En volandas. Artífices y avatares de Servando Ortoll en la historia

El pasado 27 de septiembre presenté el libro que capitula esta colaboración. Fue en la biblioteca Juan José Arreola, de Ciudad Guzmán. Extraigo una parte de lo leído ese mediodía.

Un condenado a muerte observa, en perspectiva, a su verdugo. Llega ante él, quien le coloca en su cuello la soga que determinará su vida. Este le pregunta ante el patíbulo: ¿siente miedo, nerviosismo? Un poco, responde. Es la primera vez.

Algunas características de esta mañana se diferencian ese gracejo, que se identifica en un aspecto.

Nadie biografiará hoy la pena capital.

Nadie estará frente a un carnicero.

Nadie sentirá pavor escénico.

Sin embargo, para mí es la primera ocasión que presento un libro de Servando Ortoll, particularmente este, que leí en primera versión, hace varios años.
No soy historiador.

Tampoco investigador.

Solo corrector de textos apasionado que tuvo la oportunidad de encontrarse con el autor de Artífices y avatares en la parte medular de su vida y aprender un oficio necesario en todos los saberes y ausente en todos.

Servando Ortoll practica una doble y noble idea que Julio Torri asignó siempre a Pedro Henríquez Ureña: el inmediato magisterio de su presencia y no puede vivir sin ser maestro.

Soy uno de cientos de discípulos que a lo largo de su trayectoria ha formado, y deudor entusiasmado de su amistad y consejo.

Este libro es otro ejemplo de su larga, rigurosa dedicación al oficio de historiar.

Y toca algunos puntos en los cuales puedo opinar como periodista y profesor.

El crimen de Tepames resultó paradigmático porque ocurrió en la etapa terminal de una época: el porfirismo.

También, implica una cirugía.

Con escalpelo, Servando disecciona, pone en escena todas las versiones posibles de los hechos.

Pregunta, repregunta.

No especula.

Cualquier esbozo tiene respaldo documental.

Sacude los documentos, les quita la polilla acumulada por el tiempo y la fijación coetánea.

Los contrasta.

Descubre sesgos.

Los interpreta.

Practica su formación sociohistórica adquirida en las mejores universidades del mundo.

Es un traductor consumado.

Ha traído al español, a la región ya no tan transparente del aire, documentos en otros idiomas que hablan de nosotros.

En ese traslado están pigmentos de nuestra identidad.

Durante estas décadas, Servando Ortoll construyó una divisa para profesionalizar la historia.

Como la escribe, investiga y ejerce Servando es docencia cotidiana, que efectúa con dominio perfecto e irónico del idioma. Ha quitado los pedestales de la historia oficial y arrejolado en el basurero a la empiria.

Conversador insuperable, entiende que la historia bien hecha es literatura bajo presión y con autoridad puede aconsejar a los historiadores activos y en cierne el dictum de Flaubert: escribir rápido y bien.

Servando es sólido en la historia y la amistad. Lo respeto por ambas cualidades. En muchos lugares pululan los aficionados. Desaguan, como las sanguijuelas, los géneros. Y confunden el rigor por el anecdotario.

Lo expreso con admiración sin fronteras, Servando tiene el ingrediente vital para ejercer una suerte de apostolado sobre la historia: es, ante todo, buena persona, como establece Kapuscinski en su librito Il cinico non é adato a questo mestiere. Converzacioni sul buon giornalismo, para quien “es un error escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un tramo de la vida”. Y yo, al menos, me he guarecido durante más de un cuarto de siglo en su ejemplo.

Los libros de Ortoll son resultado de una experiencia vital con el rigor, la pesquisa sistemática y la búsqueda incesante del documento y el archivo justos desde un miradero múltiple.

No requiere emplear el vacuo idioma de la planeación estratégica, pero sé de cierto que ya encontró su misión y visión en la experimentación histórica.

En México no practicamos lo que ese escritor olvidado, Henri Boileau, dijo: la amistad de un crítico es bienaventuranza.

El país se desgaja en intolerancias.

La nación está errabunda.

Pero no aceptamos, menos respetamos, la disidencia intelectual creativa.

Mucho avanzaríamos si instaláramos la crítica razonada en todos los ámbitos. La crítica se diferencia del vilipendio, del elogio sin medida —panegíricos— cuando coloca fundamentos para la opinión diferente, para la búsqueda de ángulos inéditos. La mejor crítica —lo dijo Steiner— es la que no responde a la voluntad de ofensa sino a la libertad de juicio. Nos falta la crítica: crítica de la historia, crítica de la política, crítica de la educación, crítica de los medios de comunicación. Crítica sin apelativos, en síntesis.

