec

*** Del 10 al 12 de junio, darán a conocer los estudios y procesos de conservación efectuados a la indumentaria que forma parte del acervo del Museo Nacional de Historia ** Entre los temas que abordarán, destacan los procesos de conservación del pañuelo mortuorio de los huesos de Hernán Cortés

 

Desde el nacimiento hasta la muerte, el hombre ha estado cubierto por textiles, ya sea en forma de indumentaria, cobijo o mortaja; los hilos entretejidos y los diseños de las prendas antiguas guardan historias que son desentrañadas por los especialistas al momento de restaurarlas para su conservación o exhibición.

 

En el marco de la exposición Hilos de Historia, que se presenta en el Castillo de Chapultepec, un grupo interdisciplinario de expertos expondrá del 10 al 12 de junio los estudios relacionados con el devenir y el simbolismo de prendas que conforman la Colección de Indumentaria de este recinto.

 

Con el tema Charlas en torno a la exposición Hilos de Historia: Colección de Indumentaria del MNH, la actividad organizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), también servirá para dar a conocer las metodologías de análisis que realizan los restauradores-conservadores para el tratamiento de textiles, así como los retos que enfrenta la disciplina.

 

Para los restauradores, un vestido virreinal, una casaca militar o un ropón de bautismo son fuentes primarias de información, que al momento de ser intervenidas ofrecen datos sobre su temporalidad, el desarrollo tecnológico e incluso la moda de una época determinada a partir de sus materiales, su factura y deterioro.

 

Verónica Kuhliger, restauradora del MNH, abundó que en las charlas se abordarán los procesos de restauración de piezas clave que se presentan en la exposición temporal, como son: el pañuelo que cubrió los huesos de Hernán Cortés, cuatro vestidos virreinales, el traje de odalisca, una falda bordada con hilos de oro, los zapatos y sombreros, además de otras piezas que se resguardan en el depósito de colecciones.

 

El objetivo es dar a conocer el trabajo efectuado durante los últimos 10 años en el Área de Restauración del Museo Nacional de Historia (MNH), cuya labor se ha hecho en colaboración con la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM); la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural (CNCPC) y la Escuela de Conservación y Restauración de Occidente (ECRO), abundó la coordinadora del encuentro.

 

En los últimos años, las técnicas de restauración han avanzado, ahora se cuenta con análisis específicos para identificar fibras o colorantes, e incluso se han desarrollado protocolos para identificar sangre en prendas históricas. Aunado a ello, en los trabajos de conservación, también colaboran biólogos y químicos.

 

Lorena Román, restauradora de la ENCRyM, quien participará en el encuentro, destacó que “la indumentaria es una fuente histórica que el restaurador tiene el privilegio de poder tocar, coser e investigar, hasta lo más profundo de cada uno de sus hilos, y descubrir información valiosa”.

 

Recordó que durante la intervención que efectuó en uno de los cuatro vestidos virreinales (el de seda rosa con verde), al momento de descoser la sobrefalda, encontró una inscripción en francés que les permitió determinar el origen de la prenda.

 

Durante tres días, expertos en historia del arte, biología y restauración expondrán trabajos que tienen que ver con el estudio, el análisis y la conservación de piezas textiles que se conservan en el MNH.

 

“Cada pieza intervenida genera un informe, artículo o libro, el cual se busca difundir ampliamente, por lo que estas charlas serán el pretexto para que el público en general conozca el trabajo de restauración que se hace en el museo”, refirió Kuhliger.

 

Entre los temas que se tratarán destacan los trabajos de conservación efectuados a  la colección de abanicos del MNH, la restauración del acervo de indumentaria masónica, los tratamientos hechos a una falda china y a un vestido de seda del siglo XVII. Asimismo, se disertará sobre los trajes de la élite en la Nueva España en el siglo XVIII, así como de los textiles e indumentaria como objetos de estudio para la historia, entre otros temas.

 

Las ponencias del 10 de junio versarán en torno al conocimiento histórico y simbólico de las piezas. En esta primera jornada sobresale la participación del historiador norteamericano James Middleton, quien hará un comparativo de la indumentaria colonial con la pintura de caballete del siglo XVIII.

 

El jueves 11 se abordarán las técnicas y materiales con que se elaboraron las prendas, y cómo éstas permiten conocer, entre otros aspectos, los periodos en que se portaban. Este tipo de estudios contribuyen a elaborar protocolos de conservación, como el que se concibió para un chaleco manchado de sangre, el cual perteneció al general liberal Leandro Valle.

