Publican estudio sobre el simbolismo del oro en Méxito-Tenochtitlan


Resultado de una acuciosa investigación de más de tres años, el libro Los señores del oro. Producción, circulación y consumo de oro entre los mexicas permite adentrarse en el conocimiento del metal, en su proceso de obtención e importancia como símbolo de estatus de la clase gobernante, comentaron especialistas durante la presentación del volumen en el Museo del Templo Mayor.

De la autoría de Óscar Moisés Torres Montúfar, y editado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la publicación da cuenta de cómo llegaba el metal a México-Tenochtitlan, vía el tributo y el comercio, y se destinaba a los altos gobernantes, como el huey tlatoani (gran señor); éste mostraba su estatus portando una diadema de oro, símbolo de nobleza y jerarquía, así como narigueras, orejeras, brazaletes y colgantes, elaborados con dicho material y con piedras y plumas preciosas.

El autor, ganador del Premio INAH 2015 por esta investigación en la categoría de Historia y Etnohistoria, mencionó que los gobernantes mexicas también utilizaban este metal para sellar alianzas y acuerdos políticos y diplomáticos. Así ocurrió durante la llegada de los españoles, cuando Moctezuma Xocoyotzin remitió una gran cantidad de regalos de oro al ejército de Hernán Cortés y sus aliados indígenas, según lo descrito por el cronista Bernal Díaz del Castillo.

El investigador de El Colegio de México, dijo que los centros de extracción del oro se ubicaban en la sierra de los actuales estados de Guerrero, Oaxaca y Chiapas. Una vez que estas poblaciones fueron conquistadas por los mexicas, se les exigía que periódicamente suministraran materias primas: telas de algodón, plumas preciosas y oro (el cual podía ser en polvo, en cañutos de pluma o en barras).

“En Tenochtitlan no hubo gran cantidad de oro, como en otros sitios prehispánicos de Sudamérica, sin embargo, una de las apuestas de este libro es dar a conocer que la escasez de este metal fue un factor histórico. Si el oro hubiera sido una materia prima abundante no habría sido valioso, al haber estado al alcance de un gran núcleo de población”.

Producto de la consulta de numerosas fuentes históricas: crónicas de los conquistadores, frailes y funcionarios de la Corona, y los seis inventarios coloniales que consignan las piezas enviadas por los conquistadores a la metrópoli española, entre ellos los códices Matrícula de Tributos, Mendocino yAzoyú, y las relaciones geográficas del siglo XVI, el libro será, por muchos años, la obra de consulta obligada para quienes quieran adentrarse en el conocimiento de este metal, opinaron el historiador Hugo García Capistrán y el arqueólogo Leonardo López Luján.

Hugo García, historiador de la Universidad Nacional Autónoma de México, refirió que el autor teje una trama con ayuda de las fuentes históricas para lograr uno de sus objetivos: mostrar la manera en que un grupo humano se interesó en el proceso de elaboración y consumo de objetos manufacturados con oro, con la intención de exhibir su superioridad.

“Torres Montúfar —prosiguió— adentra a los lectores en el mundo de esta materia prima: el trabajo artesanal, los diversos tipos de objetos manufacturados, la circulación entre la sociedad mexica y el simbolismo dentro de la cosmovisión nahua”.

Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo Mayor, dijo que si se considera que cada vez se hacen menos libros de esta extensión y calidad, Los señores del oro representa una ardua labor de investigación, la cual fue apoyada por el INAH.

Óscar Moisés Torreses un autor de estirpe, porque procede de una familia de científicos e intelectuales que forman parte del INAH, la bióloga Aurora Montúfar y del ingeniero geólogo Jaime Torres. Además fue un alumno distinguido de Alfredo López Austin.

En el plano anecdótico, Leonardo López Luján recordó que siendo muy joven Torres Montúfar hizo su servicio social en una de sus excavaciones, al tiempo que se forjó una amistad que permanece hasta hoy y que le permitió ser su asesor de tesis de licenciatura, la cual fue el punto de partida de la publicación.