Conjeturas sobre la Carcasa de Rogelio Silva

  

¿Qué hacen Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y Enrique Peña Nieto en una exposición de arte en Colima? No me refiero a ellos en persona, sino a sus rostros expuestos en el Museo Universitario Fernando del Paso.

El famoso adjetivo insignia del youtuber Dross Rotzank, "perturbador", emerge con gran naturalidad desde el poco profundo fondo de mis reflexiones sobre esta muestra pictórica. Así es, algo perturba entrever que la exhibición de esa terna de rostros políticos podría tomarse --a la ligera-- como una especie de culto a esas figuras representantes del máximo poder del sistema político mexicano, pero esa idea no resiste demasiado si se toma en cuenta la mirada de ojo de pez, quiero decir, cuando se toma en cuenta la mirada global de la exposición.


Su presencia va tomando sentido cuando logras encajar esa isla de rostros presidenciales con los otros cuadros de la galería. Te vuelves un poco suspicaz cuando comienzas a observar reses colgando en canal en una especie de rastro que es al mismo tiempo la sala de estar, el living room de un hombre que posa a sus anchas sentado y cómodo en su sillón, y por otro lado ves que hay una sala de la morgue donde yace el cuerpo de una persona que está a punto de ser abierto, o ya lo fue, para su autopsia.

 

 

La sensación de que algo subliminal cuelga también sobre el conjunto de los cuadros se abre ante la yuxtaposición de esas figuras políticas junto a composiciones que muestran una especie de violencia aceptada, normalizada o justificada, que ocurre en los mataderos (de qué otra manera podríamos hacer la reunión de amigos alrededor del asadero) o en la disección de un cuerpo, el desvicerado cadáver de lo que fue una persona. Borges escribó que los cadáveres son simplemente tristes cachivaches, algo que por cierto tiene proximidad semántica a "carcasa", ¿qué otra cosa es tu piel cuando estás muerto?


Entonces definitivamente conectas y parece evidente que ronda por ahí una metáfora sobre la deshumanización. Recuerdas que para las altas esferas de la política millones de personas caben en la palabra "electorado", que se desintegra a los individuos al encajarlos en censos. La pobreza se mide en porcentajes; las muertes se cifran, se acumulan datos y se manejan en discursos donde caben bien y no salpican, no se notan los detalles del sufrimiento, no se dimensiona el dolor, se le pone un número.


No es que yo esté decretando que estuve ante una exposición altamente cargada de ideología, de protesta política, o que sea la intención de Rogelio Silva someter su dominio de la técnica pictórica al servicio de la reflexión político-social, pero no puedo negar que algo sucede en el espectador al encontrarse frente figuras presidenciales y luego pasar a una composición en la que hay un muro de billetes de cien dólares y la cabeza desollada de un cerdo cuyos ojos "reflejaban una infinita tristeza", --pero que irónicamente es perfecto para un buen pozole-- y que para rematar se vende en libras. Tampoco creo que se trate de un mensaje velado que se dirija a apelar a nuestra sensibilidad para tratar de volvernos vegetarianos, pero insisto en que no es precisamente un pensamiento cómodo lo que al final queda rondando.

 
Y la palabra insignia de Dross, prosigue: perturbador. En la misma sala del museo caminas hacia la contemplación de órganos sexuales, la mirada no es pornográfica, más bien de profesional médico. Una vagina: he ahí el trabajo del ginecólogo. Unas nalgas masculinas: he ahí la cotidianidad de un proctólogo. Una amiga me preguntó horas después de terminado el brindis de la inauguración si había reparado en la innecesaria magnitud del miembro masculino, ¡qué obscenidad tan absurda en estos tiempos del porno gratis en internet! Pensé en la posibilidad de un meme con el David de Miguel Ángel y un cuadro de Rogelio Silva. Deseché la idea. No me juzguen, a ciertos grados de alcoholemia solo buscas pretextos para sonreír.

"Carcasa", de Rogelio Silva, se exhibe en el Museo Universitario Fernando del Paso de la Universidad de Colima.

Identifican ritual de invierno en Nuevo León de hace 8 mil años

*** En 20 años de investigación, la arqueóloga Araceli Rivera ha registrado y explorado 10 yacimientos paleontológicos en la planicie central de ese estado *** Uno concentra cerca de 50 piezas dentales de animales extintos; en otro se hallaron tres herramientas líticas y huesos, posiblemente, de llama prehistórica

 

Dos décadas se han necesitado para que algunos secretos arqueológicos velados en las inmensas llanuras centrales que se extienden en Nuevo León, se revelen casi intactos a los ojos de la ciencia: luego de diversos proyectos de estudio, este 2016 parece armarse un rompecabezas que describe una estampa de interacción entre los primeros humanos que poblaron México con animales extintos, durante la Era de Hielo, hace alrededor de 8,000 años.