 

El viernes 12 se presentarán los trabajos relacionados con la restauración de las piezas que forman parte de la muestra Hilos de Historia; a fin de explicar cómo a través de una intervención se logra asegurar la preservación de un objeto, amén de que se pueda mostrar y guardar en las mejores condiciones.

 

Charlas en torno a la exposición Hilos de Historia: Colección de Indumentaria del MNH se llevarán a cabo de 9:00 a 14:00 horas en el Auditorio del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, Primera Sección del Bosque de Chapultepec. Entrada gratuita y abierta a todo el público.

Poco difundido el aporte de Agustinos en la lingüística misionera

***Otto Zwartjes, profesor de Lingüística Románica de la Universidad de Ámsterdam, dio una conferencia enfocada en la obra del agustino Manuel Pérez sobre la lengua náhuatl  * El especialista participó en el V Encuentro de Historiografía Lingüística, en el que se abordó la obra de los misioneros como fuente para el conocimiento de las hablas nativas

 

 

La orden de los agustinos llegó a la Nueva España en 1533, con el objetivo de instaurar, al igual que el resto de los misioneros, el culto cristiano en los territorios conquistados. Producto de este esfuerzo son las obras gramaticales y lexicográficas realizadas por los religiosos, en un intento por aprender las lenguas nativas y comunicarse con sus hablantes. Sin embargo, a diferencia de los textos creados por otras órdenes, los de autoría agustina no se han difundido ni estudiado lo suficiente, por lo que aún no se conoce su aporte en el plano lingüístico.

 

Lo anterior fue expresado por Otto Zwartjes, profesor de Lingüística Románica de la Universidad de Ámsterdam, durante la conferencia magistral sobre la obra del agustino Manuel Pérez, dictada en el marco del V Encuentro de Historiografía Lingüística, organizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), El Colegio de México y la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

El experto señaló que obras gramaticales sobre el náhuatl, como la de Manuel Pérez, representan hoy una fuente imprescindible para el conocimiento de las hablas indígenas, “son documentos de gran valor para las investigaciones sobre la tipología de las lenguas o sobre el desarrollo de conceptos lingüísticos”.

 

Si bien es cierto que los misioneros agustinos estuvieron en diversos continentes y sus obras sobre lenguas nativas varían mucho según cada región, fue en Filipinas donde tuvieron un papel muy importante, a través de la publicación de sus gramáticas, explicó.

 

En México había una tradición muy fuerte de jesuitas en el norte del país y también de franciscanos, pero la presencia de agustinos era menor; por ello resultaba sorprendente que hubiera tantos frailes de esta orden trabajando como catedráticos en la Real Universidad de México, donde se enseñaba náhuatl y otomí, y no se permitiera ocupar esos puestos a jesuitas o franciscanos, dijo el especialista en lingüística misionera.

 

Además del náhuatl, los agustinos aprendieron otras lenguas, como el otomí y el purépecha, y publicaron gramáticas, catecismos y cartillas para aprender a escribir. La obra gramatical de Manuel Pérez es muy importante, y también su catecismo, que permite ver cómo tradujo al náhuatl los conceptos religiosos y los temas bíblicos, explicó.

 

Otto Zwartjes, cuya obra cubre un extenso universo de lenguas y autores, enfatizó que merece la pena estudiar más ampliamente cómo se comunicaron las órdenes religiosas entre sí y cómo intercambiaron ideas sobre lingüística, pues al parecer había una colaboración muy estrecha.

 

Estudioso de tratados y gramáticas de lingüística elaborados por misioneros, el experto ha analizado con profusión la obra de Manuel Pérez, agustino nacido en México y autor de una gramática náhuatl que lo muestra como excelente conocedor de la lengua.

 

Arte de el idioma mexicano, el libro de Manuel Pérez, es “claro, sencillo y breve”, y se pone por delante de lo realizado por fray Diego de Galdo Guzmán (cuya obra fue la primera de carácter lingüístico que imprimió un miembro de la orden de San Agustín), del jesuita Horacio Carochi y el franciscano Agustín de Vetancurt, al ofrecer observaciones y críticas, y contener numerosas etimologías y estudios fonológicos y de pronunciación, indicó.

 

Gran maestro del náhuatl, Manuel Pérez vivió en Chiautla de Tapia, antes llamado Chiautla de la Sal, en Puebla. Fue maestro de Teología en la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de la Nueva España y catedrático de la Real Universidad de México, siendo el último catedrático de la Orden de San Agustín, de 1695 a 1701.