En representación de Eduardo Matos Moctezuma, el arqueólogo Diego Matadamas, leyó el discurso del investigador emérito del INAH quien celebró contar con un volumen en el que se congrega de manera sistemática el conocimiento en torno al oro entre los technocas, desde su elaboración hasta su circulación y usos en la vida diaria y ritual.

Estudia universitario el corpus más grande de libros adivinatorios zapotecas

 

Desde la antigüedad, en el mundo han existido sistemas adivinatorios. Mesoamérica y los zapotecas no fueron, ni son, la excepción. Así, como para mucha gente ahora un viernes 13 tiene una connotación negativa, para los antiguos mexicanos también hubieron días “buenos” y “malos”.

 

Michel R. Oudijk, del Instituto de Investigaciones Filológicas (IIFL) de la UNAM, estudia el corpus más grande de libros mánticos o adivinatorios, constituido por 101 ejemplares manuscritos en zapoteco colonial, que los especialistas o “maestros” utilizaron para “ver” el destino.

 

Entre otros hallazgos interesantes, ha encontrado que las “adivinaciones” coinciden entre los diferentes libros, pero también con las que se conocen de textos de origen prehispánico (códices).

 

Calendarios vs. libros mánticos

 

El universitario aclaró que en Mesoamérica existía un calendario o registro del tiempo de 365 días, que servía para organizar eventos, normalmente civiles –como el pago de tributos– y agrícolas –para el inicio de la siembra o la cosecha–.

 

Pero también había una cuenta adivinatoria o mántica de 260 días, compuesta por 13 numerales y 20 signos que se combinaban y daban por resultado los días: 1-Lagarto (numeral-signo), 4-Jaguar u 8-Venado, por ejemplo. El valor adivinatorio de cada uno estaba marcado por esa combinación.

 

Así como en la actualidad hay números “cargados” que son de “buena suerte” para muchas personas, en Mesoamérica cada numeral y signo tenían un valor mántico. “Juntos, entonces, podían producir algo positivo, negativo o neutral, igual que ahora decimos ‘viernes 13 es malísimo’”.

 

Ambos ciclos, el de 13 numerales y el de 20 signos, comenzaban juntos en la combinación 1-Lagarto, pero al terminar el de los numerales, el de los signos no había concluido aún. De ese modo, el segundo numeral “1” se juntaba con el decimocuarto signo. Asimismo, cuando se iniciaba el segundo ciclo de los signos, el de los numerales estaba en la octava posición produciendo el día 8-Lagarto, y así sucesivamente.

 

De ese modo, la siguiente vez que había un día 1-Lagarto era después de 261 días: 13 numerales x 20 signos + 1. “Es matemático. Los antiguos mexicanos eligieron el 20 porque el sistema de contar mesoamericano fue vigesimal, quizá porque tenemos 20 dedos, mientras que para la elección del 13 se desconoce la razón”, subrayó.

 

Entonces, la cuenta de 365 es calendárica y la de 260 es adivinatoria. La relación entre ambas es la misma que la que existe hoy entre astronomía y astrología, es decir, entre una ciencia, dedicada al estudio del movimiento de cuerpos celestes y una pseudociencia, que supone un vínculo entre las posiciones de los astros y eventos en la Tierra.

 

Diversos libros prehispánicos registran el sistema de 260. Pero si sólo fuera la combinación de los ciclos de 13 y 20 “sería un sistema adivinatorio muy pobre.” Entonces, dentro del ciclo de 260 inventaron “montones” de otros ciclos “y a cada uno les dieron valor”.

 

En fuentes prehispánicas se representan esos diferentes ciclos en complejas tablas. Los códices más famosos de este tipo son los del llamado Grupo Borgia, compuesto por el códice del mismo nombre y otros como el Cospi, Laud y No. 20 de la Biblioteca Nacional de Francia, entre otros.

 

Una tabla es la de las parejas. Cada persona tiene un nombre calendárico que consta de un numeral y un signo; por ejemplo, 3-Flor y 4-Jaguar que juntos suman siete. Se busca ese número en la tabla y resulta tener algunos aspectos negativos. Eso no significa que la relación esté destinada al fracaso. “La razón por la que podría tener problemas era porque el hombre no era suficientemente devoto a los dioses, entonces lo compensaba siéndolo más”.