La arqueóloga Araceli Rivera, investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en Nuevo León, informó del descubrimiento entre 2014 y 2015 de un yacimiento paleontológico ―actualmente en estudio― llamado Mohinos, con una concentración considerable de restos de megafauna: dientes, molares, huesos largos, cráneos, costillas y vértebras de mamutes, camellos, caballos, llamas y bisotes prehistóricos, ubicado a 20 kilómetros de otro depósito arqueológico con características rituales, donde hace 20 años sólo se habían hallado dientes de las mismas especies.

En aquella exploración, en el sitio Loma del Muerto, la arqueóloga y su equipo supusieron que habían encontrado restos de animales del Pleistoceno pero conforme excavaban sólo salían dientes y muelas. Así ocurrió desde la superficie hasta un metro y medio de profundidad. El depósito fue encontrado debajo de una loza de piedra rectangular colocada sobre el piso, al centro de un abrigo rocoso cuya boca fue disminuida con grandes bloques de piedras, de tal forma que sólo caben dos personas, por lo que el yacimiento fue llamado La Bóveda.

En La Bóveda nunca apareció un solo hueso de los esqueletos. Ni los cráneos. Ni siquiera las mandíbulas.

“¿Qué hacían tantos dientes en un sitio con las características descritas?”, se preguntaron los investigadores. La arqueóloga, con apoyo del paleontólogo Joaquín Arroyo Cabrales, también investigador del INAH, dedujeron que se trataba de un acto ritual de antiguos pobladores que pudieron haber convivido con esa megafauna, es decir, a finales del Pleistoceno, hace unos 8,000 años, o bien, que habían utilizado los restos de animales ya desaparecidos en un acto ritual.

A la concentración de dientes se agregaron los resultados de otras observaciones científicas: se comprobó que en el solsticio de invierno, el abrigo se ilumina y un haz de luz recorre la laja de piedra rectangular e ilumina el interior por algunos minutos. Los estudiosos proponen que debió ser un ritual relacionado con el invierno: cuando los grupos humanos que habitaban estas llanuras pudieron haber sufrido carencias de alimento por el clima.

Durante los años que siguieron, en otras exploraciones en torno al yacimiento, los arqueólogos han hallado materiales líticos característicos de grupos que debieron vivir en la región por lo menos hace 8,000 o 10,000 años, llamados paleoindios. Entre 2014 y 2015 se registró el más reciente descubrimiento: el yacimiento con los restos óseos que estaban haciendo falta. Ahora Araceli Rivera propone que los dientes y muelas eran trasladados desde Mohinos, donde las piezas dentales eran preparadas, y las fueron depositando en La Bóveda a lo largo de mucho tiempo, porque se encontraron a diferentes centímetros de profundidad debajo de la superficie del piso del abrigo, indicador de que se llevaron ahí en varias fechas.

En 2015, Araceli Rivera continuó las excavaciones de Mohinos hacia el oeste del yacimiento de megafauna y en un amontonamiento de sedimento salieron a la luz nuevas vértebras. Al bajar la exploración a 80 centímetros del nivel de suelo, desde arriba pudo observar un animal desarticulado. Continuó quitando tierra y aparecieron dos mandíbulas sin cráneo. Entonces identificó una llama prehistórica casi completa.

La mayor sorpresa emergió de la tierra cuando, entremezclados con los huesos, se desvelaron tres artefactos de piedra caliza con marcas de haber sido usados. El sedimento había compactado las tres herramientas líticas, mandíbulas, parte de las extremidades, casi toda la columna vertebral, las costillas y la pelvis de la posible llama.

La hipótesis de la arqueóloga es que, quizá, los primeros grupos humanos que llegaron a habitar las llanuras centrales de Nuevo León cazaron y aprovecharon la llama igual que al venado y otras especies; propone que los grupos paleoindios de dicha región convivieron a principios del Holoceno por lo menos con llamas y bisontes, antes de que esas especies se extinguieran igual que el mamut. Están pendientes estudios de paleontología para corroborar que los restos pertenezcan a una llama.

Durante los últimos 20 años, Araceli Rivera ha recorrido la región centro-sur de Nuevo León, desde los municipios centrales de General Bravo, China, Cadereyta, General Terán y Linares hasta el más sureño, General Zaragoza, y ha explorado 10 yacimientos paleontológicos con fauna del Pleistoceno: ejemplares aislados, concentraciones de restos de animales diversos: mamut, mastodonte, bisonte, llama, camello, caballo, algunos en posible relación con herramientas elaboradas por el hombre en la época Paleoindia, de por lo menos 8,000 años de antigüedad, calculados por las características de las herramientas.