 

El titular de la cátedra de Español y Pensamiento Lingüístico de la Universidad de Ámsterdam destacó una obra menos estudiada de Manuel Pérez: el Cathecismo romano, del que hizo una primera traducción al español y náhuatl 40 o 50 años antes de que saliera en España, ya que se había prohibido su traducción en aquel país.

 

Consideró necesario hacer una investigación más sistematizada y profunda de la obra de misioneros como Manuel Pérez, debido a que existen numerosas gramáticas que se han encontrado recientemente. “Hay muchas lenguas muy bien estudiadas, difundidas y documentadas, pero faltan muchos estudios de idiomas como el quechua o las hablas nativas del norte de México, de las que es necesario abundar más en la lexicografía, la traductología y el ambiente histórico”.

 

Luego de destacar la empresa filológica emprendida por los misioneros, aseveró que fueron pioneros en el tratamiento de ciertas materias lingüísticas y que sus tratados son tan interesantes como innovadores con respecto a los modelos latinos.

 

“Sus trabajos lexicográficos no habían sido estudiados a escala global hasta ahora, de tal forma que la lingüística misionera es un terreno que ha ido cobrando gran importancia desde hace algunos años”, dijo el especialista, quien ha coordinado la edición de diferentes obras gramaticales y lexicográficas y ha organizado congresos de lingüística misionera, dando paso a una nueva gama de la historiografía lingüística.

 

Otto Zwartjes ha ofrecido conferencias en universidades de Alemania, Bélgica, México, Brasil, España, Perú, Noruega, Hong Kong, Tokio y es profesor invitado en instituciones académicas. En México impartió el curso “Los misioneros lingüistas de tradición hispánica: la importancia de las obras provenientes de las órdenes de San Jerónimo y San Agustín para la historiografía lingüística”, en la Dirección de Estudios Históricos del INAH.

Estudian 'El Angel', pecio hundido en Quintana Roo

** Especialistas del INAH realizaron una exploración en el sitio del naufragio, en el área de arrecifes de Banco Chinchorro *** Se identificó como una embarcación de finales del siglo XVIII o principios del XIX, que transportaba palo de tinte y pudo pertenecer a la esfera comercial naval británica

 

Encontrado en los años 80 por un pescador en las cristalinas aguas de Banco Chinchorro, en Quintana Roo, el pecio El Ángel (nombrado así por el propio pescador) empieza a develar sus claves, según las cuales se puede inferir que se trata de una embarcación posiblemente de la esfera comercial británica, de finales del siglo XVIII o principios del XIX, que transportaba troncos de palo de tinte.

 

Luego de la temporada de exploración realizada en septiembre de 2014 por especialistas de la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS), del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), se identificaron rasgos y particularidades en materiales del barco que ayudan a establecer su temporalidad entre los navíos con estructura interna de madera y aquellos que contaban con armazones enteramente de hierro.

 

La investigación del pecio El Ángel, coordinada por la arqueóloga Laura Carrillo, comenzó en 2006 con el registro de superficie mediante croquis, dibujos de materiales y mediciones. En 2013 se hicieron excavaciones de sondeo y otra extensiva en 2014 de este barco localizado a 10 y 12 metros de profundidad en el Caribe noroccidental mexicano; mide 9 metros de manga (ancho) y al menos 35 metros de eslora (longitud).

 

El Ángel era un buque propulsado por la fuerza del viento, cuya carga de palo de tinte lo incluye en una dinámica de comercio que prevaleció desde finales del siglo XVI hasta los primeros años del XIX, y por su ubicación puede vincularse con el tráfico de las colonias británicas del Golfo de Honduras, que se dedicaban al corte y embarque de maderas comerciales para los mercados de Estados Unidos y del Reino Unido.

 

Entre los elementos recuperados hasta el momento figuran materiales de sujeción y fijación, como clavos, pernos, rondanas, tuercas, láminas de recubrimiento y pequeños objetos de los que se puede garantizar su conservación fuera del agua.

 

En la proa, luego de remover la arena y restos de coral muerto, se encontró una plancha de troncos y ramas que habían sido seccionados a hachazos, muy afectados por teredos y otros organismos que se alimentan de madera. Estos maderos, identificados por la bióloga Claudia Girón, de la SAS, como Haematoxilum campechianum o palo de tinte, presentaban un patrón de disposición de proa a popa, lo cual sugiere que habrían sido estibados como parte del cargamento.