 

Durante el siglo XVII se registró un pleito entre el obispo de Oaxaca y la Orden de Santo Domingo. Se acusaba a los dominicos de haber descuidado la zona que se les había encomendado, lo cual se comprobaba por las numerosas y arraigadas idolatrías que permanecían entre los indios.

 

Una parte del proceso contiene declaraciones de testigos acerca de la existencia o no de idolatrías. Junto a los testimonios positivos acerca de prácticas religiosas prehispánicas en el proceso se incluye una serie de librillos pequeños, escritos en zapoteco, “en caracteres latinos y de aspecto sumamente pobre, muy manoseados y deteriorados, en los que se representan los calendarios prehispánicos utilizados todavía hasta esa fecha por los indios de la región”, escribió José Alcina Franch en Estudios de Cultura Náhuatl, del Instituto de Investigaciones Históricas.

 

Esos libritos, conservados hasta la actualidad en el Archivo General de Indias, en Sevilla, España, conforman el corpus que Michel R. Oudijk estudia desde hace más de 20 años. Se trata de pequeños textos que registran la cuenta de 260 días. Son documentos históricos, con apuntes que hicieron los especialistas en aquel momento. Es único, porque tenemos a expertos que informan sobre el valor de cierto día o periodo. Son datos internos, muy ricos, que no habían sido traducidos.

 

¿Quiénes los escribieron? En la Sierra Norte y en la Sierra Sur oaxaqueña, durante el siglo XVII, había una red de contactos y maestros que instruían a sus estudiantes, aunque se desconoce cómo los elegían. “De hecho, hay un grupo de seis o siete de los 101 libritos que fueron realizados por la misma mano y que fueron vendidos”.

 

Había enseñanza, pero totalmente escondida. Es fascinante, pero muy difícil acercarnos a ello, reconoció el investigador. “El éxito de todo lo que hacía la gente era determinado por las ‘fuerzas’ que regían un día o periodo. Para casarte, construir tu casa, limpiar la milpa, emprender un viaje o negocio, o ponerle nombre a un niño, había que consultar al especialista, y había muchos en tiempos prehispánicos y coloniales, y aún los hay en la actualidad”.

 

El universitario comenzó a transcribir el expediente, compuesto por alrededor de mil 500 folios, es decir, casi tres mil páginas, en los años 90, labor que terminó en 1999. Así, construyó una base de datos, “listas y más listas de 260”, con sus valores, la cual tiene casi 26 mil entradas.

 

De ese modo, hoy es posible comparar, por ejemplo, el día 8-Venado en todos los libritos y valores. Aunque no todos los maestros escribieron algo, algunos sí, y coinciden incluso con los escritos prehispánicos. También contienen descripciones de rituales.

 

Las autoridades eclesiásticas pretendían un cambio administrativo y utilizaron las confesiones de la gente y la descripción de sus costumbres en contra de los dominicos. Fue el argumento que demostró que la orden religiosa no hacía su trabajo de evangelización.

 

De ahí se derivó un proyecto oficial hace ocho años para escribir un libro acerca de la adivinación entre los zapotecas desde el Posclásico Tardío, en el que participan expertos de diferentes países e instituciones, y que incluye el análisis de un documento pictográfico zapoteco, probablemente prehispánico, de sólo dos hojas, encontrado hace cuatro años dentro de un libro de canto.

 

Asimismo, se abordará el caso del obispo contra los dominicos y las confesiones de la gente. A cargo de Oudijk quedarán los ciclos calendárico y adivinatorio, y la traducción de los textos; finalmente, se revisarán los libros mánticos modernos, que aún se utilizan en la Sierra Sur de Oaxaca, y se destacará la continuidad cultural.

 

Además, en Internet se publicarán las transcripciones de las confesiones en torno al caso, la base de datos e imágenes de los libritos. Eso ocurrirá el próximo año, junto con la publicación de un texto con los comentarios y análisis.

 

Por último, Oudijk refirió que tiene razones para pensar que estos libritos vienen de la tradición oral -que continúa hasta la actualidad- y no de una pictórica. La práctica adivinatoria sigue entre los zapotecas de la Sierra Sur, los mazatecas, mixes y chinantecos, aunque de diferentes formas. En la Sierra Norte, donde se escribió el corpus, quedó en desuso, probablemente a raíz de la investigación de las autoridades de la Iglesia.