Los sitios se han hallado principalmente en los municipios de Aramberri, General Zaragoza, General Terán, China, General Bravo y recientemente un mamut aislado en Galeana.

Sin embargo, el paisaje arqueológico en las llanuras de Nuevo León es difícil de leer. Hay yacimientos donde a nivel de superficie se encuentran entremezclados todos los periodos históricos de la vida del hombre: desde el Pleistoceno y el Arcaico con sus características herramientas líticas; hasta el histórico, visualizado a través de fragmentos de vidrio y cerámica procedentes de Oriente y de Europa.

Los investigadores norteamericanos, primeros en llevar a cabo estudios en estas planicies, han descrito a la región como un lugar donde no hay formación de suelo a consecuencia de la erosión y el intemperismo, por lo que es imposible hallar los vestigios dentro de capas de tierra que permitan referenciar una antigüedad. Esta característica del norte de México ha dificultado el fechamiento de muchos materiales.

Araceli Rivera explica que a diferencia de la llanura, que contiene una ocupación humana Paleoindia y Arcaica, donde se han descubierto sitios con evidencias de arquitectura, espacios rituales, pintura rupestre y petroglifos, centenares de herramientas líticas, materiales perecederos; en la parte serrana de la región sur los vestigios arqueológicos son más recientes. Al parecer los grupos Paleoindios se quedaron en la llanura cazando megafauna y por la sierra entraron otras oleadas nómadas más tardías, con otro tipo de artefactos y sin dejar evidencia de petrograbados.

 

Presentarán “Talpa, un Camino de Poder”, nuevo libro de Abelardo Ahumada

 

Colima, México, Avanzada (18/10/2016).- Abelardo Ahumada, cronista municipal de Colima, estará presentando este próximo jueves 20 de octubre, a las 20 horas, en el Salón Verde de la Presidencia Municipal de Villa de Álvarez otro de sus nuevos libros: Talpa, un Camino de Poder.


Es un texto que reseña el viaje que un pequeño grupo de colimotes realizó desde su entidad, hasta la Basílica de la Virgen de Talpa, a lo largo de aproximadamente 275 kilómetros, sobre una ruta que, iniciando a partir de la ranchería de El Sauz, municipio de Minatitlán, Col., atraviesa por el formidable Cañón de Toxín, pasa por una interesante serie de pueblos y rancherías del Sur de Jalisco, en los que “parece haberse detenido el tiempo”, y va derivando por un rosario de bonitos parajes campestres que sólo se pueden conocer a pie.


El autor afirma que se publicó ese libro “no tanto porque se quiera difundir la pequeña hazaña que este grupo realizó”, ni porque se le quiera dar realce a quienes en él participan, sino porque como lo observaron algunos de los lectores que conforman las cinco partes de la reseña, esta obra es “una muestra gráfica y escrita de los esfuerzos que tienen que hacer y soportar la mayoría de los peregrinos que no sólo desde Colima, sino desde casi cualquier punto del Occidente de México, se disponen a emprender la aventura física y espiritual que representan las peregrinaciones anuales a dicho Santuario”.


Ahumada precisa que los comentarios al libro serán realizados por el señor Manuel Ruiz, uno de los integrantes del grupo, y que él, por su cuenta, presentará una breve charla en la que se resumirá los motivos por los que, desde épocas muy antiguas, se han realizado (y se realizan) peregrinaciones a los comúnmente llamados “lugares santos”. La entrada es gratuita.

Descubren gráfica rupestre asociada al contacto con los españoles en Guerrero

Al interior de cinco cuevas y un abrigo rocoso localizados en las faldas del cerro de la Silla, también llamado del Águila, cercano a la comunidad de Lomalapa, en la región de La Montaña, en Guerrero, arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) descubrieron gráfica rupestre en la que se aprecia las que podrían ser las primeras representaciones de españoles pintadas por indígenas nahuas poco tiempo después de la Conquista.

En las paredes de una de las cavidades es posible observar personajes ataviados a la usanza española del siglo XVI, con pantalones abombados, gorgueras y sombreros de ala ancha decorados con plumas; algunos portan una especie de peto como armadura, espadas y armas de fuego similares a los arcabuces, otros van montados a caballo o en bestias que podrían ser burros o mulas.