 

Incluso 14 metros más allá de la proa, donde se abrió un pozo de sondeo, siguieron apareciendo los troncos de palo de tinte, indicio de ser una plancha que se extendía por alguna de las cubiertas del barco.

 

En el área de la proa se excavó otro pozo de exploración; ahí, tras remover los troncos de palo de tinte se encontraron tablones más regulares y de una madera distinta, más densa y sólida, y libre del ataque de xilófagos. Los tablones conformaban un ensamblaje estructural y medían en promedio 25 cm de amplitud y 5 cm de espesor. La Sección de Arqueobiología de la SAS los identificó como pertenecientes a la familia del haya europea (Fagus sylvatica), una de las maderas más utilizadas en la construcción naval en los astilleros de Europa Occidental y Norteamérica.

 

La pigmentación que produce la madera se utilizó mucho en la industria textil europea desde el siglo XVI hasta la primera mitad del XVIII, época de las grandes exportaciones de la grana cochinilla, añil y palo de tinte. Los cortadores de palo de tinte de los territorios británicos del Caribe noroccidental estuvieron en activo hasta 1770.

 

Sin embargo, hacia la segunda mitad del siglo XVIII, el comercio de la tintórea cayó en recesión, debido a la excesiva oferta que saturó los mercados, quedando su comercio reducido a embarcaciones de empresas de un perfil más bajo. “Probablemente El Ángel haya sido un buque mercante que transportaba una carga devaluada”.

 

Además de los materiales de madera, se liberaron láminas de alguna aleación de cobre que cubrían la porción sumergida del casco para evitar el ataque de los organismos xilófagos. Asimismo, se hallaron clavos de aleación de cobre y otros pernos de bronce y hierro cubiertos de concreciones coralinas, y dos discos metálicos, de 25 cm de diámetro y 8 de espesor, de los cuales aún se desconoce su uso.

 

El arqueólogo Josué Guzmán Torres, quien es parte del proyecto de investigación, comentó que algunos elementos de sujeción están hechos de una aleación de cobre, por lo que seguramente correspondían a la porción sumergida del casco. El uso de este metal para fabricar dichos elementos era una medida para contrarrestar el efecto de la corrosión galvánica, un fenómeno electroquímico que corroía los pernos y clavos de hierro.

 

Por tanto, los clavos colectados se fabricaron no antes de 1780, cuando se concedieron las primeras patentes de clavazón de cobre, lo cual es un criterio que debe tomarse en cuenta para ubicar cronológicamente el barco. “Los recubrimientos de cobre se usaron en la Armada Real de Inglaterra y los adoptaron barcos mercantes y armadas europeas entre finales del XVIII y primer tercio del XIX”.

 

En cuanto a un ancla del pecio, ésta fue documentada y se determinó que su forma (que consiste en un cepo de hierro y ligera curvatura de los brazos) se asemeja a los patrones de fundición de este tipo de piezas del siglo XVIII tardío. “Estos datos lo ubican en el tránsito de una tradición de construir barcos de madera del siglo XVIII hacia las embarcaciones que son producto de la revolución industrial, con estructuras de hierro y motores de vapor”.

 

Reflejo de una nueva tecnología caracterizada por utilizar grandes componentes de la armazón hechos en hierro, localizado cerca de los territorios británicos de ultramar, el especialista comentó que por los materiales y diseño empleados el barco pudo haberse construido en un astillero británico, donde por primera vez se usaron masivamente componentes de hierro en la estructura de las embarcaciones.

 

Las causas del naufragio de El Ángel se desconocen; pareciera que de pronto pegó con un arrecife y empezó a hundirse, o que un incendio quemó las estructuras superiores y provocó la inundación del casco. Otra posibilidad es que haya estado en medio de una tormenta y al refugiarse en las aguas bajas de Chinchorro, fue arrastrado por la corriente y se fue a pique, luego de chocar contra el arrecife, refirió el arqueólogo.

 

La investigación arqueológica de este pecio es parte del proyecto Inventario y Diagnóstico del Patrimonio Arqueológico e Histórico Sumergido en la Reserva de la Biosfera Banco Chinchorro, Quintana Roo, que tiene el registro de 69 contextos arqueológicos compuestos por elementos aislados o embarcaciones hundidas, encalladas o varadas, que van desde el siglo XVI hasta nuestra época.