El INAH presenta la edición digital del “Códice Boturini” o “Tira de la peregrinación”

Una nueva edición facsimilar del Códice Boturini, acompañada de una aplicación para dispositivos móviles, fue realizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). La iniciativa combina las nuevas tecnologías con los procesos de producción artesanal, lo que permite un acercamiento inédito a uno de los documentos fundacionales de la historia de México.

 

Teresa Franco, directora general del INAH, expresó en conferencia de prensa que esta publicación del Códice Boturini o Tira de la Peregrinación es la más reciente entrega de una serie de proyectos digitales que la institución ha realizado alrededor de los códices mexicanos.

 

Se trata de una edición que ofrece una novedosa forma de acercar al público a los documentos históricos, haciendo uso de los dispositivos móviles para interactuar con la reproducción facsimilar que acompaña a la versión digital.

 

Detalló que esta edición permite un acercamiento inédito a uno de los manuscritos emblemáticos de la historia mexicana, que narra el trayecto de los mexicas hacia Tenochtitlan y su paso por diferentes comunidades. Además de su contenido, sus imágenes y minuciosidad de factura lo hacen uno de los documentos más representativos de los mexicanos.

 

“La edición no sólo es innovadora en el uso de la tecnología, está integrada por un componente facsimilar elaborado en papel amate con técnicas mesoamericanas. La distribución de la versiones digital e impresa se hará de manera gratuita para acercarla al mayor número de personas”, expresó la titular del INAH.

 

Añadió que el Instituto se mantiene firme en el compromiso por la difusión de la cultura y del patrimonio histórico y, particularmente, busca dirigirse a los niños y jóvenes, por lo que recurre al lenguaje de nuestros tiempos e impulsa la recuperación de técnicas ancestrales. 

 

 El documento original es del siglo XVI y se resguarda en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (BNAH). Consiste en un lienzo de papel amate de 5.42 metros de largo y 20 centímetros de ancho, que toma el nombre del anticuario e historiador Lorenzo Boturini. En él se narran los principales acontecimientos del viaje de las siete tribus nahuas-chichimecas desde la mítica Aztlan hasta llegar al Valle de México.

 

Ernesto Miranda, director de Innovación Académica del INAH, señaló que la edición facsimilar impresa en papel amate fue realizada en forma tradicional por artesanos de San Pablito, Pahuatlán, en el estado de Puebla, con tintas orgánicas que garantizan 200 años de durabilidad.

 

Para la elaboración de la reproducción se mandaron a hacer lienzos de 1.20 x 5.45 metros y se utilizó la corteza de los árboles de jonote, con el cual se obtiene fibra de mejor calidad y acabado. Para su tratamiento se utilizó la técnica ancestral de ablandamiento con ceniza, proceso que respeta las gamas de tonalidades naturales del jonote, libre de corrosivos y contaminantes como la sosa cáustica.

 

El segundo componente de la edición es una aplicación digital desarrollada para iPad y iPhone, que en los próximos días estará disponible en una versión web y para dispositivos Android. En todos los casos de manera gratuita.

 

“Las características materiales del Códice Boturini lo hacen óptimo para representarlo en medios digitales. Su continuidad lineal (de izquierda a derecha) se navega con naturalidad a través de la aplicación. Además, la alta calidad de las imágenes permite un acercamiento a detalle de las particularidades materiales del códice”.

 

Añadió que la edición utiliza la realidad aumentada para interactuar con la versión facsimilar de una forma hasta ahora inexplorada. Junto con las virtudes naturales de este tipo de tecnología para ampliar la dimensión y el contenido del manuscrito, su uso establece una interesante analogía con la forma interactiva en la que se leían los códices mexicanos.

 

La edición digital ofrece también una narración oral sobre el trayecto representado en el códice, y contiene estudios y bibliografía que amplían el conocimiento del manuscrito. 

