Güeros

México DF, febrero 2015.- En huelga de sí mismos. En medio de una ya eterna huelga universitaria, dos estudiantes, Federico y Santos, recorren en su viejo auto la ciudad de México, acompañados del hermano menor de Federico, Tomás, y por Ana, joven activista con ganas de distraerse. Buscan el rastro de un tal Epigmenio Cruz, casi desconocido virtuoso del rock mexicano underground de los años setenta.

 

Güeros (2014), la notable primera película del prometedor Alonso Ruizpalacios (cortos varios y la teleserie XY la revista), es una inmersión en el estado de ánimo de toda una generación de capitalinos, la del fin del siglo pasado, marcada así sea de refilón por la prolongada huelga de la UNAM de 1999-2000. Jóvenes de energía desbordada y sin perspectiva de futuro se aferran a símbolos que no les pertenecen: un viejo casete de un grupo de rock olvidado, Los Güeros, que recuerda a Tomás y Federico su infancia en Veracruz; o una batucada alrededor del viejo mural de David Alfaro Siqueiros de Ciudad Universitaria en el momento en que es repintado en una fecha, forma de apropiarse de un pasado que se supone ilustre. Saqueo para alimentar la propia vitalidad, tal como hacen en casa Santos y Federico al colgarse de la electricidad del departamento vecino.

 

La película complementa la atmósfera con una interesante propuesta formal: magnífica fotografía en blanco y negro, musicalización osada con canciones de Agustín Lara y Juan Gabriel, y el uso de cámara subjetiva: para mostrar el punto de vista de Federico (Tenoch Huerta) cuando está drogado o cuando Ana (Ilse Salas) cubre sus ojos para llevarlo por el zoológico de Chapultepec; o de cámara en mano para seguir las varias gozosas corretizas en las que se involucran estos personajes con ganas de escaparse, en claro homenaje al deambular de otros jóvenes por París en Sin aliento (Godard, 1960) o por la misma ciudad de México en Los caifanes (Ibañez, 1966).

 

Ciudad derruida, carcomida y abandonada a los embotellamientos y a personajes espectrales, como el indigente que le habla de Dios a Tomás (Sebastián Aguirre) en un callejón nocturno, al estilo filosofal del Resortes de Los Fernández de Peralvillo (Galindo, 1953)

 

Caminar sin rumbo ni tiempo, lo que da pretexto para una gran secuencia disruptiva. Los tránsfugas de 1999 llegan a una fiesta de cineastas y banda intelectual anexa en una terraza del centro chilango chic de hoy. Ahí se entremezclan las pláticas sobre el oficio y su inútil búsqueda de capturar la realidad sin salir de su plácida burbuja. Federico, mordaz voz de la conciencia, define cierto estilo de filmar: “puto cine mexicano, agarran a unos pinches pordioseros y filman en blanco y negro y dicen que ya están haciendo cine de arte”. Antes ya hemos visto a otro personaje, huelguista de carrera larga, salirse del guión para quejarse de lo mala que es esta película.

 

Reivindicación de la ficción y de sus posibilidades de crear realidades, Güeros reflexiona con ironía sobre la imposibilidad —y la inutilidad— de madurar, ese gran tema del cine mexicano contemporáneo, hurgando en un pasado reciente árido pero de repente iluminado por los primeros polvos de la nostalgia. Güeros se presenta este martes 24 de febrero, de manera gratuita, a las 19 30 hrs., en Las Islas de Ciudad Universitaria (frente a Rectoría), como parte del Festival Internacional de Cine de la UNAM.