Los elementos pictóricos plasmados en esos sitios presentan motivos de tradición mesoamericana comunes en la gráfica rupestre de la región como manos esquemáticas o pintadas al positivo, cuentas numéricas, representaciones de astros, cánidos, felinos y chalchihuites, junto con elementos ajenos a la ideología indígena, resultado de su interacción con la cultura europea al momento del contacto.

Los arqueólogos del centro INAH Guerrero, Jorge Alberto Hernández Flores y Antonio Hermosillo junto con el arquitecto José Luis López Suárez, acudieron a la comunidad de Santa Cruz Lomalapa, municipio de Olinalá, para atender una denuncia sobre la presencia de materiales arqueológicos y gráfica rupestre en cinco cuevas y un abrigo rocoso.

En la primera incursión en la zona —en agosto de 2015— también identificaron materiales cerámicos y líticos correspondientes a los periodos Clásico (200–650 d.C.) y Posclásico (900-1521 d.C.).

Las cuevas fueron ocupadas durante la época prehispánica, como espacios rituales asociados al inframundo, la fertilidad y la petición de lluvia, pero durante la Colonia, probablemente, sirvieron de refugio a grupos de indígenas fugados del trabajo forzado en las minas de la región.

Para llegar a las cuevas, los investigadores realizaron un trayecto de cuatro horas a pie, debido a que el sitio se ubica en un macizo rocoso de piedra caliza a los pies de una barranca.

La primera oquedad en la que se internaron los especialistas está conformada por cuatro cámaras, en la que un vecino de la comunidad halló una escalerilla rudimentaria conformada por ramas de madera suspendidas de lianas de aproximadamente tres metros de altura, así como una figurilla de piedra verde.

En la segunda cueva se identificó un panel en el que se aprecian representaciones de manos, cuya palma está formada con un óvalo y los dedos con líneas en color blanco.

La tercera oquedad es la más rica en manifestaciones gráfico rupestres, en su interior se hallaron seis paneles, tres de ellos con figuras antropomorfas, zoomorfas y geométricas trazadas con pintura blanca.

En el panel 1 se observa la imagen una serpiente ondulante con las fauces abiertas y lengua bífida, así como un personaje antropomorfo en posición sedente que porta una máscara con pico y tocado que, de acuerdo con los especialistas, posiblemente se trate de una representación de Ehécatl-Quetzalcóatl.

En el muro 2 se identificó un personaje en posición erecta con torso cuadrangular, una cabeza humana de perfil y elementos geométricos. En el panel 3 está la representación de un individuo de sexo masculino ataviado a la usanza española, posiblemente del siglo XVI, porta pantalones cortos abultados, sombrero en la cabeza, espada en la cintura y esgrime un arma de fuego, además de una secuencia de puntos paralelos a una línea de un metro de largo.

El muro 4 tiene diversos motivos de tipo antropomorfo, zoomorfo y geométrico entre los que sobresalen tres hombres con atuendos europeos, uno semicompleto con miembros extendidos hacia arriba, otro con capa y traje rayado, que parece portar espada y una arma de fuego, y uno más de complexión robusta. También se plasmaron tres caballos: dos terminados y uno a manera de bosquejo. En ese mismo espacio se pintó a una mujer indígena, entre otros dibujos.

En el panel 5 se distingue la impronta de una mano, la representación de un cuadrúpedo sedente (que podría ser un cánido o un puerco), un ave y motivos esquemáticos de astros. Finalmente, en el muro 6 hay diversos personajes vestidos con ropajes ibéricos, unos montados en bestias y un personaje de sexo femenino con vestimenta europea. En el lecho de la oquedad se descubrió material cerámico en grandes cantidades, piedras de molienda y fragmentos de metate.

En el abrigo rocoso se identificó un panel con ocho motivos, entre los que destacan la representación de un chalchihuite, una cabeza de serpiente con tocado y lengua bífida y una especie de mapa en el que se aprecia la representación del cerro de la Silla y el río Tlepaneco.

El arqueólogo precisó que las representaciones de individuos españoles que se aprecian en los paneles se asemejan a los plasmados en códices coloniales como el Lienzo de Tlapa, Azoyú y de Cualac; mientras que las figuras zoomorfas tienen el estilo pictórico del Códice Azcatitlán.

El hecho de que el sitio se localice en un lugar alejado y agreste impidió que los arqueólogos terminaran de explorar las cuevas en su primera visita, por lo que han programado un nuevo recorrido que se prevé se pueda realizar en las próximas semanas, una vez que termine la temporada de lluvias, para elaborar un registro acucioso de cada uno de los elementos plasmados hace al menos 500 años.

El arqueólogo Antonio Hermosillo Worley finalizó que aunque los paneles se encuentran bien conservados, hay concreciones de minerales y sales que opacan las pinturas.