 

El doctor Patrick Johansson, especialista de la UNAM, expone una recreación hipotética (teórica y gráfica) de la parte final del Códice Boturini, alusiva al mito del águila sobre el nopal. Al respecto, indicó que hay estudios en donde se establece la fundación de México-Tenochtitlan en 1325 únicamente con el tunal y hay otros que abordan la presencia del águila sobre el nopal ocurrido en 1363 o 1364.  

 

Indicó que el Códice Boturini es uno de los más importantes que existen en México y en el mundo. “La edición facsimilar es una obra maestra, que provoca una gran emoción. Sus 22 láminas comprimidas se abren a manera de acordeón, como si se abriera un mundo. Un códice es un templo, un objeto de culto”.

 

Baltazar Brito, director de la BNAH, dijo que hay varios documentos con base en los cuales se puede decir que el códice termina con la fundación de México-Tenochtitlan ya con el águila. “Hay muchos mitos que nos remiten a eso y suficientes elementos para realizar esta reconstrucción hipotética del fin de la peregrinación”.

 

César Moheno, secretario técnico del INAH, comentó que en septiembre de 2014, se publicó el micrositio Códices de México, donde se presentan por primera vez en alta resolución y para su descarga gratuita los 44 códices expuestos en la histórica muestra Códices de México, memorias y saberes. “Hasta el momento se han registrado 80 mil visitas al micrositio, y se han hecho 17 mil descargas del Códice Boturini”. 

 

De igual forma, la edición de la Tira de la Peregrinación da continuidad al Códice Mendoza Digital, primera publicación electrónica dedicada a un códice mexicano, esfuerzo sin precedentes en el mundo, hecho por el Instituto, en enero de 2015 y del que se han registrado 120 mil visitas.

 

“Con este trabajo, el INAH reafirma su misión de proteger, investigar y difundir el patrimonio de todos los mexicanos, innovando en la manera en que realiza esta labor, y adecuándose a los lenguajes, formatos y ritmos de los ciudadanos del siglo XXI, al tiempo que impulsa la recuperación de técnicas tradicionales y ancestrales de nuestro enorme y profundo patrimonio”, concluyó. 

Descubren el gran Tzompantli de México-Tenochtitlan

En la calle de Guatemala, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, se localizó a dos metros de profundidad una plataforma rectangular con una longitud estimada en más de 34 metros, en la que había, en su núcleo, un elemento circular elaborado de cráneos humanos unidos con argamasa de cal, arena y gravilla de tezontle, que ha sido identificado como el gran Tzompantli de México-Tenochitlan por los especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

 

Lo anterior lo dieron a conocer los arqueólogos Eduardo Matos Moctezuma, investigador emérito del INAH; Pedro Francisco Sánchez Nava, coordinador nacional de Arqueología, y Raúl Barrera, director del Programa de Arqueología Urbana, al informar sobre los trabajos realizados en este predio, que iniciaron el 9 de febrero y concluyeron  a finales de junio.

 

Raúl Barrera detalló que, como resultado de las excavaciones en el predio de Guatemala número 24, se encontró una sección de una plataforma con una altura aproximada de 45 centímetros y por lo menos de 13 metros de largo y 6 metros de ancho.

 

“Es un muro de tezontle con un recubrimiento de estuco y piso de lajas, orientado de norte a sur, que presentaba asociados mandíbulas y fragmentos de cráneos dispersos sobre la plataforma y un elemento circular elaborado de cráneos humanos unidos con argamasa, de los cuales preliminarmente pueden observarse 35, pero consideramos que deben ser  muchos más”.

 

Indicó que, por sus características y sus materiales asociados, el Tzompantli corresponde a la sexta etapa constructiva del Templo Mayor (1486-1502). Otra parte de esta estructura arquitectónica fue destruida en la época colonial por la construcción de un edificio histórico, pero se pueden ver en el piso las huellas de los orificios de los postes o vigas de madera donde se insertaban los cráneos. Tales oquedades oscilan entre 25 y 30 centímetros de diámetro, separadas a una distancia de entre 60 y 80 cm.

 

La mayoría de los cráneos —algunos con orificios en los parietales pero otros sin esta característica— corresponden a hombres adultos jóvenes, pero también hay algunos de mujeres y de niños. “Hasta el momento se han encontrado 35 cráneos, pero debe haber decenas de ellos asociados a este espacio”.

 

El especialista del INAH señaló que muchos de estos cráneos fueron removidos y alterados durante la Conquista, cuando se produjo la destrucción de la ciudad de Tenochtitlan y del Recinto Sagrado.

 

Asimismo, se encontró una ofrenda asociada a la última etapa constructiva, compuesta por fragmentos de dos o tres piezas de travertino blanco, que fueron matadas de manera ritual. Además de otra ofrenda alterada en época colonial, conformada por 21 cascabeles de cobre y cuentas de piedra verde.

 

El hallazgo del Tzompantli, dijo el especialista del INAH, coincide con lo señalado en los códices, donde se indica que este elemento era una plataforma de poca altura pero muy impactante por los postes y las vigas de madera donde se insertaban los cráneos.

 

“Lo importante es que ya se tiene la ubicación precisa del Templo de Ehécatl, el Juego de Pelota y en particular del Tzompantli, citado en las fuentes históricas por los conquistadores, como Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y Andrés de Tapia, así como por frailes y cronistas entre los que se encuentran Bernardino de Sahagún, Francisco López de Gómara, José de Acosta y Hernando Alvarado Tezozómoc, entre otros, porque nos están mostrando la estrecha relación que existe entre estos edificios y el Templo Mayor”.

 

Añadió que, ya a principios del siglo XX, Leopoldo Batres había encontrado en la calle de Guatemala algunas esculturas en forma de cabezas de serpiente, un altar con almenas y restos de muros asociados a fragmentos de cráneos humanos, que seguramente eran parte de este Tzompantli. En 1914 Manuel Gamio hizo excavaciones en un predio contiguo encontrando restos que debieron formar parte de esta misma plataforma, y con las obras de construcción del Metro, volvieron a surgir parte de estos muros, pero hasta ahora con las nuevas evidencias es posible afirmar que se trata del gran Tzompantli de México-Tenochtitlan.

 

Eduardo Matos Moctezuma señaló que fray Bernardino de Sahagún había mencionado la existencia de varios tzompantlis y dos juegos de pelota, y la asociación de estos elementos. “Por su ubicación, creemos que se trata del Huey Tzompantli, es decir, el Tzompantli mayor de Tenochtitlan. Esta estructura tenía un simbolismo específico y muchos de estos cráneos podrían ser de enemigos de los mexicas que eran capturados, sacrificados y decapitados, como una advertencia de su poderío”.

 

Añadió que con este hallazgo, resultado de los trabajos de investigación del Programa de Arqueología Urbana, se corrobora lo señalado en los códices, como el de Diego Durán, que indicaba la existencia de tzompantlis a los que se describía como basamentos bajos, alargados, en cuya parte superior había postes de madera con los cráneos insertados.

 

Pedro Francisco Sánchez Nava dijo que, de acuerdo con la política del INAH, es una prioridad poner en valor estos vestigios, al igual como se hizo hace algunos años en el Centro Cultural de España en México, donde se exhiben los restos del Calmécac. “Por el momento se piensa continuar la exploración y la consolidación de los elementos encontrados y, en el futuro, que este espacio pueda ser visitado por el público”.

 

El equipo de investigadores participantes, bajo la coordinación de  Raúl Barrera Rodríguez y Lorena Vázquez Vallin (como jefa de campo), está integrado por los arqueólogos Sandra Liliana Ramírez Barrera, Ingrid Trejo Rosas, Janette Linares Fuentes, Edgar Pineda Santacruz, Moramay Estrada Vázquez y la antropóloga física Bertha Alicia Flores Hernández.

Recuperan urnas funerarias de la cultura Aztatlán

*** Trabajos de rescate arqueológico en las tierras bajas noroccidentales del estado aportaron datos sobre los grupos que habitaron en la zona nuclear costera hace más de mil años   *** Fueron recuperadas dos urnas funerarias asociadas a las principales estructuras del sitio, que contenían huesos humanos y cenizas

 

Una ofrenda compuesta por un hacha votiva de piedra asociada a dos puntas de proyectil, así como dos urnas funerarias in situ, una olla y un tecomate que contenían huesos humanos y cenizas, son parte de los materiales hallados durante un rescate arqueológico realizado en las tierras bajas noroccidentales de Nayarit. Los materiales ofrecen información relevante sobre las poblaciones que se asentaron hace más de mil años en la zona nuclear costera Aztatlán.

 

Con motivo de la construcción del Canal Centenario en la planicie costera noroccidental de esta entidad, arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) llevaron a cabo un rescate arqueológico en el ejido de San Lorenzo del municipio de Ruiz, que aportó valiosos datos sobre los grupos que ocuparon dicha área durante el periodo Epiclásico (600-850/900 d.C.).

 

Lo anterior lo dio a conocer el arqueólogo Mauricio Garduño Ambriz, investigador del Centro INAH Nayarit y responsable del rescate referido, quien comentó que los trabajos en la parte baja del sitio dejaron al descubierto diversos materiales arqueológicos fragmentados, principalmente cerámica y artefactos de molienda.

 

El especialista precisó que los materiales arqueológicos de superficie y los artefactos recuperados en contextos controlados de excavación se ubican cronológicamente en la fase cultural Amapa (500-800/850 d.C.), periodo durante el cual existió una densa población en las tierras bajas noroccidentales que explica la eventual consolidación y expansión del complejo cultural Aztatlán durante el Posclásico (850/900-1350 d.C.).

 

Estos grupos colonizaron tardíamente zonas como el sistema de lomeríos asociados a valles costeros donde se practicaba agricultura de temporal, enclaves geográficos considerados marginales a las zonas agrícolas de alto rendimiento donde se llevaba a cabo agricultura intensiva de humedad, detalló Garduño Ambriz.

 

“San Lorenzo se ubica sobre un promontorio rocoso natural, cuya topografía original fue modificada en época prehispánica por medio de un terraplén de relleno; éste sirvió para acondicionar una superficie nivelada horizontal sobre la que se desplantaron las principales estructuras del sitio”.

 

Este asentamiento tiene el valor excepcional de conservar sus principales edificaciones en buen estado, debido a que los propietarios de la parcela siempre han utilizado el bastón plantador o coa para efectuar la tradicional siembra “a piquete”, práctica agrícola que no emplea la tracción animal.

 

La exploración permitió recuperar dos urnas funerarias que, de acuerdo con estudios de laboratorio, contenían huesos humanos y cenizas acomodados con mucho cuidado, lo cual sugiere que la cremación fue una práctica ritual de inhumación probablemente reservada para la élite, considerando que ambos depósitos aparecieron asociados a las dos principales edificaciones del sitio, precisó el especialista.

 

En este sentido, el Montículo 1 es una estructura cuadrangular —de 9.50 metros por lado— que conservaba una rampa de acceso de sur a norte, orientada hacia el norte astronómico. La proyección de la línea visual trazada desde su centro hacia su esquina noreste marcaba el punto de aparición del disco solar por el horizonte oriental de la sierra en el solsticio de verano, por lo cual dicha edificación podría considerarse como un templo comunal dedicado al culto solar, cuya planta arquitectónica probablemente replicaba el ideograma cósmico mesoamericano o quincunce (cuatro rumbos y un centro).

 

“Dicha estructura es la de mayor tamaño relativo y ocupa una posición central dentro del núcleo arquitectónico del sitio; eso refuerza la idea de que también cumplió una función simbólica y ritual como axis mundi, sirviendo como un espacio sacralizado donde probablemente se llevaban a cabo ceremonias de carácter propiciatorio”.

 

El proyecto de rescate en el ejido de San Lorenzo, el cual ha posibilitado la recuperación de las urnas funerarias, ha contado con la colaboración y gestión del arquitecto Othón Quiroga García, director del Centro INAH Nayarit.

 

Como parte del trabajo de gestión social, con la comunidad local se prepara una exposición fotográfica que se montará en la sede del comisariado ejidal de San Lorenzo, la cual reseñará visualmente los trabajos de campo realizados en el sitio, cuyo contenido temático enfatizará la necesidad de conservar el patrimonio arqueológico regional.